Pazifico, cultura y más

Publicado el J. Mauricio Chaves Bustos

Vicente de la Cruz y la revolución en Tumaco (1781)

Vicente de la Cruz (Cortés, 1987).
Vicente de la Cruz (Cortés, 1987).

 

Con esta crónica llegamos a la número 50 en Pazífico, cultura y más, una aventura que emprendimos el 20 de marzo de 2019 y que hemos continuado con mucho fervor y entusiasmo, buscando alcanzar el objetivo primordial de esta columna, que no es otro que visibilizar todo lo bueno que existe en el Pacífico nariñense, con una rica historia vernácula, con una cultura que posibilita la experiencia de vida de sus pueblos dentro de su territorio, con procesos sociales que denotan su resiliencia y las ganas de vivir de un pueblo que ha sido desconocido desde los centros departamentales y nacionales que, pareciera, sólo validan lo suyo y pasan por alto a las periferias.

Coincide esta crónica número 50 con los movimientos sociales que van más allá de exigirle al gobierno que retire una reforma tributaria, cosa que ya se logró, sino de crear condiciones reales para la existencia de una paz con justicia social, especialmente para los sectores más pobres y más abandonados por el propio Estado y por los particulares indiferentes ante la pobreza de la mayoría.

Coincide además, con el derribamiento de la estatua de Antonio Nariño en Pasto, acto que merece detenidos análisis y amplias lecturas. Sin acalorar la hoguera de las polémicas, muchas de ellas manidas de viejos odios intestinos y alimentadas con el encono de historias manipuladas, queremos en esta columna rendir un homenaje a uno de los personajes que la historia oficial, incluida la departamental, ha invisibilizado, pretendiendo aclarar que no todo el departamento suroccidental fue realista, como se desprende de la información que se encuentra en redes a raíz de lo acontecido en la plaza de Nariño.

Nos referimos al tumaqueño Vicente de la Cruz, quien como muchos otros personajes de los territorios nariñenses, pareciera, no ha sido tenido en cuenta en los estudios históricos regionales, ya que lo que conviene es mostrar el realismo a ultranza de una ciudad en donde algunos todavía no dimensionan el significado de ser la capital de todo un departamento. Quizá por ello sea pensable en una capital departamental donde tenga cabida el reconocimiento de las alteridades, no alimentada en la endogamia de sus odios y de sus glorias pasadas, sino abierta al mundo, porque no, desde el mar para el resto del mundo, una capital costera, en fin, soñar no cuesta nada.

En las dos últimas décadas del siglo XVIII se presentan varios levantamientos en el territorio Americano, como una protesta ante las reformas borbónicas que serán, de una u otra forma, la antesala para las guerras de Independencia, ya que inicialmente se protestó contra los gobernantes de las colonias, haciéndose común el grito de “Viva el rey, muera el mal gobierno”. Estas reformas buscaban que la corona española recuperara todo el control administrativo en las colonias, así como la búsqueda de nuevos recursos mediante la imposición de nuevos impuestos y cumplimiento de los ya existentes, auspiciando el descontento en éstas y generando levantamientos en varias regiones; la prohibición del cultivo del tabaco y de la caña de azúcar, así como el impuesto sobre el aguardiente, decantó en las denominadas Revoluciones de los Comuneros.

"Tumaco en colombie: l'auteur recontre un compatriote" (Tumaco en Colombia) Lafond, Gabriel, 1843.
«Tumaco en colombie: l’auteur recontre un compatriote» (Tumaco en Colombia) Lafond, Gabriel, 1843.

 

El 16 de abril de 1781 se presenta un levantamiento en Barbacoas, protestan por el estanco del aguardiente, la escasez de tabaco y el mal trato que el administrador de rentas hace sobre los habitantes del importante puerto sobre el Telembí, de tal manera que la revuelta llega hasta incendiar algunas casas y sacar corriendo al susodicho jefe. En Tumaco, la revolución se da el 7 de noviembre del mismo año, con el pretexto de que al cura del lugar se lo acusaba de amancebamiento, Vicente de la Cruz, negro liberto, se reúne con una veintena de personas y desconocen al enviado de Quito para seguir la causa, lanzando el grito de “Viva el amancebamiento”; amotinados, deponen al Teniente de Gobernador, Modesto Ramón Gómez, y nombran en su lugar a Josef de Vallejo, quien se encontraba entonces preso, tomando el control político y militar de la ciudad por aproximadamente un año. Vicente de la Cruz se convirtió en líder del movimiento, desconociendo la autoridad real y creando una especie de Estado Independiente, nombrando cargos y deponiendo a otros.

Los expedientes que se conservan tanto en Quito como en Bogotá, dan cuenta de lo importante que fue esta insurrección, ya que bajo el mando de Vicente de la Cruz empieza una especie de gobierno independiente, exigiendo y cobrando impuestos a quienes llegaban al puerto, tanto a españoles como a extranjeros; incendiando barcos y robando mercancías para ser distribuidas entre el pueblo llano, así mismo recibiendo el apoyo de algunos comerciantes de Iscuandé. Se menciona también que el líder tumaqueño tenía nexos con Francisco Sánchez de la Flor, popayanejo residente en Quito y con influencia en la Real Audiencia de dicha ciudad, de quien se dice informaba a Vicente de los levantamientos en el Perú, los perdones que se estaban concediendo, además de información vital para seguir con la revuelta.

Para entonces, Tumaco contaba con 3.000 habitantes, 5% eran negros y 2% blancos; la mayoría eran negros libres y los indígenas representaban un tercio de la población, el casco urbano contaba con 400 personas, 60 casas, de las cuales 20 eran negocios.

El 28 de noviembre de 1782, el juez comisionado para el asunto, publica en la ciudad un auto de perdón a todos los comprometidos en la sublevación, orden dada por el virrey Antonio Caballero y Góngora, quien había traicionado a los Comuneros del Socorro. Los rebeldes solicitaban al gobierno que los dejara sembrar sus cañaduzales, producir su propio aguardiente y pagar una suma anual de dinero -25 patacones, es decir 25 monedas de plata- al erario real, cosa que inicialmente el delegado aceptó. Esto con el fin de bajar los ánimos de los revolucionarios, ya que, como se puede leer en los expedientes, estaba vivo el recuerdo de lo sucedido en el Perú con el líder indígena Tupac Amaru II en 1780, asesinado en 1781 en el Cusco. Vicente de la Cruz finalmente es apresado a finales de 1782, conducido a Popayán en donde se lo juzgó y se lo condenó a trabajar en las Fábricas de Cartagena, donde se pierde el rastro del valeroso revolucionario tumaqueño.

Proceso contra la revolución de Tumaco en 1781.
Proceso contra la revolución de Tumaco en 1781.

 

En cuanto a la ciudad, se decretan asuntos tanto políticos, como civiles y hasta morales: los habitantes son obligados a dejar de blasfemar, retornar a sus casas y reconstruirlas, a abandonar los juegos prohibidos, a respetar las procesiones religiosas, así como a limpiar el frente de sus casas una vez por semana, a no apropiarse de las embarcaciones ajenas; se prohíbe portar armas, que los cerdos deambulen por las calles, a realizar fandangos; se prohíbe comerciar con los esclavos o domésticos, para negros y mulatos a salir de la jurisdicción sin pasaporte. Los castigos: multa, prisión, extrañamiento (expulsión de la ciudad) y latigazos para los esclavos.

La represión busca disciplinar a los habitantes, tanto libres como esclavos, conducirlos a una normalización de la sociedad colonial, es decir la imposición de una casta social, blanca desde luego, sobre quienes están por debajo de ese modelo colonial, es decir mestizos, negros e indígenas. Por ello la imposición del castigo apunta a limitar el relacionamiento entre los diferentes estamentos sociales, entonces considerados “raciales”, sobre todo porque los negros libertos y los comerciantes se habían unido para desconocer tanto la autoridad civil como la religiosa.

Pese a todo ello, la memoria de Vicente de la Cruz sigue viva en los habitantes del Pacífico nariñense, sin nombrarlo, a veces sin siquiera conocer de su existencia, su legado sigue latente en cada voz que se levanta para protestar ante un Estado injusto que ha perpetuado las desigualdades por siglos; sigue viva en cada mujer y hombre que lucha por los suyos, arengando a los gobernantes que han hecho maridaje con la corrupción, arrebatándole al pueblo lo que por derecho les pertenece. Vicente de la Cruz sigue vivo en el alma tumaqueña.

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