El Mal Economista

Publicado el El Mal Economista (EME)

Corabastos: el que desperdicia es porque quiere

Corabastos permite recuperar toneladas de alimentos para darle de comer a colombianos en situación de vulnerabilidad. Explicamos este modelo de “cero desperdicios” y por qué hace de esta plaza de mercado un ejemplo para el resto de plazas bogotanas.

Foto tomada por María Alejandra Franco

Puntualmente, estamos hablando de la central de abastecimiento de alimentos más grande del país. La cual, como nos comentaba Luis Hernando Ríos, jefe de prensa de la central, surte a “42 plazas de mercado de la ciudad y aproximadamente a 50 mil tiendas”. Inclusive, según la Secretaría Distrital de Desarrollo Económico, el 95% de los alimentos que llegaron a Bogotá para noviembre de 2021 provenían de este mercado. Por lo que, no se sorprenda si la comida de su nevera sale de por acá.

Ahora, Don Luis también comentaba que de las 7.500 toneladas de productos que llegan cada madrugada, 4.5 toneladas no logran ser vendidas y por lo tanto, entran al ciclo de reaprovechamiento donde el Banco de Alimentos comienza su labor de rescate. En particular, de cada uno de los locales de Corabastos esta entidad recoge todos los alimentos que por su tamaño, forma, peso, sobremaduración o por su poca aceptación en el mercado, no se comercializan. Ahora, aquellos que siguen siendo aptos para el consumo humano, son posteriormente seleccionados, clasificados y luego entregados a población vulnerable.

En relación a esto, Sandra, vendedora de hortalizas de Corabastos, comenta que una espinaca recién surtida dura aproximadamente de 3 a 4 días, pudiendo incluso durar menos dependiendo de cómo llegue. Lo que demuestra la velocidad con la que estos bienes de primera necesidad, esenciales para nuestra supervivencia, tienden a deteriorase y a perder cualidades deseadas por los compradores. Entonces, debido a la corta vida útil de estos alimentos, el margen de tiempo del vendedor para distribuirlos es muy corto lo que implica altas probabilidad de generación de residuos.

Ante este problema de alimentos desperdiciados en la ciudad, el Banco de Alimentos nació como una iniciativa privada para ayudar a las poblaciones vulnerables. John La Rotta, Jefe de Gestión del Conocimiento del Banco de Alimentos, explica que su función radica en convencer a los comerciantes de que regalar los alimentos que no se logran vender produce ganancias y no pérdidas. Ganancias que, aunque ellos no perciben de manera directa, sí son percibidas por la sociedad en forma de menores cifras de hambre las cuales hoy se encuentran en niveles alarmantes. Según el último informe de la FAO, 15 millones de colombianos lidian con problemas de inseguridad alimentaria y 7,3 millones comen menos de 1 a 2 comidas al día.

En primer lugar, para entender el razonamiento económico de los comerciantes, debemos partir de la idea de que somos agentes económicos racionales que buscamos maximizar nuestra utilidad. De manera que, la decisión entre regalar y botar depende de los costos que cada opción representa.

Para analizar esto, se tiene qué considerar el tipo de comerciantes del que estamos hablando. Las plazas de mercado están compuestas de pequeños comerciantes que cuentan con un número limitado de manos. Razón por la cual, la decisión del comerciante de adoptar la tarea de separar la comida y además de hacerla llegar a quien la necesita, implica todo un tema de costo de oportunidad. Es decir, ese tiempo que gastaría en seleccionarla y donarla puede ser invertido en lograr un mayor número de ventas y, con ello, de ingresos. Un costo que no se presenta cuando simplemente se botan los artículos no comercializados.

En segundo lugar, existe un choque entre los incentivos económicos particulares y el bienestar general. Para ejemplificar esto, John nos proponía el caso de un vendedor: quien teniendo algunas cajas de bananos, al recibir un nuevo cargamento de fruta fresca arrojará los bananos madurados y venderá los recién llegados, porque estarán a mejor precio y los venderá más rápido. De forma que, los comerciantes siempre tendrán incentivos económicos de mostrar en su vitrinas lo que está bonito y no el banano que no provoca por estar manchado.

Debido a esta situación, la concientización toma un papel central al lograr que los vendedores incluyan su aporte al bienestar social dentro de la contabilidad de sus utilidades, aún cuando no sean monetarias. En particular, aunque la mayoría de colombianos son conscientes de las condiciones de pobreza del país, pocos reconocen su papel como parte de la solución.

De manera que, el Banco busca romper la asimetría de información entre quienes padecen de hambre y los vendedores. Los primeros, no saben cómo adquirir alimentos sin acudir a la limosna; y los segundos, no saben quienes están dispuestos a consumir los alimentos no vendidos. Lo cual “no es un tema moral, es un tema cultural (…) Es llevarlos a reconocer que esas cajas de frutas rajadas pueden tener una segunda oportunidad” como explica John.

Entonces para fomentar la donación de alimentos, el Banco de Alimentos ha buscado resaltar entre los vendedores las cifras de hambre en la ciudad, con el fin de que se traduzcan en empatía, conciencia y compromiso. Lo anterior a la hora de: 1) organizar los alimentos según su maduración en los puestos de venta; 2) decidir regalar lo que no se vende y 3) entregarla al Banco de manera organizada y a tiempo.

A modo de conclusión, de los puntos que hacen efectivo el modelo del Banco de Alimentos es que le brinda a los comerciantes de Corabastos la logística que reduce los costos de aportar su granito de arena y, al mismo tiempo, logra darle vida útil a lo que ellos vendrían considerando un “desperdicio”. Se trata entonces de un modelo ejemplar que busca solucionar el hambre y debería de ser replicado en el resto de mercados de la ciudad.

 

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