El Mal Economista

Publicado el EME

El Impuesto a la Movilidad

por: Samuel González

 

Es cierto, en todas las ciudades del mundo hay congestión en los sistemas de transporte masivo y trancones. Por más autopistas de 8 carriles y 10 líneas de metro que tengan, estos siempre serán abarrotados por una población urbana en crecimiento. Tengo en mente un video aficionado del metro de Tokio en el cual hay unos empleados, muy bien vestidos y con guantes, los cuales tienen como labor empujar a sus obedientes usuarios para que las puertas del tren puedan cerrar.

Si bien en Bogotá las puertas de Transmilenio aun cierran solas, todos los días sus usuarios soportan otro tipo de torturas. Basta con ver la forma como se llenan los buses al iniciar su recorrido, en un proceso tan dramático que es envidiado por cualquier fabricante de sardinas enlatadas. Ni hablar de los usuarios de carro particular, para los cuales un recorrido de 10 kilómetros puede tardar más de una hora. Lo peor de todo es que no hay soluciones a la vista pues la construcción de la primera línea de Metro tardaría 4 años y más de $15 billones, lo que en tiempo colombiano quiere decir 10 años y 3 adiciones presupuestales; la ALO se arma, contrata y desbarata cada 4 años de acuerdo al alcalde de turno; la implementación del SITP avanza a paso de tortuga (como sus buses en los trancones bogotanos); los carriles exclusivos para buses por la séptima son un monumento a la  inoperatividad.

Por obra y gracia de nuestros gobernantes (de derecha y de izquierda) cada día de forma épica luchamos para llegar a tiempo a nuestros trabajos, universidades y hogares. Todos los días después de una intensa madrugada echo de menos la hora de sueño que pierdo por el tiempo que me toma ir desde mi casa hasta mi oficina; ni hablar de aquellas madres cabeza de hogar que podrían dedicar más atención a sus hijos y así evitar que caigan en malos pasos; o del tiempo que podrían usar en otras actividades como leer, hacer ejercicio o simplemente sentarse frente al televisor a ver su programa favorito.

Por esto y ya que estamos hablando de reformas tributarias, desde este blog sugiero la formalización de una nueva clase de impuesto, el Impuesto a la Movilidad Humana. El tiempo que perdemos, el dinero que dejamos de ganar, las horas de sueño que resignamos diariamente o los negocios que se dejan de hacer por llegar tarde a una reunión son el “costo” que tenemos que pagar por la ineptitud, la terquedad o la deshonestidad de nuestros dirigentes. Puede medirlo en las unidades que quiera, pero al simplificar los cálculos y tomar como referencia una hora de salario mínimo, que equivale a $2566, son $51320 en los 20 días hábiles de un mes promedio. La anterior cifra representa el 8% del ingreso de un trabajador raso. Eso es lo que usted, yo y cualquier otro ciudadano promedio le tenemos que “pagar” al Estado por no brindarnos las soluciones necesarias para podernos mover eficientemente. Lo mejor de este impuesto es que es un sueño para cualquier director de la DIAN: nadie puede evadirlo. Del estrato 1 al 6, blancos y afrodescendientes, altos y bajos, los del BMW y los del Renault 4, todos lo pagan. Siendo así, que al menos nos paguen por dejar cerrar las puertas de Transmilenio.

 

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