Pazifico, cultura y más

Publicado el J. Mauricio Chaves Bustos

Oralidad en el Pacífico colombiano

Sabedoras de Salahonda, Nariño.
Sabedoras de Salahonda, Nariño.

 

Somos y venimos de la oralidad. Las tradiciones de nuestros pueblos originarios fueron y siguen siendo recogidas en el bien llamado de voz a voz, es decir que el conducto preferente para conservar nuestra historia ha sido hecho desde la oralidad. Por mucho tiempo se creyó que lo oral tenía un rastro de primitivismo, y no se hacía en el sentido del reconocimiento como un mecanismo de preservación de lo ancestral-vivido, sino que se hacía despectivamente, reconociendo en lo oral el rasgo casi que barbárico que imperaba en algunos pueblos. Se desconocía entonces el desencadenante homérico desde lo oral tazado luego por investigadores como Milman Parry (1928), quien encuentra que en la Ilíada y en la Odiosea están presentes las manifestaciones orales de los griegos.

Ong (1994), por su parte, señala que la escritura y la oralidad son tecnologías específicas acerca de la palabra, a tal punto que llega a afirmar: “La escritura nunca puede prescindir de la oralidad, podemos llamar a la escritura un modelo secundario de modelado, que depende de un sistema anterior: la oralidad”, y esto se desprende de la simple lógica de entender al ser humano en su entramado de construcción del mundo. Lo oral antecede a todo sistema de comunicación, ahí se forja la palabra, en un ejercicio de millones de años para llegar a modular las cuerdas vocales, a ampliar la caja torácica, a emprender el vuelo que nos ha permitido llegar mucho más allá de las estrellas. La palabra nos forjó como humanos, a ella le debemos nuestra esencia, porque de una u otra manera nos permitió nominar lo que nos rodeaba, así surge realmente el mundo, “en el principio era el verbo, y el verbo se hizo carne”.

En el consabido esquema del contexto del lenguaje, donde hay un emisor, un mensaje y un receptor, es donde se comprende cuál va a ser el papel que va a desempeñar realmente la escritura respecto a la oralidad, ya que es en el contacto donde se opta por lo oral o lo escrito. La escritura, anota Ong (1984) “es un sistema codificado de signos visibles por medio del cual un escritor podría determinar las palabras exactas que el lector generaría a partir del texto en su acepción más estricta”, es decir que el mensaje es lo escrito, el cual puede ser leído en cualquier lugar y en cualquier tiempo, en la medida que exista un lenguaje común que permita la identificación (caso de la piedra Roseta con los jeroglíficos egipcios). Lo escrito permite que realmente no haya simultaneidad entre el emisor y el receptor, ya que es el texto el que está comunicando algo, ya no hace falta aquí el emisor presente en dicha comunicación. La escritura es entonces atemporal y aterritorial, y quizá esa es la mayor ganancia frente a lo que puede ser la eficacia de lo puramente oral.

Niños de Salahonda, Nariño.
Niños de Salahonda, Nariño.

 

Pero lo oral tiene un referente sobre el aquí y el ahora, pero también permite en nuestras culturas comprender la narración sobre lo que hemos sido, en este punto se resalta la oralidad como trascendencia de nuestra propia historia, es una posibilidad concreta de comprendernos desde la tradición. No en vano la décima, el coplerío, en una alusión a lo que fue en la Europa medieval los cantares de gesta, o en nuestros amautas, que mediante lo oral se perfilaban como pueblos y como culturas. Terán anota lo siguiente “Apuntamos primero el carácter colectivo de la oralidad: todo grupo socio-cultural que conserva y transmite la memoria acerca de su historia sobre la base de sistemas orales extiende esta memoria a todos sus miembros. Se constituye en una memoria colectiva, que no solo involucra el conocimiento del pasado del grupo (historia), sino el aprendizaje de tradiciones y normas sociales que permiten la cohesión interna de la sociedad en cuestión. La memoria colectiva se asocia, entonces, a un pensamiento social, a un imaginario colectivo”.

Sabemos que la palabra tiene poder. Escrita o hablada, es capaz de desencadenar revoluciones o de conservar y mantener el statu quo, la palabra está íntimamente ligada al poder. No en vano roma se sustentó sobre códigos escritos, leyes y normas que postulaban la llamada Pax Romana, mientras invadía por doquier. Pero la oralidad no está exenta de esta unión con el poder, es por ello que la historia oral, al ser una manifestación social, sigue sus pautas y sus ritmos, de ahí que si bien no hay exactitud en cuanto a los hechos narrados frente a cómo pudieron acontecer, gana en cuanto a creatividad y recreación, sirve más para reafirmar la identidad social y cultural, para perpetuarse en el espacio y en el tiempo, por eso la importancia de los mitos y las tradiciones, de los cuentos y de los relatos, es ahí donde está vivo el espíritu del pueblo, de la sociedad que sigue invocando a sus dioses y a sus deidades como parte fundamental de su propia realidad.

Más que los desencuentros, creo que es necesario resaltar los puntos donde la oralidad y la escritura se encuentran, entendiendo que son formas distintas de pensamiento, de igual manera permiten comprender las realidades desde diferentes facetas, máxime cuando se entiende el contexto del tiempo y el espacio donde se realizan, pero son, sin lugar a dudas, fundadoras de cultura, ahí se forma el sustrato de la historia, ahí compagina el mundo transido por la mirada del hombre, permiten nuestra trascendencia, ir más allá del aquí y el ahora, la palabra, escrita u oral, nos funda como humanidad.

Telmo "El decimero menor", con niños de la sierra nariñense.
Telmo «El decimero menor», con niños de la sierra nariñense.

 

Históricamente hablando, la escritura modela otra forma del mundo, se moldea una uniformidad y una linealidad en el pensamiento, por eso a partir de la invención de la imprenta en Europa, cambia el pensamiento, lo que antes se transmitía de forma oral empieza a exigir un racionamiento sobre un código que antes no era tan democrático o estaba reservado para unos pocos, es por eso que antes los manuscritos eran leídos en voz alta, no existía siquiera la lectura meditada, es lectura en voz alta era necesaria para que quienes escucharan siguieran transmitiendo lo que se ha escuchado, pero con la imprenta cambian las pautas sensoriales, el oído cede a la vista, hay necesidad de mayor análisis antes que de síntesis, la fantasía cede a lo que aparece escrito, como una certificación.

La tradición oral africana llega a un terreno similar en América, ya que la mayoría de pueblos originarios transmitían sus saberes a través de la oralidad y de signos más enmarcados dentro del contexto de la naturaleza que de la artificiosidad abstracta de la escritura, por eso los Quipus incas aparecen como nudos en una realidad que necesita ser palpada. Los hijos del África, pese a todas las restricciones a que eran sometidos por todo el sistema esclavista, ejercieron un acto de resistencia desde su oralidad, así trajeron a sus propios dioses, así trajeron su propia historia, así convocaron a sus comunidades para perpetuar sus rituales, en cánticos y odas hicieron pervivir su cultura.

Desde luego que hay un sincretismo, fruto de la convivencia con formas y estilos de vida diferentes a los suyos, hablo de afros, indígenas y europeos, no en vano las décimas cimarronas tienen su origen en la forma como los curas católicos ejercían la doctrina mediante el uso de formas gramaticales que servían para ejercitar la memoria; lo que éstos no sabían, es que ahí se estaba gestando, bajo una forma ajena, es la transmisión de sus culturas ancestrales, al igual que la música, en donde la palabra se acompasa con cununo, marimba y guasá. Quizá muchos nombres originarios se han perdido, otros han sido rescatados con un contacto nuevo de retorno a sus raíces africanas, encontrando la pervivencia de algo que se creía extraviado, pero es a través de esa oralidad en donde, a través de la palabra, hay un cauce de vida que no se dejó ir, sino que alimentó por siglos, y seguirá alimentando a todo un pueblo sus propios mitos y sus más profundas tradiciones.

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