Pazifico, cultura y más

Publicado el J. Mauricio Chaves Bustos

Salahonda, magia, canto y olor a madera.

En el cruce que del puerto de Tumaco se hace a Salahonda, cabecera del municipio de Francisco Pizarro, se tienen 45 minutos para pensar y meditar miles de cosas sobre nuestro Pacífico recóndito, al vaivén de las olas que se vuelven turbulentas, capaces de quebrar las lanchas de fibra de vidrio y de ahogar a sus ocupantes, según escuché de varios compañeros de viaje, hasta que finalmente se alcanza el canal que construyó la mano del hombre, se toma el estero del rio Rosario y entonces únicamente el ruido del motor interrumpe la vorágine de manglares que se extiende caprichosamente a lado y lado, y cuando la lancha debe mermar la velocidad, se divisan cientos de cangrejos, rojos y azules, que parecen saludar al cielo con sus pinzas elevadas.

Mi mente siempre estuvo fija en la Isla del Gallo, quizá este hecho histórico ha marcado este territorio, y pese a todo, sigo y seguiré sin entender por qué lo bautizaron con el nombre de un exterminador. Lo cierto, es que al divisar el territorio, en partes escarpado, no puede dejar de pensarse en Francisco Pizarro y los denominados Trece de la Fama, aquellos españoles, ávidos de oro, que llegaron a la región y que se aventuraron con su Capitán a que llegaran las vituallas y refuerzos de Panamá, así estuvieron cinco meses, para de ahí emprender la invasión del imperio Inca. Uno de éstos, Bartolomé Ruiz, funda el poblado en 1526, el primero en territorio nariñense y uno de los primeros en la actual Colombia.

Como en toda la región, la riqueza natural es su mayor baluarte, pero por sobre eso está la gente pacífica, laboriosa y buena, en 1540, el Adelantado Pascual de Andagoya anotaba lo siguiente: “La tierra adentro, en el paraje de la isla del Gallo hay cierta provincia de ríos muy poblados que las casas todas son fortalezas armadas en alto sobre árboles o sobre pilares de madera muy altos, y que habitan en lo más alto con escalera levadiza gente muy rica no hechos a la guerra porque de una barca que vayan cinco o seis hombres no osan aguardar en aquellas fortalezas”.

Hoy su población es mayoritariamente negra, herederos de los cimarrones que buscaban la libertad y que llegaban a estos parajes, buscando revivir su identidad, repasar su historia y forjar su destino; viven de la pesca y de la agricultura, el comercio es incipiente, por eso también es un territorio que ha sido propicio para el narcotráfico y para el asentamiento de grupos al margen de la ley. Los servicios públicos son escasos, la corriente eléctrica llega cuando las plantas o motores están bien y cuentan con combustible, pero lo normal es que no haya este servicio, el agua dulce nunca falta, sin embargo no hay acueducto ni alcantarillado y los servicios de internet y celular son menos que regulares. El inconformismo está siempre latente, y sus manos se alzan y sus voces se vuelven gritos cuando hay que reclamarle al Estado y a sus gobiernos el abandono del que son víctimas; no únicamente la violencia llega con el fusil, la desidia es un tentáculo poderoso que pervive en el territorio, por eso Salahonda ejerció la desobediencia civil, al punto que puso en vilo su participación en las contiendas electorales de 2018, sin saberlo, H. D. Thoreau resuena en sus calles, afirmando nuevamente que: “El  Gobierno  es,  a  lo  más,  una  conveniencia;  aunque la  mayoría  de  ellos  suelen  ser  inútiles,  y  alguna  vez, todos  sin  excepción,  inconvenientes.

Subiendo el rio Patía se llega a la vereda Boca de Ramos, maravilla el encanto de sus casas palafíticas, que sostienen no únicamente lo material, sino que se vuelven mansiones en el aire donde habita la alegría y el orgullo de sus gentes, ahí nació hace más de 70 años doña Martina Granja, una Tía gigante, en cuerpo y en alma, su voz delicada se vuelca en tonada y festividad cuando algo lo amerita, la mayor parte de su vida la ha dedicado a enseñar, y se angustia en pensar que la modernidad haga olvidar el sonido del cununo, macho o hembra, del guasá, de la marimba, de las maracas y de las tamboras, instrumentos que ella misma elabora, llevan su firma en clave de amor y de enseñanza, estos han sonado en diferentes sitios, entre otros, en Valencia, España, a donde fue invitada, y renegando del protocolo, como ella misma me lo dijo, se puso a bailar, a cantar y a tocar en una plaza valenciana, recibió el aplauso espontáneo de un público que la rodeó, así doña Martina conquistó España, como nos conquistó esa tarde en que sus manos empezaron con una tambora, en menos de cinco minutos la habían rodeado más de 20 espontáneos jóvenes, los mayores cantaron junto a ella y todos bailamos al son de los sonidos negros que se sostienen, como sus intérpretes, pese al olvido, con ganas de ganar la batalla del tiempo.

La Playa es otra de sus veredas, ahí funciona la Institución Educativa Agroecológica, las religiosas de la Orden de la Compañía de María Nuestra Señora lo regentan, son monjas modernas, sin la cruz ni el sayal que despiertan o lástima o frivolidad, viven los tiempos modernos y enseñan a sus alumnos, a más de los estudios básicos, los oficios para vivir, su ejemplo, sin embargo, es su mejor enseñanza, desde la humildad y el servicio, sin aspavientos y sin llamar mucho la atención. Les pesa no tener los profesores suficientes para cubrir todas las áreas, las secretarias de educación, verdaderos antónimos para lo que deberían servir, tanto nacional como departamental, no pasan de la mera promesa. Siguiendo el camino, se pasa por unos hermosos parajes, llenos de frutos, de hermosos bohíos, hasta desembocar en una inmensa playa, de ahí su nombre, desde donde se puede divisar Tumaco; ahí los niños se recrean con barquitos de madera, sujetos a una cuerda, los lanzan al mar y las risas se vuelven carcajadas cuando las olas los vuelven verdaderos garetes; más allá, una cincuentena de hombres, perfectamente sincronizados, tiran de la red que han lanzado horas antes, esperan recoger los frutos del mar para vivir, ejercen así la añoranza de lo heredado, hijos del mar, no pueden vivir sin él, sin embargo, no todos son peces, la basura que arrastra la corriente estropea los sueños, es el regalo de la ciudad de Tumaco, de los turistas, de propios y ajenos que no ven inconveniente en lanzar sus desechos al mar, esa es la marca contemporánea de la humanidad.

Leison Landázury, pese a su corta edad, ha debido enfrentar la violencia del territorio, él como muchos otros jóvenes, creen que la paz es el camino, una paz forjada en el diálogo y el respeto por las diferencias, preside la Mesa Municipal de Juventud, que entre otras actividades, organiza jornadas culturales y deportivas, buscan rescatar el patrimonio ancestral y preservarlo, organizan campañas de prevención en salud sexual y reproductiva, esto último, le ha granjeado la enemistad de muchos que siguen pensando que cada hijo trae el pan bajo el brazo, él sabe que no es así; cuando narra sus historias, pareciera que se está viendo una tragedia, amenazas y persecuciones, pero Leison no puede ocultar su fuerza, su vivacidad lo delata siempre, no puede dejar de ser alegre, como todos esos jóvenes que se reúnen en las noches en el Parque del pueblo a cantar, a bailar, a divertirse, Salahonda entonces se vuelve nuevamente un canto de esperanza joven.

Uno se puede guiar por sus calles estrechas con el olor de las comidas, los langostinos son únicos, el pescado frito es una delicia, al ceviche de camarón con piangua no se puede uno resistir y el naidi con leche en polvo y azúcar son el remate perfecto; como en todo el Pacífico, la generosidad es lo común, ahí está Vanessa Aguiño, quien nos confirma la esperanza de la amistad desinteresada, con esa sonrisa que solamente pueden tener las mujeres negras de este rincón del universo, mujeres que, como ella, sirven a su territorio, que superan las dificultades y los miedos para lanzarse a conquistar sus sueños, demostrando que no hay dificultad que no se pueda vencer ni pobreza que no se pueda superar.

Cuando el camino se hace por el norte, viniendo de Mosquera, unos promontorios rocosos, vivos en verde, testigos de las intrigas y ambiciones de los Trece de la Fama y de muchos más, además del olor a madera, anuncian la llegada a Salahonda. Unos jarillones defienden a la ciudad del agua, aunque muchas veces se inunda, parecen una serpiente que se extiende por todo lo largo del pueblo, en la parte alta están las casas y las tiendas, de donde salen los sonidos, siempre los sonidos, la salsa, uno que otro vallenato –síntoma de la llegada de ajenos que buscan fortuna y que se han asentado en el territorio-, el reggaetón, de ahí los reclamos constantes de doña Martina, quien añora que la Marimba también reciba en los muelles a propios y visitantes.

Comentarios