Pazifico, cultura y más

Publicado el J. Mauricio Chaves Bustos

¡Qué viva la música!

Acetato del cantante tumaqueño Nano Rodrigo.

 

Nada sería el Pacífico sin la música, ella es su alma, su nervio principal, es un espíritu inquieto que no puede dejar de existir, más necesaria que el aire y que el mismo sol; lo anterior puede sonar también a canción, y es que eso es lo que inspira el tema, tan cercano a los afectos de quienes hemos vivido entres ríos y esteros, entre playas y selvas; siempre acompañados de un tonada, la que sale de los equipos y celulares, infaltables siempre, o la que tarareamos mientras navegamos, donde las olas se conjugan en sonidos para recordarnos, en la música, que estamos vivos.

El mestizaje logró el cruce de sonidos, ahí la magia de las cuerdas españolas, el candor de los vientos de los indígenas y la cadencia de la percusión de los negros. Así surge el denominado currulao, también llamado bambuco viejo, que entretuvo a nuestros abuelos y que, muy de vez en cuando, aún se escucha en los alejados parajes de nuestro Pacífico nariñense. En el siglo XIX predominaban los ritmos denominados tinguaranga, Aguachica, agualarga, entre otros. Su majestad la marimba, traída del África por hombres esclavizados, está rodeada siempre de cununos, guasas, tambora, entre otros. Y junto a ella, su majestad la Salsa, la reina durante el siglo XX, infaltable en nuestro Pacífico, vertida en el siglo XXI en Salsa Choque, que atrae y encanta a propios y a extraños; y los ritmos tradicionales, avivados por el festival del Currulao de Tumaco o el encuentro de Cantadoras de Mosquera, así como la aspiración de todos de llegar al inigualable Petronio Álvarez, que se celebra en Cali, y que reúne a un gran número de exponentes de la música del Pacífico tropical.

Y el mar bordando luceros, en el filo de la playa”, ¿cómo no saborear esa tonada en cualquier playa del Pacífico Sur, del Sanquianga o del Telembí?; entonces, Bocagrande nos es el lugar en donde estamos y soñamos. La compuso Faustino Arias Reinel (Barbacoas, 13 de abril de 1910 – Tumaco, 29 de julio de 1985), uno de esos barbacoanos que sintieron en sus venas el coraje de su origen; poeta consagrado, hizo de Tumaco el escenario de sus reflexiones y el Morro y el Quesillo le fueron su inspiración. Quizá a muchos jóvenes la canción ya no les diga mayor cosa, pero muchas generaciones soñábamos vivir el idilio de nuestros amores sintiendo y entonando: “Tu reclinada en mi pecho, al vaivén de nuestra hamaca, y yo contando mis besos, en tu boca enamorada”, un verdadero himno para el amor; canción tan hermosa, que ha sido interpretada por los mejores tríos del mundo; inclusive, algún incauto periodista la endilgó a Cartagena de Indias, haciendo entonces carrera la falsa noticia, a tal punto que en esa hermosa ciudad, que también nos ha acogido cariñosamente, hemos hecho la defensa necesaria y obligatoria, afirmando que la inspiración fueron las playas de la hermosa Perla del Pacífico, Tumaco. Arias Reinel, sacaba el tiempo a sus múltiples oficios, como alcalde de Tumaco o Gobernador encargado de Nariño, para componer sendos boleros que hoy integran la crestomatía más importante en el repertorio musical del romanticismo colombiano, entre otros, citamos los reconocidos temas: Sindamanoy, Serenata porteña, Alma en pena, De buenas con Dios, La esquina de mis sueños, Luna de Cabo Manglares, Mentira, Palpitas en mis manos, Cenizas y Para llorarte más.

Y en una perdida cantina de un pueblo también perdido, sorbo un trago de viche entonando, junto con el grande, gigante Tito Cortes “Sueño con la angustiosa sensación, emotiva, de buscar en la vida algo que no se alcanza”, Alma tumaqueña, del poeta Manuel Benítez Ducler, que junto con Arias Reinel y Payan Archer, constituyen la trinidad bendita del romanticismo en el Pacífico. Luis Alberto Cortés Bonnet, “Tito Cortés” (Tumaco, 1929 – Cali, 18 de julio de 1998), es sin duda alguna uno de los interpretes y compositores más conocidos; la vena musical le vino de su padre, Enrique Cortés, célebre interprete de currulaos y patacorés. No hay pueblo de la región donde no suene una de sus melodías; su voz, que muchos dijeron era parecida a la de “El Jefe”, Daniel Santos, a tal punto que cantaron muchas canciones a dúo, termina por ser inconfundible. Si te vas, Reconciliación, Derrumbes, Vereda tropical, nos evocan el prodigio de su voz y de su cadencia. Además, fue compositor, entre cuyos temas aparecen Mañana vas a llorar, No volvió, entre muchos otros. Tito Cortés fue un verdadero ídolo de la canción popular, por eso no pasa de moda ni pasará. Un viejo pescador prepara su barca, alcanzo a escuchar en su silbido la vieja tonada del triste tema Amor prohibido, y así se aleja.

Y en una vereda del Telembí, cuando aún no había bajado de la lancha, percibo la alegría de una voz que me es también conocida, es que están en fiestas y del moderno, estridente y diminuto bafle, sale una tonada que hace bailar a más de uno: “Yo tenía unos amores con una china, con una china, que estaba queriendo cuatro, la muy indigna, la muy indigna. Cinco conmigo, seis con el desgraciado de su marido, de su marido; siete con otro, con un viejo del pueblo, eran los ocho, eran los ocho”, del “Caballito Garcés”, quien fue bautizado con el nombre de Segundo Leónidas Castillo (Tumaco, 3 de mayo de 1916 – Tumaco, 23 de marzo de 1995). Guitarrista consagrado, su vida fue una continua bohemia, el currulao lo llevaba en las venas, de ahí surgen La muy indigna, tema que es toda una institución en toda feria y carnaval, Mi canalete, Tumaco, La gasolina, Déjala estar, La mujer de Roberto, Jonás, entre otras. Vivió en Buenaventura y en Barranquilla, lugar donde sus temas fueron grabados por el grupo tropical Américo y sus Caribes, pero retornó a su amado Tumaco, donde se le rinde tributo con el parque que lleva su nombre. “El Caballito Garcés” es uno de los músicos que más se interpretan en la región, quizá la cercanía con el pueblo le ha ganado su popularidad, niños, jóvenes y viejos disfrutan de sus alegres y sentidas composiciones.

¿Quién no se emociona al recordar el inicio de navidad, cuando, mientras se armaba el Belén, como se le dice al pesebre en Nariño, se ponía en la vieja radiola los villancicos que amenizaban el trabajo? Luego me enteré que ese viejo acetato, donde se reproducían unas voces chillonas, sin dejar de ser hermosas, de las hermanas Garavito, acompañadas al piano por el maestro Jaime Llano González, contenía nada más ni nada menos las creaciones de uno de los colombianos que más amó la navidad. Jeremías Quintero (Barbacoas, 16 de diciembre de 1884 – Bogotá el 8 de enero de 1964). Desde la niñez fue un inquieto por los temas musicales, a tal punto que a los 10 años de edad pertenecía a la Banda Municipal de su pueblo natal, donde aprendió solfeo, inició interpretando el flautín y la flauta, luego aprendió la guitarra e interpretó con acierto el piano y el órgano. Su primer maestro musical fue Eladio Ortiz, quien con seguridad le sugirió que estudiara en la normal de Popayán, donde él había estudiado, y en donde Jeremías adquirió el título de maestro.

Pero su atracción hacia la música no quedó ahí, quiso hacer sus propias composiciones, inspirado, como se dijo ya, en las tonadas y voces que iban y venían desde el puerto barbacoano, tierra de oro y de leyendas. En tono de bambuco, pasillo y vals, compuso más de 3 mil villancicos, muchos de los cuales hemos aprendido de nuestros abuelos y que ahora enseñamos a nuestros nietos, sin saber que fue un nariñense su creador, entre otros están: El duraznero, Vamos pastores vamos, Nana nanita nana, ¡Oh precioso niño!, Vamos niños todos, Niño de los cielos, Jesús mi amito, Ves cómo ríe la luna, A Belén todos, Ya viene el niño, ¡Oh niño toma mi amor!, Pimpollo de canela, Me conmueve niño verte, Dormido en humildes pajas, Cantemos cantemos, Pastorcillos de Naplusa, Niño divino, Allá en Belén de Judá, y un sinnúmero más que con seguridad nos recrean nuestra niñez durante la época decembrina.

Algunos de estos villancicos fueron recogidos en el libro “Cantares de Navidad”, publicado en 1951, gracias al auspicio del entonces ex presidente Eduardo Santos, con prólogo de José Puerta, célebre miembro de la Asociación de Pesebristas de Barcelona, quienes dedicaron el IV Festival de Coros Navideños en homenaje al compositor nariñense, libro que contiene también una serie de himnos patrios del mismo autor. En la primera programación navideña de la televisión colombiana, bajo la dirección del maestro Humberto Martínez Salcedo, el maestro musical fue Jeremías Quintero.

Pero no todo fueron villancicos, también escribió valses como Alicia, Hasta morir, Pétalos, Rafaela, Desfile de Ilusiones, Un amor que se va, Cristina; danzas como Al vaivén de tus ojos, Corazón en la mano, Cruel enigma, Cuando me ausento, Princesita mía; pasillos como Paulina, Síntesis, Siempre fiel, Hermana del alma, Porque te quiero; tangos como Alma enferma, Calla corazón, Esta chiquilla, Pomito de dolor; entre muchos otros más, que demuestran la fecundidad musical y compositora de nuestro ilustre paisano nariñense. Muchas de sus composiciones fueron grabadas con el sello Sonolux de Medellín, con las voces de las Hermanas Garavito y Rosa Bastidas de Martínez, madre del afamado pianista Eddy Martínez. De igual manera algunas de sus composiciones fueron publicadas por la Casa Musical Conti de Bogotá, por allá en 1935. El maestro Quintero también incursionó en las lides periodísticas y políticas, llegando a ser presidente de la Asamblea Departamental de Nariño en 1926 y Representante a la Cámara en 1930. Perteneció, entre otras, a la Sociedad Ricaurte de la ciudad de Pasto como miembro honorario en 1920, fue Secretario Privado de la Gobernación de Nariño y recibió la Orden del Mérito del Ecuador. En la primera visita de un presidente de la República a Barbacoas en 1920, don Marco Fidel Suárez, fue Jeremías Quintero el encargado de recibirlo y agasajarlo con una velada musical que el Presidente jamás olvidó.

Nelson Ibarra (Tumaco,? – Pereira, 1977), fue también interprete y compositor tumaqueño, autor del hermoso pasillo Esperanza, según los expertos, uno de los principales temas del folclor colombiano; en los años cuarenta, en compañía del ecuatoriano Alfonso Medina, formaron el dueto Ibarra y Medina, quienes grabaron en Pereira e hicieron escuela en Cali, grabando para Discos Mario y Discos Cali, respectivamente. Fue Oscar Agudelo quien los llevó a Medellín, en donde se ganaron el corazón de los paisas, a tal punto que no había evento social donde no fueran invitados, interpretando, entre otros, temas como: Yo quiero un amor, Ojos negros, La negrita, Palpita corazón, Todo es amor, los currulaos El Adiós, El sonso, El viejo Miguel, Alloi, entre otros tantos. Llegó a ser popular entre los músicos antioqueños la frase “si toca el pasillo Esperanza, más o menos sabe tocar guitarra”. Ibarra también actuó como solista, con los temas: A la frontera, Albertico Limonta, Mujer Ingrata, Amor maternal, Andate, Magdalena y muchas otras más que le granjearon el cariño y el aprecio de los colombianos. Cuando recorrimos las montañas caldenses y antioqueñas, por allá a inicios de los años 90, no había cantina donde no sonara una melodía de Ibarra y Medina, ignorando entonces que era de un paisano tumaqueño; en más de una ocasión, rodaron lagrimas por nuestras mejillas, cuando una paisa ingrata nos negaba su amor, consolados por estos temas que sonaban en las viejas rocolas, temas que son tan, pero tan populares lejos de su patria chica.

Y uno de los primeros interpretes del Pacífico nariñense en lograr reconocimiento internacional fue Hernán Rodríguez Garcés (Tumaco, 7 de enero de 1907- Miami, 9 de noviembre de 1942), conocido como “Nano Rodrigo”. Debo confesar que nada sabía de él hasta hace poco, cuando algunos amigos tumaqueños, de esos inquietos en temas escasamente conocidos, postearon su nombre y algunos de sus temas. Fue director de gran orquesta, percusionista y compositor. El 17de agosto de 1928 se embarcó en el barco “Ancón”, que partía desde Panamá a Nueva York, desembarcando en el muelle de Ellis Island, junto a Francisco, Arturo, Elba y Job Martínez, todos tumaqueños; aparece en el registro que portaba un permiso provisional de inmigración ecuatoriano, expedido en Esmeraldas, manifestó tener 21 años, ser estudiante, no hablar inglés y que sus padres vivían en Tumaco. Pronto logra trabajar en Nueva York en el famoso hotel Havana-Madrid, donde fundó una orquesta que llevó ese nombre, logrando grabar más de 200 temas con los principales sellos disqueros del mundo, como son Columbia, RCA Víctor y Brunswick.

Tuvo la fortuna de codearse con celebridades como Noro Morales, Javier Cugat y Enric Madriguera. Se sabe que fue uno de los primeros sex simbol latinos, a tal punto que aparece en algunas películas filmadas en N.Y, tales como Aparición, Gangarria, Conga Loca y Mi Rhumba, acompañado de su orquesta. En Colombia, se supo de sus éxitos por las notas que aparecían en el vespertino capitalino Mundo al Día, lastimosamente su obra y su trabajo ha pasado desapercibida por muchos años en su país. Se sabe que fue, antes de su partida a EE. UU, un músico reconocido en el Pacífico colombiano y ecuatoriano, principalmente por las interpretaciones que hacía del currulao, mezclándolos con sonidos como el Jazz, de ahí está impronta que jamás pudo abandonar. Interpretó rancheras, huapangos, bahianas brasileñas, sones y rumbas cubanas, pasillos ecuatorianos, boleros, cumbias, bambucos, tangos y milongas, siendo admirado en ciudades como Boston, Chicago, Filadelfia y Miami, donde llegaba con su orquesta. La fama de ser buen mozo, su capacidad para los negocios, además de lo magistral de sus interpretaciones y dirección de orquesta, hicieron de Nano Rodrigo todo un prodigio en la meca del capital y el espectáculo.

El argentino Terig Tucci, empresario, musico y arreglista, fue quien más valoró las cualidades de barítono de Nano Rodrigo, a quien han llamado justamente “El Zorzal del Pacífico”, a tal punto que la RCA Victor, donde trabajaba Tucci, grabó los principales temas del tumaqueño, contratándolo como artista exclusivo. Algunos de los temas son Yo canto para ti, Ni de día ni de noche, Un puñao, Penetración, Mi rumba, Dulce amargura, Poema, Mujer argentina, Tumaqueñita, entre muchos otros más que aparecen en acetatos, por los cuales los coleccionistas del mundo pagan fuertes sumas de dinero.

En 1942, los Estados Unidos se preparan para la Segunda Guerra Mundial, de tal manera que muchos cantantes se enlistan como voluntarios, entre estos los conocidos Daniel Santos, Machito y Glenn Miller, de tal forma que Nano Rodrigo se enlistó como voluntario en Miami, donde aspiraba llegar a ser Piloto de la Fuerza Aérea, además, había obtenido ya la ciudadanía estadounidense. El 9 de noviembre, estando en ejercicios de paracaidismo, un infarto fulminante le cegó la vida a la edad de 35 años. Gracias a Jairo Grijalba y a Hernán Restrepo Duque, hemos logrado hacer esta semblanza del primer músico colombiano que llegó a ser todo un ídolo en los Estados Unidos, mucho antes que los artistas que han descollado en los últimos lustros.

Hemos querido señalar algunos nombres de quienes han dejado un legado musical y artístico, no solamente en el Pacífico nariñense, sino en Colombia y en el Mundo entero. Hoy, son muchos los grupos musicales, compositores e intérpretes que se destacan en la región, muchos otros siguen en el anonimato; todos, sin duda alguna, herederos de una tradición musical que es el alma y nervio de las mujeres y hombres del Pacífico, siempre festivos, con una tonada en los labios y con la cadencia de su cuerpo cuando suena un tema, entonces la vida se vuelve una fiesta. ¡Qué viva la música!

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