El Mal Economista

Publicado el El Mal Economista (EME)

Los muertos que no tienen quien los llore

Más de 12.000 personas han muerto intentando cruzar el Mar Mediterráneo en los últimos tres años. El pedazo de agua que separa a África de Europa es un enorme camposanto que engulle personas. Desde 2015, decidieron atravesarlo más de 385.319 personas que, huyendo de la guerra, se lanzan en flotadores y barcas de madera, de punta a punta, con la esperanza de pisar un infierno mejor.

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Por: Juan Alejandro Echeverri

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El año pasado, de los temerarios navegantes, 9.381 venían huyendo desde Sudán, donde la guerra civil heredada de la colonización del Reino Unido ha cobrado la vida de más de 50.000 personas. Según la ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), “el número de personas que residen en el extranjero tras huir de guerras o persecuciones aumentó un 7% con respecto al año anterior”.[i]

El mundo, y en especial Europa, enfrenta la peor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial. Para contrarrestar la gigantesca ola humana, la Unión Europea ha ofrecido inversiones y ayudas económicas a los países africanos que intensifiquen los controles en las fronteras, desmantelen las redes de traficantes y acepten la devolución de migrantes que pisen —de forma ilegal— suelo europeo. También, debido a la crisis, el continente que se soñó sin fronteras no tuvo otra alternativa que restringir la libre circulación. En la localidad de Röszke, el gobierno húngaro levantó una valla, que antes no existía, con el propósito de separar el país de Serbia e impedir el flujo de migrantes.

Otros politizaron la crisis. Por ejemplo el ministro de Defensa griego, Panos Kamenos, que utilizó la situación como moneda de cambio en la negociación del rescate económico de su país. “Si Europa nos deja en la crisis, la inundaremos con inmigrantes”[ii], declaró el ministro en marzo del 2015. Un mes después, luego de un cónclave diplomático, la UE pactó repartir entre los Estados miembros a 160.000 desvalidos que llegaron a las costas de Italia y Grecia, en un plazo de dos años. A septiembre del año pasado, la UE solo había cumplido con un 3.5% de lo acordado: solo habían acogido a 5.651 demandantes de asilo.

La UE trató, también, de humanizar sus políticas. Adecuó una serie de ciudadelas provisionales —a la medida de sus posibilidades económicas y su termómetro xenófobo— donde los exiliados pudieran vivir, o morir, dignamente. Cuenta la periodista Lucila Rodríguez que algunos campos de refugiados parecen cárceles o vertederos de desechos. “Los migrantes [en] Grecia se mueren de pena. Se matan de pena. Se están suicidando”[iii]. Es tanta la desesperanza que en el campo de Quíos uno de ellos se roció con combustible y prendió fuego. Además, Amnistía Internacional denunció que, debido a las paupérrimas condiciones del campamento Elinikó en Grecia, muchas mujeres no salían de las carpas por miedo a sufrir cualquier tipo de agresión sexual.

Hasta el momento, las medicinas más efectivas contra el drama migratorio han sido la indolencia, las vallas y reducir personas a simples cifras. Está claro que muertos —y vivos a un suspiro de morir— hay de sobra. Por eso los medios, con la complicidad de la sociedad mediatizada, tienen la obligación moral de construir una escala de valores que determine cuántas lágrimas y condolencias merecen.

El aspecto más determinante es el linaje del muerto. Aunque no esté científicamente comprobado, los europeos y americanos son una raza superior, cuyo único propósito en la tierra es morir de felicidad, de viejos o de tedio. Mientras que los africanos y los nacidos en el Oriente Medio vienen al mundo a ofrendar su sangre para que el primer mundo sea un remanso de paz y bienestar. Eso explica por qué la humanidad se conmociona cada vez que un fanático religioso apuñala una persona en París o Londres. Y por qué un bombardeo químico que mata a cien personas en Siria o una epidemia de cólera que mata a 1.100 personas en Yemen son solo engranajes del ecosistema geopolítico.

“La archiconocida teoría ideada por Edward Norton Lorenz tiene su acepción política en el sistema mundo en el que vivimos”[iv], afirma Albert Alexandre. Existen hombres que con solo pulsar un botón en la bolsa de Chicago pueden provocar una crisis alimentaria, y hombres que con el poder de la información pueden estratificar la muerte.

Si es cierto, como dice Adolfo Colombres, que el modo de mirar “el mundo está diciendo lo que somos”[v], los patrones que utilizamos para llorar los muertos arroja indicios para descubrir de qué estamos hechos.

Bibliografía

[i] Torrealba, C. (20 de junio de 2017). La cifra de refugiados marca un récord de 22,5 millones. El País. Recuperado de: http://internacional.elpais.com/internacional/2017/06/17/actualidad/1497716872_787676.html?id_externo_rsoc=TW_CM_INTER

[ii] Abril, G. y Spottorno, C. (3 de abril de 2016). Europa cierra la frontera. El País Semanal. Recuperado de: http://elpaissemanal.elpais.com/reportaje/europa-cierra-la-frontera/

[iii] Rodriguez-Alarcón, L. (18 de abril de 2017). Cuando la gente se muere de pena. El País. Recuperado de: http://elpais.com/elpais/2017/04/18/3500_millones/1492506913_295752.html

[iv] Alexandre, A. (16 de junio de 2017). Ni son refugiados ni este es un libro como los de siempre. Zero Grados. Recuperado de: http://www.zgrados.com/ni-son-refugiados-ni-este-es-un-libro-como-los-de-siempre/

[v] Guanche, J y Santana, A. (2015). Ninguna cultura es periférica. Por la izquierda Tomo IV (87). La Habana, Cuba: Editorial Ediciones ICAIC.

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