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Publicado el J. Mauricio Chaves Bustos

Ricaurte y Mallama: límite, inicio o fin

Puente sobre el rio Vegas, Ricaurte.
Puente sobre el río Vegas, Ricaurte.

 

Ricaurte y Mallama son los municipios limítrofes entre la sierra y la costa nariñenses. Su ubicación estratégica nos pone a reflexionar sobre el tema de la subjetividad, también operante dentro de la geopolítica, máxime cuando de los relatos se trata. Los serranos, acostumbrados a verse desde su posición, empiezan siempre los relatos descendiendo, entonces se pasa del frio al calor, de la tierra productiva a una, denominada por ellos, mal sana; de tierra de mestizos a tierra de indios y negros, de la papá al plátano y de la carne al pescado. Si volvemos la lógica, y escuchamos al relato del costeño nariñense, entonces se parte del ascenso, del calor al terrorífico frio, de la festividad a la aflicción, del bullicio a lo taciturno, de la vorágine a la monotonía de los cultivos, de lo negro a lo indio y a lo mestizo. En estas lógicas, lo único común es el indio: ahí están, en ese límite, los Pastos y los Awá, quienes han compartido sus productos y sus sueños por milenios.

En la noche de los tiempos se pierde la relación entre nuestros territorios; en la Colonia, lo normal era pasar por Mallama para llegar a Barbacoas o a Tuquerres, y de ahí vía fluvial con el mar Pacífico; el municipio se remonta en su fundación española a 1646, aunque el asentamiento indígena Awá es milenario, al igual que en Ricaurte. Para los serranos, ahí empieza el calor, la geografía cambia y todo parece hecho por verdadero milagro; recuerdo la alegría y la emoción, cuanto no el temor, que nos daba cuando siendo niños pasábamos por la Nariz del Diablo, desde donde se divisaba majestuoso el paisaje que nos anunciaba, desde ya, la magnificencia del Chocó biodiverso que cubre a toda esta zona. A lo lejos, entonces, se divisaba el poblado, donde el guarapo aguardaba a todos para refrescarnos. Entonces era una maravilla visitar los ríos Guabo y Gualcalá, que van formando hermosas cascadas, tan  propias de este territorio y que bautizan a la tierra constantemente al ritmo de sus caídas. Con la construcción de la carretera Pasto – El Diviso, en 1924, Mallama parecía desaparecer, ya que la ruta trazada no pasaba por la cabecera, de tal manera que los pobladores tuvieron que desplazarse y poblar la actual cabecera municipal, en Piedrancha, al pie de la loma de La Cruz.

Luego viene Ricaurte, pródigo en aguas, con los ríos Güiza, Vegas, Nulpe, Imbí, Gualpí, Mira, Mayasquer, entre muchos otros más, y cuyo encanto se divisa a lo lejos, en esos torrentes que forman finas cataratas que hablan de antiguos lugares sagrados. El olor a caña se intensifica ahí, en ese punto, entonces los sonidos de la marimba aparecían como por encantamiento, cuyo origen es tema de discusiones, pero que sirve para mostrar la riqueza pluricultural del pie de monte nariñense: para algunos, es un instrumento que llegó con los africanos que venían esclavizados a las minas de Barbacoas e Iscuandé; para otros, un instrumento de los Mayas, que llegó a este territorio durante la diáspora y que conocieron primero los Sindaguas. Ese es parte del encantamiento, ya que sus sonidos evocan lugares lejanos y cercanos, propios y ajenos, todos en un mismo territorio que nos es común.

Ahí está ubicada La Planada, una de las más importantes reservas naturales de toda la región, el ámbito es propio del bosque de niebla, donde habitan especies de flora y fauna endémicas, principalmente bromelias y orquídeas que atraen a expedicionarios de todo el mundo; sin embargo la presencia de los osos de anteojos es lo que más embelesa a los turistas, ya que ahí habitan algunos ejemplares de esta hermosa especie que se encuentra en vía de extinción. Toda esta biodiversidad estuvo en grave peligro de perecer, como ya lo ha hecho gran parte de nuestro medio ambiente, ya que las industrias madereras y mineras no respetan ninguna condición, a tal punto que en 1982 se buscó proteger este espacio de los depredadores humanos. Hoy en día hay ahí más de 1800 especies de plantas vasculares, 243 especies de aves, así como numerosos venados, tejones, tigrillos, monos aulladores que, junto con el oso, viven armoniosamente en este verdadero paraíso terrenal.

Cuando uno viene de la costa, siente que la geografía y los fenotipos cambian, se va dejando poco a poco lo negro en la Guayacana, para ir encontrando a los indígenas Awá en el Diviso y Altaquer; el clima se va tornando más frio, entonces afanosamente se empieza a cambiar de atuendos, los delgados linos son cubiertos con ruanas, chaquetas, sombreros y bufandas, para ir de una vez enfrentando el frio que se experimenta cruzando Carcuel, para pasar por la planada y llegar a El Espino, perteneciente al municipio de Sapuyes, que junto con Guaitarilla, Imués, Ospina y Túquerres conforman la región de la Sabana nariñense.

Por ahí pasaban los cargueros durante la Colonia, indígenas Pastos que soportaban sobre sus espaldas a los señoritones que eran incapaces de moverse por sí solos; por ahí las recuas que subieron el “progreso” de Barbacoas a Tuquerres, Ipiales y Pasto; por ahí circularon los pianos que buscaban entretener a las añejas elites pastusas; por ahí los finos licores franceses, las delicadas sedas chinas, los vehículos motores que subían para satisfacer los caprichos de las gentes de ciudad. Mallama y Ricaurte fueron testigos de esos entramados que comunicaban a unos con otros, generando de una u otra forma la raza cósmica que terminaría por definirnos, el mestizaje que va más allá de los colores de la piel y que se arraiga en el ánimo y en el espíritu de saberse habitantes en zona de fronteras.

En este territorio transcurre la vida de los Awá y de los mestizos que ancestralmente lo han hecho también suyo, a veces la tolerancia tiene que medirse, cuando las aspiraciones de unos y otros, principalmente por la tierra y los recursos, está mediada por los intereses particulares antes que por los generales. Ambos han tenido que sufrir los embates de una guerra que les es ajena, ahí los muertos y los desplazados no tienen ni etnia ni color, son colombianos, nariñenses, que han defendido lo suyo de las multinacionales, de las grandes empresas mineras que tienen puestas sus garras en estos territorios, ricos en oro, plata y otros valiosos minerales, de los narcotraficantes que han atestado sus montañas de coca.

El pueblo Awá en Ricaurte está organizado en Camawari – Cabildo Mayor Awa de Ricaurte -, personalmente, durante mis múltiples trabajos con ellos, me asombró la juventud de quienes lo lideran, hay una renovación de liderazgo permanente, jóvenes que conocen su territorio y también todos los embates de las grandes ciudades, ya que ahí han estudiado o trabajado; pero también me llamó mucho la atención que los sinchi –sabios-, que se supone son los taitas, los mayores, no estén presenten en esta organización; lo que puede apreciar, es que a los mayores ya no se los respeta, sus voces no son tenidas en cuenta y los cargos de liderazgo no están ya en sus manos. Espero que esta sea una apreciación equivocada y que internamente sean ellos, con su sabiduría, quienes puedan orientar el destino de este grandioso pueblo indígena que está en Nariño, Putumayo y Ecuador.

Muchos están permeados por la aculturación, son pocos los que hablan el awapit, su hermosa lengua nativa, es tan grande y variada que el uso varía dependiendo del día o de la noche, de si hace sol o llueve; en una maravillosa charla con quien hace las veces de Canciller de la comunidad, profesional en educación, manifestaba que la lengua se está perdiendo, esto debido a que muchos habitantes de la región se hicieron inscribir como indígenas para obtener los privilegios que esto acarrea, generando un punto de quiebre delicado con su cultura primigenia, ya que el idioma no les era necesario y las costumbres y lugares sagrados fueron cediendo para ser lugares de siembra y cultivos. Por eso no es raro encontrar a muchos de quienes se llaman indígenas Awá, con piel más blanca que la leche, con ojos zarcos como decimos en Nariño y con los cabellos dorados, lo que nos recuerda los retratos de los invasores españoles.

En los últimos años han sido víctimas de una violencia aterradora, muchos han tenido que desplazarse, pero dentro de su mismo territorio son revictimizados; fui testigo de cómo a los habitantes de El Edén Cartagena, una comunidad que salió desplazada por la violencia de la vereda Magüi y que llegó a la vereda Cartagena, les impedían acceder a los beneficios del Estado, aduciendo que el lugar que ocupaban no estaba legalizado. Lo triste y preocupante es que en lo que va corrido del año 2019, muchos indígenas Awá han sido asesinados, hombres y mujeres, sus líderes están siendo amenazados y muchos han tenido que salir del territorio. Su resistencia es lógica, defienden su tierra y su cultura, el narcotráfico no puede seguir permeando sus intereses, se requiere un accionar oportuno y eficaz por parte de la Gobernación de Nariño y del Gobierno Nacional para evitar que se los siga exterminando.

Las voces de doña Leonor, una líder campesina a quien no le tiembla la voz para reclamar sus derechos y la de la Gobernadora de El Edén, una indígena Awá cuyo poder de resiliencia la alimenta para seguir enfrentando las dudas de los ajenos y de los propios, son una muestra del poder de las mujeres en el territorio, voces que no se silenciaran jamás, ya que están alimentadas por la fuerza telúrica del Chambú, territorio sagrado donde habitan sus dioses tutelares.

Estas son lógicas que se encuentran presentes en el territorio, y que están retratadas en una de las novelas más significativas del departamento de Nariño, Chambú, de Guillermo Edmundo Chaves, en donde este territorio, que parece frontera o límite, es el protagonista; ahí la epopeya es el transitar entre un lugar y otro, pero integrados, cuyo basamento metafórico es la roca, lugar de vida y de muerte, donde danzan y seguirán danzando las dos perdices, para definir el destino de sus moradores.

 

 

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