El Mal Economista

Publicado el oscaredreyes

HOY ME DESPERTÉ

Por: Anónimo

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Nota del editor: Esta columna fue escrita el sábado 14 de noviembre de 2015 en la mañana. El tiempo verbal sigue siendo el que se ajusta a ese día, y no fue modificado a petición del autor.

Hoy me desperté. Me desperté con la misma pijama que me pongo todos los días, me desperté y desayuné lo mismo que desayuno siempre, me desperté y me puse la misma ropa que me puse el sábado anterior… pero hoy me desperté y miré al techo una hora tratando de entender el mundo. Hoy no voy a firmar esta columna, no quiero hacerlo y francamente no me interesa; me parece detestable aprovechar la tragedia ajena para hacerme publicidad a mí mismo, y todavía mi nombre no tiene el nivel de Gossain o Peláez, hombres que espero si firmen sus columnas y me ayuden, a partir de su autoridad moral, a saber qué pensar. Hoy no voy a hacer chistes estúpidos, esos que me encanta hacer, hoy no quiero, hoy no tengo ganas ni me da el corazón. Créame que me gustaría, estimado lector, me gustaría hacer alguna referencia a una verdad nacional en la que nadie piensa para que usted se ría un rato, pero hoy no es un día para eso, hoy quiero escribir sobre lo que pasó de frente y sin rodeos, hoy no me quiero escudar detrás de mí sentido del humor. Hoy, si me toca, voy a llorar mientras escribo esto porque lo que busco es entender y, si usted me lo permite, ayudarlo a entender; pero para eso nos toca mirar para adentro.

Fuente: https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2015/11/francia.jpg

Hace poco más de once meses yo estaba en Paris. Llegamos por carretera con mis papás y con mi hermana en un tour de Europamundo lleno de latinoamericanos, cada uno más emocionado que el anterior de conocer la cuna de la libertad por sí mismo. Ese primer día no hubo mucho que hacer, paseamos un rato por la ciudad durante lo que los toures paternalistamente llaman “tiempo libre”, y tratamos, a partir del francés chapuceado de mi hermana y mío, de absorber lo más que pudiéramos de la ciudad más linda del mundo. Para mi gran sorpresa los franceses no eran lo que yo pensaba, no eran antipáticos, no sé si es que ya se acostumbraron a los turistas o es porque mi hermana, mis papás y yo tenemos el pelo claro y la piel blanca; pero conmigo fueron supremamente amables. Sí tenían un aire de superioridad, pero no era nada peor a lo que vi en Buenos Aires. Así pasamos la tarde y la noche, paseando y absorbiendo, y con la misma mentalidad nos despertamos el día siguiente, pero ya no iba a poder ser igual.

Por la mañana del segundo día fuimos a Versalles, si tiene la oportunidad de ir vaya porque es precioso, hacía un frio cuasi siberiano que congelaba los charcos… casi como un presagio de lo que nos iba a tocar más tarde. Fuimos con una familia argentina a almorzar al Louvre, donde por la tarde íbamos a conocer la cúspide del arte y la historia, y fue ahí cuando nos dimos cuenta de que algo estaba mal. Los carros de policía pasaban a velocidades desmedidas, solo les importaba llegar rápido a donde quiera que fueren; los guardias del museo se convirtieron en soldados enormes de caras inamovibles y boinas verdes, y, aunque la cara de los turistas emocionados era la misma, la de los parisinos perdió todo el brillo que había tenido la tarde anterior. Mi hermana y yo ya sabíamos que hacer, entramos ambos a Twitter y luego entré yo a la página de El Espectador y ella a la de El Tiempo. Antonella y Agustina, las hijas de la familia argentina, hicieron lo mismo, y fue así como nos enteramos de los ataques de Charlie Hebdo.

Si voy a llorar mientras escribo va a ser mientras escribo el siguiente párrafo, y no sé si decirle párrafo porque sé que tan pronto teclee la primera palabra no voy a tener más que la capacidad de escupir mi propio desconcierto sobre el papel.

Me odié. Odié mi puta suerte de tener que nacer en un lugar donde la violencia es ley y cada persona mayor de 25 tiene una historia que comienza por “yo me salvé de la bomba de…”. Me odié porque el primer pensamiento que me pasó por la cabeza fue “tan tiernos, van a cerrar el metro por un solo tiroteo”. Me duró cinco segundos ese pensamiento, y luego entendí que mi puta suerte me hizo insensible, me hizo ajeno a la tragedia y me hizo pensar que un asesinato (de quien sea y cuando sea) es un suceso normal. Mi hermana pensó lo mismo. Mi mamá pensó lo mismo. La violencia que llevo viviendo desde el 92 me mató el corazón por cinco segundos, pero fueron cinco segundos que dolieron y se sintieron como si fueran años.

-Si está pensando que esto es una propaganda a los diálogos de paz por favor quítese esa idea de la cabeza, en este momento me vale un culo lo que pase en Cuba-

Lo más triste es que sé que esto no me pasa solo a mí, todos los colombianos tenemos ese mismo síndrome de corazón muerto por el que al día de hoy todavía no me perdono. Quién soy yo para juzgar a Maria Fernanda Cabal por sus mensajes desatinados si yo, aunque sea por un pequeño lapsus, también fui incapaz de sentir. Yo soy igual que ella.

Esa noche quise ser francés, no por su gran estado, no por su espectacular cultura; quise ser francés para poder sentirme superado por la situación, para poder sentir miedo, para poder sentirme normal.

Hoy me desperté pensando en eso, y estuve una hora mirando al techo, tratando de entender lo que pasó ayer. La economía aplicada con la que tantas veces he tratado de explicar incontables temas en este foro se fue a la mierda, yo no sé cómo explicar una masacre irracional. Y es que lo que pasó ayer fue una masacre, una que quiero que me duela como si fuera mía, una que de hecho es mía porque Paris la siento como una ciudad de todos, una que de hecho es mía porque no entiendo que en la cuna de la libertad, la igualdad y la fraternidad un ser humano pueda entrar a un concierto y acabar con el universo completo de más de cien personas.

Hoy me desperté y tuve que pasar por los mismos rituales de siempre cuando sucede este tipo de cosas. Cambié la foto de perfil de Facebook para teñirla del mismo azul, blanco y rojo que tenía la bandera cargada por una tal ‘Libertad’ en el cuadro que vi esa tarde en el Louvre. Hoy me desperté y envidié a los gringos de CNN por estar muertos del miedo ante un posible ataque en Estados Unidos. Hoy me desperté y tuve que ver incontables peleas absurdas porque “claro cuando pasa en Colombia nadie dice nada”. Hoy me desperté y todo era igual, pero el mundo ya no es el mismo. Hoy me desperté.

Hoy me desperté

Hoy me desperté

Hoy me desperté

Hoy me desperté, pero 129 personas no tuvieron la misma suerte.

ALLONS ENFANTS DE LA PATRIE! CONTRE NOUS DE LA TYRANNIE!

***En memoria y honor de las 129 personas que ayer sufrieron el fin de sus universos.***

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