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Publicado el El Mal Economista (EME)

Del amor al desamor: reflexiones de un economista

El amor es una renuncia a parte de lo que somos con el único fin de encontrar la reconciliación con el otro.

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Por: Fernando Dueñas

 

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Anteriormente en EME, hemos escrito sobre la economía del amor y el amor mismo. En esa ocasión, se señaló que la economía del amor dinamiza industrias culturales como la musical y la del cine, o industrias tradicionales como la de las flores y los chocolates. Pues bien, el desamor visto desde un enfoque similar, también impacta a industrias como la tabaquera y la de los licores, en buena medida a industrias que afectan la salud. En consecuencia, esto implica que en ocasiones las EPS y los psicólogos participen de esa torta de beneficios del desamor.

 

Pero bien, esta columna no busca enmarcarse en las rigideces económicas alrededor de un sentimiento que, por más, impacta en la productividad de las personas, atrae nuevamente vicios “superados” y embarga con tristeza la vida de quién lo sufre. Esta columna busca un dialogo con la complejidad de la metafísica y la filosofía del amor y el desamor, lo que a mi criterio es posiblemente un factor importante en el desarrollo humano.

 

Partiendo del primer sentimiento, el concepto aceptado sobre el amor es que este trae felicidad. Sin embargo, ¿son el amor y la felicidad dos estados iniciales que convergen a un estado de plenitud? Según Epicuro, la felicidad se alcanza cuando nada nos perturba aunque el amor en cierta medida perturba. Por lo anterior, cabe una gran probabilidad de dolor dado que este es concebido sin restricciones, haciendo difícil encontrar la plenitud. Según Sócrates, el amor surge de una carencia; es decir, amamos lo que nos falta, por lo que el amor es el intento permanente por sentirnos completos.

 

La transición al desamor implica no encontrar aquello que queremos en la otra persona; en otras palabras, la búsqueda del modelo de amor ideal que tenemos a partir de nuestras necesidades no es satisfecha debido a diferencias que en algunos casos consideramos irreconciliables. Así las cosas, cuando nuestra búsqueda se empieza a tornar en lo que pretendemos que el otro sea, que el otro encaje en lo que necesitamos, o que este tenga la forma y llene ese vacío que nosotros buscamos, creamos vacíos que se tornan en defectos posiblemente inexistentes. De esta forma, ese otro nunca es lo que pretendemos y no llena ese vacío.

 

La continuidad del amor puede depender de la visión de cada una de las partes sobre este sentimiento. De hecho, Simone Weil reflexiona que podemos ir en contra de nosotros mismos, considerando que el amor es una renuncia. En consecuencia, podemos considerar que el amor es una renuncia a parte de lo que somos con el único fin de encontrar la reconciliación con el otro.

 

En este orden, Adorno (2001) considera que solo podemos ser amados en la medida que nos podamos mostrar débiles ante el otro, sin que esto implique que ese otro aproveche esta condición con su fuerza. Ampliando un poco sobre el concepto de fuerzas en el amor, Sartre (1944) considera que el amor está expresado en una relación de consciencias en la que la más débil es la que ama más y la más fuerte condiciona a la débil con su posición dominante.

 

Ahora bien, siguiendo con la idea, cuando no hay una reflexión encaminada a renunciar a parte de lo que somos, una de las partes no encuentra un vínculo posible y nace así el desamor: un sentimiento que es fuente de dolor y desencanto para la parte más afectada, que limita la pasión y el gusto por simples estados de la vida. En este punto, las imposibilidades de estar cerca de quién amamos nos llevan a un letargo que en últimas afecta nuestra satisfacción con la vida, que se hace tortuosa al paso del tiempo, pero que muchos estamos dispuestos a afrontar creando posiblemente falsas esperanzas.

 

Para finalizar, las complejidades del amor y el desamor expresan gran parte de nuestra interacción como grupos poblacionales, ya que no somos capaces de apropiar un estado de comprensión y resultamos afectando la vida de otros. El hecho de ser egoístas en nuestras decisiones muestra al Homo Economicus en su pleno apogeo: solo nos interesamos por las riendas maximizadoras de beneficios cuando no renunciamos a lo que somos para ser felices con alguien.  Estos conceptos me llevan a pensar que tan oportuno es el amor, si en mayor medida lo concebimos como esa única búsqueda egoísta de lo que no tenemos, de lo que no somos. Si no reflexionamos y creemos en el amor como una renuncia a nuestros deseos más egoístas, y si no vemos la importancia de este sentimiento en nuestras interacciones sociales, no tendremos la posibilidad de crear nuevos horizontes que nos lleven a ser mejores seres humanos y claramente no nos podremos reconciliar con la idea de una sociedad justa, virtuosa y con esperanzas.

 

P.D: A ti, mujer. Que hoy no estás y tu fantasma duele. Pero qué en mi deseo, la confianza en el tiempo permita tu retorno.

 

Referencias/Bibliografía

Adorno, T. (2001). Minima Moralia. Ciudad de México: Taurus.

Sartre, J. P. (1944). El ser y la Nada. Altaya.

 

Cada autor es responsable por el contenido de su texto, el cual no refleja necesariamente la posición de El Mal Economista, ni compromete a los miembros de su comité editorial.

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