El Mal Economista

Publicado el EME

El mercado de las pulgas

Por: Juan Felipe Rubio

 

A pesar de que Bogotá es una de las principales ciudades de Colombia que menor proporción de trabajadores informales tiene con respecto al total de la población de ocupados (44%), en la ciudad abundan las ventas ambulantes y los mercados informales. Este mercado se ha fortalecido y diversificado a lo largo del tiempo en virtud de la transformación de la demanda de la clase media y baja de la ciudad. Si bien el movimiento de este mercado puede parecer un ciclo que empieza con las laminitas del mundial, pasa por las camisetas de los futbolistas del momento, el libro pirata de un secuestrado o de un político y las raquetas para matar zancudos, si se mira con atención los productos se han transformado. Los leggins de todos los colores y los accesorios para celulares ahora invaden este mercado. Con el ánimo de no ser tan simplista y de poder entender un poco más de esta parte de la informalidad, decidí visitar uno de los mercados que más llamó mi atención: los artículos de segunda mano (usados), específicamente los que se comercializan en el centro de Bogotá.

Cada domingo y cada festivo las calles del centro se vuelven el lugar de compras de muchos bogotanos y de algunos extranjeros. “En el pulguero se puede encontrar hasta una caja de dientes”, me decía mi papá. Yo no le creía y decidí ir a mirar: fui al “Mercado de pulgas San Alejo” y a sus alrededores.

Mi recorrido empezó en la calle 23 con carrera tercera. Bajando hacia la séptima ahí empezaba el cuento. Zapatos a 2.000, maletas a 10.000, relojes a 20.000 y celulares a 50.000. Carros dañados para los niños, barbies despeinadas para las niñas, chaquetas de cuero y ropa militar para los señores y vestidos para las señoras. También, se consigue toda clase de controles y artículos de tecnología que la gente ya no usa: walkmans, discmans, walkie talkies y antenas para los televisores. La mayoría de los vendedores tienen pinta de haber comercializado con estos objetos desde hace ya bastante tiempo. Aunque muchos de los vendedores tenían un perfil de comerciantes de vieja data, también había recicladores y aparentes amigos de lo ajeno (no es posible encontrarse tantos celulares de última generación y relojes de alta gama en la basura).

Aunque  en la entrada del mercado de pulgas estaban vendiendo jabones y camisetas originales, aparentemente de lotes de mercancía que nunca llegaron a su destino, el panorama cambia drásticamente. Dentro del mercado no se consiguen artículos tecnológicos de última generación (se prohíbe, por ejemplo, la venta de celulares para prevenir el robo de los mismos). Por el contrario,  las antigüedades, artesanías, libros y curiosidades son las cosas que más se comercializan. Se pueden encontrar gramófonos en perfecto estado, artículos de odontología, billetes antiguos y toda clase de utensilios de cobre. Cualquier cosa que uno pueda imaginar que ya nadie usa en el planeta, allá se puede conseguir.

La visita a este mercado me sirvió para entender una muy pequeña parte de la informalidad laboral en Bogotá. Este, como otros tantos lugares en la ciudad, se erige como un mercado indispensable para muchos de los ciudadanos. Si bien hay muchos curiosos como yo que se pasean por las calles del centro sólo para observar cómo es la dinámica allá, hay muchas personas que buscan todo tipo de artículos para su diario vivir: desde el regalo de cumpleaños para los hijos hasta las botas “nuevas” para el próximo año.

 

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