Pazifico, cultura y más

Publicado el J. Mauricio Chaves Bustos

El Pacífico nariñense: naturaleza y vida.

Naturaleza maravillosa.
Naturaleza maravillosa.

 

Cuando el avión pasa de los Andes a la llanura del Pacífico, asombra ese tapiz de clorofila que se expande por toda la superficie que es alcanzable con la vista, pareciera que las copas de los árboles formaran un eterno vaivén de saludo a la vida; el agua fluye límpida, formando hermosos corredores que conectan a la selva entre sí, ahí se alcanzan a ver una cuantas casitas, las delata los techos de zinc tan comunes en el territorio y tan dañinas para la salud humana, ahí las lanchas y canoas se entrecruzan por esos verdes caminos, quisiéramos ver el mar, pero hay que esperar otros minutos para que aparezca, por ahora lo fluvial es el protagonista de ese paisaje que uno termina por jamás olvidar.

De repente, de entre todo ese verdor, que termina por contagiarnos de una esperanza inusitada, aparece el majestuoso océano Pacífico, una leve línea costera desdibuja la selva y entonces parecen un solo cuerpo, un solo organismo que está pletórico de vida, de exuberancia y de encanto; “tan frágil, tan delicado”, como dijo el astronauta James Irwin de la misión Apolo 15, pareciera que repentinamente compartimos el efecto perspectiva, ese que sienten los astronautas cuando ven la azul canica desde el espacio, experimentando el despertar de una conciencia para proteger ese punto en el universo, nuestro planeta; en nuestro caso, proteger ese verde tan verde, nuestro hermoso Pacífico. Quizá esa sensación nos haga pensar que divisamos, desde la altura, ballenas que pasean con sus ballenatos, delfines que juegan caprichosos por esa inmensidad, tiburones que se alejan hacia el lejano horizonte, enormes calamares que buscan la profundidad.

El Pacífico nariñense hace parte del ecosistema llamado Chocó Biodiverso, con una extensión total de 187.400 km2, que se extiende desde el Darién en Panamá hasta el extremo norte de la costa peruana; surge a raíz del choque tectónico entre las placas tectónicas de Nazca y el Caribe, cuyo efecto fue el surgimiento de los Andes y la unión de América Central con América del Sur, formando un corredor natural neotropical que favoreció el intercambio de especies, generando una biodiversidad única en el mundo. Va desde los cero metros de altitud hasta superar los 5000, en Nariño alcanza los 4764 en el volcán nevado Cumbal.

Todo lo anterior lo convierte en un lugar estratégico para el país y para el continente, ya que Nariño es el único departamento colombiano que cuenta con las tres regiones fisiográficas más importantes del país: Pacifico, Andes y Amazonía. Pero más allá de los números y de las cifras, que son tan importantes, la riqueza biodiversa es realmente la que lo caracteriza; el ser humano ha convivido con esta naturaleza, pero alejado de ella, como lo manifestara el filósofo colombiano Darío Botero, fundando la humanidad, muchas veces se extravío en su cuidado y entonces la razón se impone, la razón material, donde impera el costo simbólico más que el costo material, ya que por más avances que haga el ser humano, jamás podrá digerir una onza de oro, siéndole más productiva una simple y verde hoja de lechuga.

En el Pacífico nariñense está el parque natural nacional Sanquianga, donde toman asiento los manglares más altos del mundo, alcanzando casi los 50 metros; está la reserva natural La Planada, con su especie emblemática, el oso de anteojos; la reserva natural rio Ñambi, donde se encuentran más de 350 especies de aves, entre estas 29 especies de colibríes; la reserva natural El Pangán, sitio también propicio para avistamiento de aves y mariposas; está también el sistema nacional de áreas protegidas Cabo Manglares Bajo Mira y Frontera, buscando integrarse a la reserva ecológica de manglares Cayapas Mataje de la hermana república del Ecuador.

Pero la declaratoria de parques nacionales naturales o zonas de reserva natural o de áreas protegidas deben también alejarse del romanticismo chato con el que muchos miramos desde afuera estas zonas; la mayoría de comunidades que están ubicadas dentro de estos territorios no pueden ser sacados y reubicados en otros lugares, ahí han estado ancestralmente y han mudado sus costumbres ante las exigencias de un modo de vida moderno que los obliga a explotar el oro y los demás minerales que de ahí se extraen; a cambiar sus formas de cultivo por los monocultivos, emblemática es la historia de la explotación de la chonta, la tagua y la palma de aceite, tan benéfica para unos cuantos y tan perjudicial para la mayoría, especialmente para los suelos; hasta la forma ancestral de la pesca también debió sufrir los embates del capitalismo desaforado, hoy las trincheras vacías llegando a Tumaco recuerdan las viejas industrias camaroneras, donde solo quedan viejos recuerdos.

Las autoridades del ente nacional y regional, como Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, Parques Nacionales Naturales de Colombia, Corponariño, entre otros, deben volver la mirada sobre ese viejo problema que no ha sido resuelto, ¿acaso debe ser cómplice del desplazamiento de quienes están asentados en esos territorios naturales ancestralmente o porque han llegado huyendo de otros lugares, víctimas del conflicto colombiano y del narcotráfico? No basta con que los resplandecientes chalecos azules estén presentes en cuanta reunión hay, actuando como convidados de piedra, cuando debería haber decisiones concretas que protejan tanto la vida silvestre como el derecho a la vida y a los servicios públicos de quienes ahí habitan.

Pero también es cierto que la cultura ciudadana ambiental brilla por su ausencia en la mayoría de quienes habitan el Pacífico nariñense; lo común es ir en la lancha, de Tumaco a Iscuandé, o de Barbacoas a San José, y ver cómo, sin reato alguno, lanzan botellas y plásticos al mar o al rio; el puente del Morro, lugar de pesca artesanal, se vuelve un completo basurero, muchos siguen creyendo que al mar puede arrojarse todo cuanto se antoja, niños y ancianos tienen esta desagradecida costumbre. La impotencia se acrecienta, cuando en esos guandales, en los manglares más altos del mundo, campean por entre sus raíces los pañales desechables o las sillas de plástico que han culminado su utilidad. Y ni que decir de los turistas que llegan de la sierra los fines de semana o los puentes, entonces las playas terminan por ser completos basurales, “aquí les hicimos el gasto, pues, ahora que también limpien, pues”, fue la respuesta que me dio una mujer mayor, que parecía ser mi paisana, al pedirle comedidamente que recogiera su basura.

Ahora ni que decir de la falta de una política pública para el manejo de los desechos en todo el territorio; la histórica Barbacoas, también en oro y leyendas cantadas, recibe a sus visitantes con el bochornoso espectáculo de un basurero a cielo abierto, que se siente por el olfato a kilómetros; Roberto Payán, uno de los más hermosos municipios del territorio, sorprende a sus visitantes con un basurero en plena vía que conduce a unos hermosos lugares para el descanso; la Playa, en Salahonda, recibe todas las basuras que llegan de Tumaco, y Bocas de Curay, otra vereda, debe sentirse impotente ante una isla de botellas que llegan diariamente de la Perla del Pacífico.

Cuando uno sale a cualquier rincón del Pacífico, por más pequeño que sea, la naturaleza está en toda su magnificencia; en esa selva espesa, tan rica en historias, se encuentra la zona de mayor pluviosidad del mundo, una de las zonas más endémicas del mundo, ya que el 25% de las especies se encuentran únicamente en ese lugar, donde hay 9.000 especies de plantas vasculares, 200 de mamíferos, 600 de aves, 100 de reptiles 120 de anfibios. Muchas de estas especies son consumidas por el hombre, pero la tala indiscriminada, el uso indebido del suelo, la basura que cada vez cubre más espacio, han hecho que la frontera selvática se vaya alejando, por eso con nostalgia cuentan los abuelos negros o los indígenas, cómo para buscar al guatín, a la liebre, al perico, deben desplazarse cada vez más. En pocas palabras, el ser humano es víctima de su propio invento.

Hoy, todos nos apesadumbramos con el voraz incendio que devora el Amazonas, entonces la prensa busca culpables, unos y otros se defienden y contraatacan. Esa azul canica que se ve tan frágil, como manifestaron los cosmonautas, realmente los entristecería, ya que los satélites muestran el daño irreparable que se ha causado. Mientras tanto, en nuestro Pacífico nariñense, en Magüi, en El Charco, en Olaya Herrera, en La Tola, o en cualquier otro lugar, mientras vemos en los noticieros las malas noticias del planeta, seguimos arrojando plásticos y botellas al mar; y los animales quemados, que nos arrancan lágrimas, son los mismos que utilizamos para maltratarlos, para sacarlos de sus ambientes, para venderlos y ganar unos cuantos pesos.

Políticas públicas realistas con el territorio ambiental, con las personas que ahí habitan; una educación que no escatime inversiones en una cultura ciudadana que debe ser permanente si queremos que el planeta sobreviva, entendiendo que las pequeñas acciones terminan por generar el efecto mariposa, es decir beneficios a mayor escala; y el compromiso individual y social para sabernos parte de esa naturaleza, que todos, óigase bien, todos, tenemos una responsabilidad con nuestro territorio: negros, indígenas, mestizos, el planeta no reconoce diferencias, todos somos partes de ese todo.

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