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La guerra comercial, los nervios, Colombia y el dólar

Por: Jorge Tovar

Lo que sucedió hace apenas unas semanas en Papúa Nueva Guinea se perdió en la prensa colombiana entre las discusiones locales de la ley de financiamiento, la reforma política, corrupción, atentados terroristas y la jocosa oferta de becas de Maduro a estudiantes colombianos. Lo sucedido, sin embargo, refleja los nervios que existe con el futuro de la economía en el mundo. Los chinos, por supuesto, lo niegan. Yo apostaría a que sí ocurrió.

Papúa Nueva Guinea fue la sede de la vigésima sexta reunión de líderes económicos del Foro de Cooperación Económica para Asía-Pacífico (APEC por sus siglas en inglés). El 18 de noviembre, el Primer Ministro canadiense Justin Trudeau anunciaba que los líderes de APEC habían sido incapaces de lograr un comunicado final. A cambio el primer ministro de Papúa Nueva Guinea emitió una declaración en el que “la mayoría de economías” estaban de acuerdo con lo allí redactado. La primera vez en la historia.

Días antes, el vicepresidente estadounidense, Mike Pence acusaba en su discurso a China de robar propiedad intelectual, de transferencias forzadas de tecnología y de prácticas comerciales injustas. Xi Jinping, presidente chino defendió con vehemencia la integración económica, denunció el unilateralismo y proteccionismo, y se erigía en defensor del sistema multilateral de comercio basado en reglas. China esperaba en APEC un comunicado que le permitiera proyectarse como el defensor del libre mercado ante el proteccionismo estadounidense.

La tensión llegó a tal punto que cuatro oficiales chinos intentaron irrumpir en el despacho del Canciller de Papúa Nueva Guinea para “sugerir” los términos del comunicado final. Ante la negativa del Canciller de recibirlos, cuenta ya la leyenda, literalmente se abrieron camino al despacho del alto funcionario quien con ayuda de seguridad debió escoltarlos afuera. Como ya dije, los chinos lo niegan. Uno tiende a apostar que así fue la cosa.

Buena parte de la estrategia china pasa por incrementar su influencia en el Pacífico. De ahí la importancia de la reunión. China ya ha invertido US$1.300 millones en las islas del pacífico y había prometido US$4.000 millones para financiar la red de carreteras nacionales de Papúa Nueva Guinea. Y es que mientras Estados Unidos se encierra, los chinos expanden su influencia en África, Asia, en menor medida América Latina e incluso en Europa a través del faraónico proyecto de la nueva ruta de la seda. El Fondo Monetario Internacional, ante peticiones de rescate de economías como Pakistán, Angola o Zambia, carece de información precisa que permita estimar con precisión el grado de dependencia, especialmente porque las condiciones de los chinos no son claras y no permite estimar con precisión la sostenibilidad de la deuda de estas naciones. Ciertos cálculos encuentran que entre 2000 y 2017 el gobierno chino, bancos y contratistas han prestado US$143.000 millones a países africanos El Fondo anunció recientemente que 45% de los países de ingreso bajo están tiene o tendrán problemas de deuda. El riesgo para la economía mundial es evidente.

Así que mientras Trump celebra imaginarios triunfos de su política proteccionista, empresas como General Motors anuncian el cierre de plantas, el despido de 15.000 trabajadores y ya los hay quienes comienzan a vislumbrar la posibilidad real de que el dólar deje de ser la moneda de reserva.

Mientras tanto en Texas el petróleo abunda a pesar de la falta de oleoductos para sacar el oro negro. Por ahora, a la espera de hasta cuatro oleoductos que entraran en operación en poco más de 12 meses, lo sacan en tren, en camión y rozan los límites de su capacidad exportadora. Estados Unidos está a punto de ser exportador neto de petróleo por primera vez en 75 años. La OPEP y países amigos como Rusia ya no tienen la misma capacidad de restringir oferta a pesar de que Venezuela produce en mínimos y hay fuertes sanciones contra Irán.

El precio del petróleo, que hoy ronda los 51 dólares puede bajar aún más. La restricción de OPEP y colaboradores que infló el precio del petróleo, tuvo éxito en parte porque con bajos precios la rentabilidad de muchos norteamericanos se resintió. Pero hoy día son capaces de producir rentablemente incluso con precios de US$30.

Es decir, Colombia se enfrenta a un coctel que puede terminar afectando la economía de manera casi estructural. Por un lado su socio comercial más importante está metido de lleno en una política nacionalista que no ha tenido problemas en llevarse por delante a sus aliados históricos. En su momento no tendrá problemas en exigir lo que requiera de Colombia so pena de cerrarnos su gigantesco mercado. Por otro lado, las perspectivas de precio de nuestro principal producto (cuyo principal destino son los Estados Unidos) no son alentadoras.

El dólar se ha devaluado un 20% desde abril de 2018 cuando tocó piso en 2018. Colombia sigue siendo un país principalmente exportador de bienes primarios, con bajo valor agregado. Hace no tanto, nuestro entonces principal socio comercial desapareció económicamente del mapa. Colombia reaccionó bien, sus productos en general encontraron acomodo en otros mercados. Pero esa transición relativamente suave no es tan sencilla de hacer cuando se cierra el principal mercado del mundo.

Quizás debería comenzarse a estructurar una política de estado que nos permita diversificar nuestra dependencia. No sólo exportaciones, ni importaciones, sino todo lo relacionado con nuestras relaciones bilaterales y multilaterales. Europa comenzó a entender que ya no puede confiarse en Estados Unidos. Especialmente si hay continuidad en la política de Estados Unidos hasta 2024. Colombia no debería esperar al golpe demoledor del gigante norteamericano. El mundo hoy ofrece otras perspectivas. No es cuestión de abrazarlas ciegamente. Es cuestión de entender el contexto global y, como mencioné, diversificar nuestra dependencia poco a poco, sin traumas, sin despreciar a nadie. El mundo está nervioso. Somos un pez chico que debe aprender a navegar en aguas revueltas.

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