Poeta Mary Grueso Romero (Fuente: Cinep).

 

En diciembre de hace algún tiempo me encontraba en Tumaco, afanado para llevar un regalo a mi nieta, pensé en una muñeca negra, de tal manera que me fui al centro de la ciudad, donde pensé con seguridad encontrarla. Fui primero a los almacenes más grandes, donde venden ropa y juguetes de todo tipo, sin embargo las mismas dependientes, todas afrocolombianas, se asombraban ante mi requerimiento. Algunas hasta soltaban sonoras carcajadas, tal vez por el asombro o por la solicitud que a ellas mismas les parecía curioso. Así recorrí todo el Tumaco comercial, sin encontrar más que muñecas blancas, la mayoría rubias, estilizadas algunas, otras hechas rechonchos bebes, algunas barbies en sus ostentosas cajas, pero ninguna muñeca negra, como la buscaba yo. Lo más parecido fue una Moana, que por entonces estaba en pleno furor, inclusive traía su propio remo, que en el Pacífico se conoce como canalete, de tal manera que después de buscar por horas, me contenté con la Moana para mi nieta, qué más podía hacer.

A mi hija en su niñez también buscamos darle su muñeca negra, en Bogotá es más fácil conseguirla, de tal manera que aunque no era lo que buscábamos con mi esposa, ya que con lo que dimos era un bebé negro al que popularmente se conocía como Cuco Valoy, debido a la prominente calva con que fueron hechos, en alusión al célebre cantante dominicano; así mismo, mi hermana le trajo de Cuba una linda muñeca negra elaborada en trapo, la cual aún conserva mi hija como un recuerdo imperecedero.

Pero, ¿cuál era nuestro interés verdadero para regalarles muñecas negras? No encuentro un motivo real, sinceramente, quizá la pretensión nuestra fue mostrarles a nuestros hijos, desde su infancia, que no existen diferencias por motivos de color, que el racismo es una secuela absurda de un pensamiento fundado en las pretensiones de una supuesta superioridad blanca, que en el respeto a las diferencias radica el reconocimiento propio como sujetos. Quizá, también salía a flote mi creencia en que tengo ancestros afros, no por nada a mi abuelo paterno, quien se destacó por su inteligencia y ocupó diferentes dignidades públicas, se lo conocía como “el negro Chaves Chaves”, al igual que como se conocía a “el negro Gaitán”, aunque militaron en orillas políticas diferentes. Tal vez con ello he buscado llenar un vacío genealógico que aún sigo rastreando y que se vuelve tan dificultoso debido a la falta de fuentes y de documentos que así lo demuestren.

El tema de la muñeca, no es tan sencillo como parece, habla de como el país creció bajo los postulados de un desarrollo moderno amparado en la razón occidental, en donde el prototipo de lo bello, lo hermoso y lo bueno era lo blanco, no en vano el célebre poema hecho bolero, “angelitos negros”, del poeta venezolano Andrés Eloy Blanco y musicalizado por el mexicano Manuel Álvarez, una de cuyas estrofas dice: “que cuando pintas tus Vírgenes / pintas angelitos bellos, / pero nunca te acordaste / de pintar un ángel negro”, es como un grito que reclama a una sociedad que desconoce todo aquello que no estuviera dentro del marco de lo que muchos denominaron por tanto tiempo “lo normal”, así se blanquearon próceres y presidentes, así se desconoció, bajo el amparo de constituciones excluyentes, la pluralidad étnica y cultural que conviven bajo un mismo cielo.

Es por ello que en el imaginario colectivo el negro no fue considerado como ese supuesto modelo escogido para formar la patria, así lo recuerda la poeta guapireña Mary Grueso Romero, quien da cuenta de como en las cartillas escolares con las que ella misma se educó, nunca aparecía un afrodescendiente en el papel de padre, madre o hijo modelo, escasamente, recuerda, el 12 de octubre se escogía a una pareja de negros para que bailaran con taparrabo, sosteniendo de esta manera un estereotipo que permaneció en el colectivo colombiano durante tanto tiempo.

Se debe en gran parte a la poeta Mary Grueso un proceso de inclusión y de denuncia de todo acto racista y excluyente que se haga en cualquier lugar, por eso ella, desde la literatura, parte del presupuesto básico de que es mediante la educación que esta sociedad puede transformarse, para evitar así que se discrimine por el color de la piel o por la posición social o el dinero que se tenga. Fundada en sus propios recuerdos, la poeta evoca esos momentos cuando debió enfrentarse a sí misma e identificarse con su propio color, reconociendo en ello la belleza que ahí existe, desde la diferencia, como insistentemente lo recalca, de tal manera que el proceso identitario arranca por uno mismo, para desde ahí ejercer un papel pedagógico de constante enseñanza y aprendizaje, por eso levanta su voz como un verdadero grito y exclama:

 

NEGRA SOY

¿Por qué me dicen morena?

Si moreno no es color

Yo tengo una raza que es negra,

Y negra me hizo Dios.

 

Y otros arreglan el cuento

Diciéndome de color

Dizque pa` endulzarme la cosa

Y que no me ofenda yo.

 

Yo tengo una raza pura

Y de ella orgullosa estoy

De mis ancestros africanos

Y del sonar del tambó.

 

Yo vengo de una raza que tiene

Una historia pa´contá

Que rompiendo sus cadenas

Alcanzó la libertá.

 

A sangre y fuego rompieron,

Las cadenas de opresión

Y ese yugo esclavista

Que por siglos nos aplastó.

 

La sangre en mi cuerpo

Se empieza a desbocá

Se me sube a la cabeza

Y comienzo a protestá

 

Yo soy negra como la noche,

Como el carbón mineral,

Como las entrañas de la tierra

Y como el oscuro pedernal.

 

Así que no disimulen

Llamándome de color

Diciéndome morena

Porque negra es que soy yo.

 

Niñas de Candelilla La Mar, Tumaco. (Foto: JMCHB).
Niñas de Candelilla La Mar, Tumaco. (Foto: JMCHB).

 

Hay en sus libros una invitación constante para la reafirmación de esa identidad afrocolombiana, rompiendo con ello estereotipos y fundando desde la palabra escrita un escenario en donde la poesía, el cuento y el ensayo le dicen a esa Colombia excluyente que hay una literatura afrocolombiana que se afianza en su cultura, tan amplia como el Pacífico y el Atlántico, que por ambos lados nos conecta con el África originaria.

Conocí a la poeta Mary Grueso hace algunos años en Pasto, nos habían invitado a un recital, y en el hotel, me sorprendió ver a una mujer inmensa, que a medida que la fui conociendo se fue haciendo más gigante, soportando ese frio serrano que baja desde el Galeras y cala hasta los huesos. Pero ella, con el embate propio de las mujeres, me decía que ese frio se vence desde adentro, y salió entonces su voz poética para ahuyentar las gélidas sensaciones. En los escenarios donde nos presentamos, quienes la conocían reafirmaron su talento prodigioso para llegarle al público, y quienes la veían y escuchaban por primera vez, quedaron atrapados en su red de encantos poéticos afrocolombianos.

Su ejercicio pedagógico está ligado a su ejercicio literario, es maestra por vocación pero es un alma negra que llegó del África con sus ancestros y que exige los rituales del reconocimiento de su propia estirpe, por eso evoca esa ancestralidad que les permite a los afrocolombianos de hoy resignificar su propia grandeza, el legado cultural que le van dejando al mundo, por eso, más allá de su justo reclamo, se ancla en la grandeza de un pueblo desde su propia manera de hablar y de sentir, asentando con toda propiedad que hay ahí una literatura que permite resignificar lo negro, durante tanto tiempo excluido de pénsums y programas académicos.

Las mamás negras les hacen a sus hijas las muñecas negras, forma parte de sus ritualidades, así lo recoge la poeta Mary en sus conversas, eso permite un acercamiento simbólico y lúdico con lo que es la propia identidad. Pero la anécdota narrada, sobre la muñeca negra en Tumaco, no deja de ser preocupante para quienes creemos en los fundamentos sinceros de una sociedad democrática y pluralista, ¿qué pasa con aquellos que en los almacenes, los libros, la televisión, la publicidad, textos escolares, únicamente ven un prototipo de personas, generalmente blancas, como prototipo del ser nacional o latinoamericano?  No encontrar una muñeca negra en un territorio de afrocolombianos habla de la forma como nos imaginamos a nosotros mismos como nación. Es por ello por lo que las voces como las de Mary Grueso deben ser escuchadas, pero más que eso, deben ser asimiladas también por las administraciones, que haya verdadera injerencia en las políticas públicas que permitan realmente vivir en un Estado social y de derecho. La muñeca negra, quizá es solo un pretexto para mostrar que seguimos siendo un país excluyente, centralizado y formado bajo los postulados de la “normalización”, cuando lo que hay es una realidad que excluye y encasilla dependiendo del color de la piel o de la posición social que se ocupe.

Yo, por lo pronto, seguiré insistiendo y quedaré feliz cuando vaya a un territorio afro y pueda conseguir en cualquier tienda una muñeca negra, como bien lo canta nuestra maravillosa poeta colombiana, Mary Grueso Romero:

Le pedí a Dios una muñeca

pero no me la mandó;

se la pedí tanto, tanto,

pero de mí no se acordó.

Se la pedí a mi mamá

y me dijo: “pedísela duro a Dios”,

y me jinqué de rodillas

pero a mí no me escuchó.

Se la pedía de mañanita

antes de rayar el sol

para que así tempranito

me oyera primero a yo.

Quería una muñeca

que fuera como yo:

con ojos de chocolate

y la piel como un carbón.

Y cuando le dije a mi taita

lo que estaba pidiendo yo

me dijo que muñeca negra

del cielo no manda Dios;

“buscáte un pedazo’e trapo

y hacé tu muñeca vo”.

Yo muy tristecita

me fui a llorá a un rincón

porque quería una muñeca

que fuera de mi color.

Mi mamá muy angustiada,

de mí se apiadó

y me hizo una muñeca

oscurita como yo.

Libro La muñeca negra. Bogotá: Apidama Ediciones , 2018.

 

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