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Publicado el J. Mauricio Chaves Bustos

Italia, ¡belpaese! Crónica de viaje #6

Fontana di Trevi.
Fontana di Trevi.

 

Tanto Dante como Petrarca se referían a lo que hoy es Italia como el “belpaese” o “Bello País”, clara alusión a uno de los lugares del mundo realmente hermoso; de niños aprendimos fácilmente a reconocerlo en el mapamundi gracias a su forma de bota, Calabria haciendo cabriolas con Sicilia y Cerdeña. Atravesamos los Alpes, esas montañas majestuosas que se extienden por 9 países, ocupando todo el norte de Italia, apreciamos verdes campos que nos recuerdan de una u otra forma el altiplano en el que crecimos, ahí laboriosos campesinos priorizan los riegos y aprovechan las fértiles laderas para sus cultivos, un hermoso espacio donde las vacas y las ovejas son las protagonistas del paisaje. Llegamos a Turín, la ciudad célebre por resguardar el supuesto sudario de Jesucristo, pero más que eso, es una ciudad que conserva cuidadosamente su arquitectura romana y medieval sin dejar de ser moderna; ahí nos recibe Fanny, una excompañera de mi esposa, su hija y su esposo, ambos italianos.

Nos hacen un recorrido por la vieja ciudad, el palacio de Madama, el castillo de Valentino, el Museo Nacional del Risorgimento, desde luego la visita obligada a la Mole Antonelliana, durante siglos considerada la construcción de albañilería más alta de Europa. Siguiendo las márgenes del río Po, llegamos al Parco del Palentino, donde los verdores dan fe del cuidado a la naturaleza que está en la ciudad, las prácticas acuáticas en el rio llaman nuestra atención, además de los bellos edificios que están en sus márgenes, como el de la facultad de arquitectura de la célebre Universidad de Turín, fundada en 1404, una de las más antiguas de Occidente.

Otra vez tomamos camino, pasamos por la ciudad de Colón, Génova, ahí los viejos y nuevos barcos sobre el mar Tirreno nos hablan de la vocación marinera de la ciudad; Pisa y su famosa torre inclinada; Florencia, la ciudad imaginada por los Medici, cuna del renacimiento; y finalmente las siete colinas: la inmortal Roma, definitivamente aquí pareciera que en verdad todos los caminos conducen a ella. Estamos en la estación Roma Tiburtina, la cual mueve 51 millones de pasajeros anualmente, de tal manera que lo que nos recibe es una pequeña babel a la cual nos une el lenguaje universal del cansancio, pero también en el rostro de muchos se nota el deseo de conocer la ciudad medular.

Panteón de Agripa.
Panteón de Agripa.

 

“¿Conque éste es el pueblo de Rómulo y Numa, de los Gracos y los Horacios, de Augusto y de Nerón, de César y de Bruto, de Tiberio y de Trajano? Aquí todas las grandezas han tenido su tipo y todas las miserias su cuna”, así empezó su juramento Bolívar hace 218 años, tenía 22 años y ganas de libertar su patria, quisiéramos unirnos en ese grito, pero nuestra intención es más mundana y nuestros deseos aún más utópicos, de tal manera que avanzamos por la ciudad eterna. Llegamos, casi que sin querer, a la Fontana de Trevi, construcción del siglo XVIII que muestra la fastuosidad de la corte papal, de los arquitectos que buscaban inmortalizarse con sus obras, ahí cientos de personas se congregan para jurarse amor eterno, para refrescarse en medio de un verano voraz o para lanzar las monedas y pedir volver algún día a la ciudad, tres cosas a las que nos sumamos con mi esposa. El agua cristalina , las esculturas de mármol blanco, todo, todo en su conjunto muestra ese deseo de perpetuar la majestuosidad de la ciudad.

Llegamos al Panteón de Agripa, consagrado en el año 126, hay que hacer una larga fila para entrar, se nos acercan muchos vendedores extranjeros, africanos y árabes, ofreciendo a mi esposa una manta para entrar, a lo cual hicimos caso omiso; y precisamente al momento de entrar exigen que las mujeres no expongan sus hombros desnudos, tampoco uso de minifaldas o prendas que muestren más de lo necesario -¿qué será lo necesario?-, ante lo cual recrimino al gendarme que está en la entrada, me dice que es un templo católico dedicado a la Virgen María y que eso exige el protocolo, de tal manera que busco afanosamente al vendedor y luego de regatear -hay que hacerlo en todo Roma- logro un buen precio. La cúpula es lo que nos lleva realmente al lugar, célebre por la manera como fue construida y resistido el paso del tiempo, fue modelo a seguir durante buena parte de la historia humana. Ahí reposan los cuerpos de Víctor Manuel y su esposa Margarita, la misma que le dio nombre a la célebre pizza italiana, así mismo yace ahí el cuerpo de Rafael Sanzio. El óculo deja entrar una corriente de luz al interior que pareciera que todas las deidades romanas se congregaran para seguir perpetuándose en ese venerado lugar.

Trastévere es uno de los barrios más tradicionales, ahí se mantienen las construcciones medievales, entre calles estrechas se esconden buenos restaurantes y lugares para tomar un descanso, además iglesias católicas y templos dominan el lugar, imposible no deleitarnos con la deliciosa pasta, la hay de todas las variedades y para todos los gustos, además los italianos son magníficos anfitriones, alegres, hablando con las manos, saludando a todo el mundo para atraer su atención, imposible estar en Roma y no probar el gelato, delicioso helado que apacigua nuestra sed.

Entre Piazza Venezia y la Colina Capitolina está el Altar de la Patria o Monumento a Víctor Manuel II, el rey que unificó a Italia, y aunque esta es ya una república, llama poderosamente la atención la cantidad de monumentos en honor a sus antiguos monarcas; predomina el mármol blanco, a tal punto que nos enceguece, la bandera tricolor italiana ondea dominando todo el firmamento; una excursión de niños japoneses rompe el silencio y el recato que se exige en el lugar, pese a que sus profesores tratan de mantenerlos unidos y ordenados, la infancia no conoce barreras ni fronteras, ahí las pilatunas resaltan y hacen que todos sonriamos con ellos.

Roma Imperial.
Roma Imperial.

 

Caminando, como es nuestra costumbre, divisamos la Roma antigua, el corazón realmente se acelera y desde la distancia percibimos la grandeza de las antiguas construcciones. El Foro sobre la vía sacra que remata con el hermoso Coliseo Romano o Anfiteatro Flavio, los templos de Cástor y Polux, de Saturno, el arco de Tito, La Regia y muchas otras construcciones que realmente muestran la magnificencia de la ciudad imperial, no hay columna que no llame nuestra atención, no es difícil imaginar que por esa vía cruzaron triunfantes César y Marco Antonio, que como un trofeo fue exhibida Cleopatra, inclusive pareciera que los ecos de gladiadores y fieras aún resuenan por entre el Coliseo. Todo es grande, todo muestra la perspicacia de los ingenieros y arquitectos romanos, la suntuosidad de las viejas mansiones donde se escanciaban vinos y se degustaban manjares de todo el mundo conocido entonces. Las termas de Carcalla muestran viejos mosaicos donde se puede apreciar la cotidianidad de la Roma de entonces, así como el gusto por el baño que era un verdadero acontecer social.

Por la Via della Conciliazione llegamos al Estado Vaticano, teocracia con monarquía absoluta, quiérase o no todo gira alrededor del catolicismo, iglesia tras iglesia, templo tras templo, se divisa imponente la cúpula de la basílica de San Pedro, obra de Miguel Ángel, para entrar ahí hay una inmensa fila, la hacemos mientras contemplamos todos los alrededores donde se levantan imponentes el Obelisco traído por Calígula y la columnata de Bernini, uno de los arquitectos y escultores más famosos en Roma. Al interior de esta basílica se siente no tanto la espiritualidad católica, cuanto sí el poderío que se quiso demostrar frente al resto del mundo, ingresamos por la puerta de Filarete y divisamos la nave central, al fondo, en el presbiterio está la Gloria de Bernini antecedida por el imponente baldaquino de San Pedro y en las hornacinas las estatuas de 39 santos. En la nave de la epístola se encuentra la Piedad de Miguel Ángel, escultura que recoge realmente el dolor de una madre, inmensamente expresiva.

En la girola, que es el corazón de la basílica, llama poderosamente nuestra atención el monumento funerario a Alejandro VII, una de las últimas obras de Bernini, aparecen representadas como mujeres las virtudes: la caridad, la prudencia, la verdad y la justicia, el Papa ubicado sobre ellas, y lo que asombra es que éstas se encuentran sobre un manto de color rosáceo, de cuyos pliegues emerge un esqueleto sosteniendo un reloj de arena en la mano, símbolo de nuestra temporalidad terrenal, una escultura realmente asombrosa.

Monumento a Alejandro VII.
Monumento a Alejandro VII.

 

Después de descender a las grutas vaticanas, donde están enterrados muchos papas, entre otros el propio San Pedro, ascendemos nada más ni nada menos que a la propia cúpula, se puede subir a pie o en ascensor, la diferencia son dos euros, escogemos la segunda ya que el cansancio después de un largo viaje empieza a cobrar la deuda. Es quizá una de las más bellas experiencias de todo el viaje, ya que se tiene la oportunidad de palpar si se quiere los mosaicos y de ver de cerca las esculturas que la componen, pero lo más maravilloso es llegar hasta la linterna, un lugar en donde se puede apreciar Roma a 360º, ver la Plaza, los jardines vaticanos, todo el verdor que rodea la ciudad, color que contrasta bellamente con el color ocre de las ruinas y de los viejos palacetes.

La Sixtina, los museos vaticanos, el Castillo de Sant’Angelo, la Piazza Novana, la Basílica de Santa María la Mayor, la Plaza España, la Piazza del Popolo, todo, todo es absolutamente hermoso y digno de ver, la ciudad es un museo vivo, cada rincón guarda un secreto o una leyenda. Roma al revés es Amor, así con mayúscula, porque aquí termina nuestro viaje antes de regresar a Madrid y de ahí a Bogotá. Roma, la ciudad eterna que se ha quedado grabada en nuestras retinas, Italia el bello país al cual esperamos volver algún día. De allá, de la ciudad mágica quisiera escribir una carta como Meira del Mar:

 

Te escribo, amor, desde la primavera.

Crucé la mar para poder decirte

que, bajo el cielo de la tarde, Roma

tiene otro cielo de golondrinas,

y entre los dos un ángel de oro pasa

danzando.

La cascada de piedra que desciende

por Trinitá dei Monti hasta la plaza,

se detuvo de pronto y ahora suben

azaleas rosadas por su cuerpo.

Los árboles repiten siete veces

la música del viento en las colinas,

y el húmedo llamado de las fuentes

guía mis pasos.

Más bella que en el aire

una rota columna hallé en el césped,

caída en el abrazo de una rosa.

Cuando fluye la luz,

cuando se para

el tiempo,

asomada a los puentes Roma busca

su imagen sobre el Tevere,

y en vez del nombre suyo ve que tiembla

tu nombre, amor, en el rodante espejo.

 

Roma desde la cúpula de San Pedro.

Roma desde la cúpula de San Pedro.

 

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