El Mal Economista

Publicado el El Mal Economista (EME)

Carta abierta a Don Jaime

Por: @AndresSastre @MalEconomista

“A pesar de crecer parcialmente en una suerte de ‘hogar adoptivo’ y siendo hijo de madre soltera tuve todo el amor, compañía y bienestar que un niño puede tener.” “… de ti aprendí que el amor, la educación, los valores y la formación de la familia pueden venir de personas diferentes a papá y mamá.”

Imagen 1Don Jaime decidió junto con su esposa Doña Abigail apoyar a Esperanza, mi mamá, la novia de su nieto en la titánica tarea de ser madre soltera. Hoy, 24 años después, mamá es una exitosa profesional y nuestra familia de madre e hijo es un hogar amoroso y estable. Foto: Archivo Familia Sastre.

 

Bogotá, D.C., 26 de septiembre de 2016

Querido Bisabuelo:

La primera vez que se me pasó por la mente escribirte una carta pensé que era una verdadera locura. A tan sólo unos días del que sería tu cumpleaños 92, ya se han cumplido más de 13 años sin contar con tu compañía y tus palabras de aliento. Además, me preguntaba si alguien más a parte de nuestra familia podría estar interesado en saber algo de ti, sobre quién fuiste y sobre quién sigues siendo a través de aquellos que te amamos ayer, hoy y siempre. Me encantaría contarte que terminé la secundaria en el colegio de tus afectos –Sí, en el Técnico Central–, que me gradué de economista en la Nacional o que mamá, a quién trataste como una hija, también lleva una vida profesional exitosa. Sería para mi motivo de regocijo compartir todas las cosas buenas que me ha traído seguir tu sabio consejo de estudiar y esforzarme por ser un mejor hombre cada día. Así que, después de tanto pensarlo, creo que sí existen razones para escribirte una carta y contarte sobre algunas cosas que pasan hoy. Aunque no precisamente quiero hacerte un recuento de logros, prefiero conversar contigo sobre algo que me inquieta: mi futuro y la posibilidad de que un referendo me impida intentar ser padre a través de la adopción por el simple hecho de ser soltero y homosexual.

Antes de comenzar con esto, quiero aprovechar esta misiva para decirte que te amo y cada día que pasa en tu ausencia me hace amarte más. Especialmente porque no fue del todo claro para un niño de diez años ver partir tan rápido a quién se había convertido en su mejor amigo, en su padre y confidente, al mismo tiempo que ejercías como mi bisabuelo. Sin embargo, sé que tu ausencia es meramente física porque tus lecciones, pasiones e ilusiones viven en tus nietos y bisnietos quienes, al igual que tú, anónimamente intentamos ser colombianos de bien y aportar un granito de arena para construir un país diferente y mejor.

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Don Jaime Sastre y Doña Abigail Guzmán, mis bisabuelos, se casaron en Bogotá el 21 de diciembre de 1947. Cuando yo naci, 45 años después, ellos vivían felices su retiro de la vida laboral en su cómoda casa de Quirigua al occidente de la ciudad. Ambos abrieron las puertas de su hogar y me “adoptaron” para apoyar a mamá en el reto de ser madre soltera. Foto: Archivo Familia Sastre.

Ahora bien, no fuiste un hombre rico, poderoso ni famoso. De hecho, y aunque opino lo contrario, mi bisabuela dice que de joven no eras un hombre “buen mozo”. No obstante, para mí eras una suerte de superhéroe: eras culto, sabio, amoroso, perseverante, elegante y sencillo; definitivamente mi modelo de hombre a seguir. Eras y eres mi padre. Lo fuiste para proteger a tu nieto de las consecuencias de sus errores y para proteger a mamá (su novia) de las privaciones de ser madre soltera. Pero principalmente lo eres porque de ti aprendí que el amor, la educación, los valores y la formación de la familia pueden venir de personas diferentes a papá y mamá. 

 

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Durante sus últimos años Don Jaime decidió repetir su experiencia como padre (tuvo 3 hijos) y me enseñó sobre la vida, aquí una de las pocas fotos que compartimos. Siempre me recitaba ese poema venezolano que dice: “Estudia, y no serás, cuando crecido, Ni el juguete vulgar de las pasiones, Ni el esclavo servil de los tiranos.” Foto: Archivo Familia Sastre.

Te hablo de esto porque hoy por hoy Colombia se debate entre dar un paso en pleno al siglo XXI o dar un salto al precipicio del siglo XV cuando la Iglesia, con el beneplácito de la Corona,  perseguía a todo aquel que quería. Quizás en algún momento de los años que compartimos pensaste en adoptarme como el hijo que me considerabas, no en vano tus propios hijos vieron en nuestro vínculo un amor padre-hijo más fuerte que aquel que había entre ustedes. Sin duda, un privilegio que deseo compartir con mis propios hijos algún día. No obstante, parece que no voy a poder hacerlo. Justamente en este mes de septiembre comenzaron las conversaciones formales en Senado y Cámara para restringir la posibilidad de adopción de niños por parte de quienes somos solteros y homosexuales. Algo absolutamente desconcertante cuando vivimos en un país donde una proporción importante de los niños crecieron en un hogar como el nuestro: criados por sus abuelos, de madre soltera y, en algunos casos, somos jóvenes adultos de orientación sexual diversa. Se trata de una iniciativa que busca preguntarle al pueblo si quiere reglamentar las familias como un vínculo creado por “papá y mamá” heterosexuales y que parece de idea de viejos conservadores que vivieron cuando tú eras un joven bogotano y de no de los actuales líderes del Partido Liberal; sí, ese mismo partido en el que militó nuestra familia cuando tú y mi bisabuela eran jóvenes llenos de vida.

Probablemente tú, un hombre educado en un hogar liberal y cercano a las artes y la cultura, pero también arraigado en la fe católica no estés de acuerdo con tener un hijo homosexual. Eso lo puedo comprender y créeme que lo respeto porque nuestra relación me permitió conocer cómo pensaban los hombres de tu tiempo y eso incluye miles de aciertos pero también otros tantos errores. En contraste, estoy plenamente convencido, en parte por los valores que me enseñaste y en parte porque siempre me impulsaste a ser feliz y a crecer como ser humano, que tampoco estarías de acuerdo con permitir que el Estado legislara sobre qué puede o no puede hacer una persona en función de algo tan íntimo como su orientación sexual. Seguramente estarías de acuerdo con que se exigiera al padre, madre o pareja adoptante contar con las condiciones emocionales, psicológicas y económicas que tú y mi bisabuela (tu “negra”) tenían cuando decidieron apoyar a mamá y formarme en mi infancia como un hijo que les llegó en la edad del retiro.

 Esto lo digo porque, “a pesar” de crecer parcialmente en una suerte de “hogar adoptivo” y siendo hijo de madre soltera, tuve todo el amor, compañía y bienestar que un niño puede tener. Aun así, aunque ningún miembro de nuestra familia lo fuera, resulté ser gay. Porque la orientación sexual no es un tema que los padres le puedan enseñar a sus hijos más allá de las reglas sociales de azul y carritos para los niños y rosa y muñecas para las niñas. Puedo confesarte que ser gay no es particularmente emocionante en un país como Colombia, porque mientras quienes nos atacan son bastante conservadores, invasivos sobre la vida privada y pretenden legalizar un trato de segunda contra quienes no somos heterosexuales; quienes nos “defienden” en muchos casos –no todos– sólo defienden a un tipo específico de homosexual (sea gay, lesbiana o transexual) que encaje en sus estándares de belleza, posición social y riqueza.

En este punto ya te tendré confundido. Probablemente muchas de las cosas que te he dicho son complemente nuevas para ti que naciste en los años veinte del siglo pasado y viste pasar a Bogotá del tranvía al Transmilenio. Sin embargo, estoy más que seguro que he logrado transmitirte la esencia de mis pensamientos. Por un lado, pienso en ti todos los días de mi vida agradeciéndote por mis éxitos y pidiendo a tu recuerdo consejos ante mis fracasos. Por el otro, pienso con algo de tristeza que todos los valores que me enseñaste no forman parte del imaginario colectivo de nuestros líderes. Muchos de ellos creen que algo tan bonito y privado como la orientación sexual y el libre ejercicio de ella son motivo para tratarnos a algunos como ciudadanos sin derechos y, de paso, privar a niños en condiciones difíciles de algo que tú y tu negra le brindaron a su bisnieto: un hogar amoroso y cálido.

 

 

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El apoyo de Don Jaime fue decisivo para cosechar los logros profesionales que hoy disfrutamos mamá y yo. Ser hijo de madre soltera es probablemente el mayor privilegio de mi vida. Además, estoy más que convencido que ser padre o ser hijo no es un asunto de biología, es un asunto de crear un vínculo que trascienda el tiempo o el espacio. Foto: Archivo Familia Sastre.

Antes de despedirme, te confieso que espero que esta iniciativa retrograda no resulte fructífera. Porque si existe un deseo profundo en mi corazón, es el de tener una familia como la tuya, con hijos maravillosos, donde siempre se compartía en la mesa, había reuniones con boleros y chocolate caliente mientras los veías entretenerse con los juegos de naipes de la tarde. Una familia donde yo y una eventual pareja podamos formar a nuestros hijos de la forma como tú me formaste a mí. Sé que cuento con el apoyo de mamá para cuando llegue el momento de ser padre y estoy más que convencido que ser padre o ser hijo no es un asunto de biología, es un asunto de crear un vínculo que trascienda el tiempo o el espacio. Un vínculo como el que le permite a este tu hijo escribirte a ti su padre, aunque hace tiempo te encuentres en el cielo.  

 

Te ama, Chuflite.

 

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