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Publicado el J. Mauricio Chaves Bustos

Iscuandé: la heroica del Pacífico

Atardecer en el río Iscuandé.

 

Los principales sitios mineros durante la colonia fueron Novita, Citara, Iscuandé y Barbacoas, estas dos últimos en el actual departamento de Nariño. Cuando los españoles bajaron de Panamá explorando lo que sabían era un imperio del Oro, es decir el Inca, encontraron hacia 1530 hermosos poblados indígenas bordeando la costa, sus mujeres eran hermosas y los hombres gallardos y trabajadores, pero eso nada les importaba, cuanto el oro que pendía de sus cuellos, de sus muñecas y de sus tobillos. Cuando abruptamente los interceptaron, éstos les manifestaron que siguiendo la ruta de algunos ríos se llegaba a una ciudad de oro, era la forma inteligente como los alejaban; pese a ello, la belleza natural y la riqueza aurífera de Iscuandé llamó pronto su atención, a tal punto que desde la temprana Colonia existió una rivalidad entre Esmeraldas con Iscuandé, sobre todo por cubrir el territorio que hoy ocupa Tumaco.

Pronto atrajo la atención de piratas y corsarios, por las aguas de nuestro Pacífico nariñense anduvieron Wolmen y hasta el propio Morgan, merodeando para atacar las minas que daban riquezas a los españoles ahí radicados. Entonces, esa hermosa masa marina llena de verdor, era el escenario de guerra entre fragatas españolas, inglesas y francesas.

Llegaron también hombres traídos del África, principalmente de Guinea, para ser esclavizados en sus minas. De tal manera, que a mediados del siglo XVI, Iscuandé era un importante poblado donde se empezaba a gestar la raza cósmica. Mientras los nativos Awá-Iscuandés huían hacia la cordillera, los negros se afincaron en la costa; buscando la libertad, fundaron sus propias repúblicas, salían de Iscuandé con el ánimo de vivir sus propias vidas, de ser dueños de sus almas y de sus cuerpos.

Se convirtió así Iscuandé en el centro poblado más importante del Pacífico nariñense y caucano, a tal punto que cada 20 días se hacía un importante mercado, donde se intercambiaba toda clase de productos con personas llegadas de Guayaquil, Esmeraldas, Barbacoas y Popayán. Para fines del siglo XVIII se creó la nueva provincia de Micay, con cabecera en Iscuandé, con Teniente de Gobernador y Oficial Real a la cabeza.

Cuando se rastrea la historia de este hermoso municipio, se encuentra uno con escenas verdaderamente macondianas, como la de aquel hombre de apellido Portocarrero que “montó” a la mitad del pueblo y a la otra mitad la respetó porque eran hombres. Ahí vivieron y se enriquecieron los ancestros maternos de Jorge Isaacs, quizá algún recuerdo de Iscuandé hay en La María.

La influencia valluna fue y sigue siendo importante, a tal punto que ahí llegaron las tropas confederadas del Valle del Cauca para defender la causa patriota; el 28 de enero de 1812, en las aguas de Iscuandé, se llevó a cabo la primera batalla naval por la independencia de la actual Colombia. Las tropas patriotas, que contaban con algunas canoas y unos viejos cañones, enfrentaron al bergantín San Antonio de Morreño, al cañonero La Justicia, y a la flota española con 200 soldados bajo el mando del español Ramón Pardo, acompañado del gobernador del Cauca Miguel Tacón, llevándolos hacia los esteros de Iscuandé, donde finalmente encallaron y fueron derrotados el 29 de enero. Del recuerdo de esta batalla son estas coplas que aún persisten en las voces de los viejos que recuerdan y transmiten la historia local:

 

Te acordá hermano, te acordá

cuando vino el gran Tacón,

di que a tomarse Iscuandé

con mucha gente y cañón?

 

Si me acuerdo, mano Juan

que aquí Tacón se jodió

porque el río taba bravo,

y el Riviel se lo tragó.

 

Y dale, dale nagunderé…

si fue el Riviel mano Juan

el que a Tacón se comió,

porque tenía que quitarle

las joyas que se robó.

 

Como si lo anterior fuese poco, sus aguas fueron testigos no mudos del periplo que debió enfrentar la corbeta británica La Rosa de los Andes, bajo el mando del inglés  Juan Illingworth Hunt, contratado por el gobierno chileno para atacar embarcaciones y puertos bajo bandera española, en pocas palabras, un mercenario al servicio de la causa patriota. Casi por más de un año recorrió las costas de Perú, Ecuador, Colombia y Panamá; alentado por la victoria de los patriotas en Boyacá, se dedicó a atacar a cuanto barco español cruzara por el Pacífico colombiano, con tantas victorias que quiso inclusive invadir Panamá. Perseguido también por las corbetas españolas, luego de unos combates en Cabo Manglares y frente a la isla Gorgona, se internó por el río Iscuandé para atender a los enfermos y hacer las reparaciones del caso, recibiendo el cariño y el auxilio de los iscuandereños.

La Rosa de los Andes fue reparada y siguió durante unos meses con su periplo con la intención de dañar el tráfico comercial realista, así como crear las condiciones para permitir el avance del ejército patriota hacia Pasto y Quito. Lastimosamente el rio Iscuandé atrapó a esa rosa y no permitió que partiera; sin embargo, su capitán y varios de sus hombres, siguieron prestando sus servicios a la causa independentista, para luego retornar a sus sitios de origen. Iscuandé quedaba entonces en lo que hoy es el puerto Carrizo, pero se internó 7 leguas para protegerse de las represalias de parte y parte, causando ello la pérdida de importancia geográfica que tenía y delegándola al municipio de El Charco.

Hoy, casi a cinco horas de Tumaco, está Santa Bárbara de Iscuandé, pasando por bahías e internándose por esteros y tomando el hermoso río del que toma su nombre, se llega a un hermoso poblado, donde las aguas reflejan a lo lejos las casas y edificaciones que se ubican caprichosamente a lo largo del río. El aire corre diáfano, los olores a encocados y ceviches terminan por encantarnos y nos llevan al parque Principal, donde unas modernas construcciones la rodean, alternando con viejas casas de madera, que con seguridad presenciaron esas glorias navales pasadas.

Los  Consejos  Comunitarios,  como  máxima  autoridad  de  administración  interna dentro de las tierras de las Comunidades Negras, se encuentran organizados en 6 comunidades: Cuenca del Rio Iscuandé, Unicosta, Esfuerzo Pescador, Bajo Chanzará, Alto Sequionda y Copdiconc. El Pueblo Eperara Siapidaraa se encuentra asentado en el cabildo Quebrada Grande – Alto Iscuandé.

Afros e indígenas conviven en ese territorio desde hace siglos. Las costumbres y las sabidurías se respetan y se conservan. Ese territorio tan rico, pareciera que nunca se va a extinguir, aunque es tan frágil y débil como  un niño, por eso duele ver como propios y extraños arrojan todo tipo de basuras a sus aguas, hace falta en todo el territorio inculcar una cátedra de cultura ciudadana, para apropiarse de lo que es de por sí suyo. Pese a la abundancia de aguas en ríos y quebradas, tampoco Santa Bárbara tiene acueducto y menos alcantarillado, las intercomunicaciones son intermitentes y hay que desplazarse por varios lugares del municipio para lograr atrapar la señal.

De las glorias pasadas pocos hablan, porque no se les ha enseñado, muchos son ajenos en sus propios territorios. Pido que me lleven al rio donde se llevó a cabo la primera batalla naval de nuestra Independencia y pocos son los que se emocionan con esa solicitud; con nostalgia señalan algunos lugares donde cruzaron barcas ancestrales, lugares donde han sacado balas de cañón de varios kilos de peso así como anclas, tesoros que están siendo sacados del territorio para ser llevados a Cali y hasta al extranjero.

El tempo católico, aunque moderno, guarda verdaderos tesoros coloniales. Unas imágenes de vírgenes y de santos que parecieran ser de origen quiteño o español; pero lo que verdaderamente llama la atención es el inmenso cuadro de Las Animas, pintado sobre madera y que se le atribuye, nada más ni nada menos, al pintor colombiano más importante de toda la Colonia: Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos. En un estilo barroco que salta a la vista, se distingue la Virgen del Carmen, la Trinidad y algunos santos como Francisco, Ignacio de Loyola, Santa Bárbara y al pie, en llamas, con seguridad más de un feligrés caucano, cuyos descendientes intentaron llevarse el cuadro en el siglo XX, pero éste fue recobrado por los iscuandereños.

Profunda tristeza nos causa el estado en que se encuentra este tesoro colonial, ya que la fe de muchos se mide por el número de velones que se encienden, y uno de estos quemó la parte inferior izquierda. Esto demuestra la desidia con que se maneja el arte en la nación y en el departamento, como no es una obra que narra las gestas realistas de los pastusos, como no está enclavada en una montaña de los Andes, poco importa. No tardará en desaparecer, como han desaparecido los tesoros de la Virgen de Atocha en Barbacoas.

Las mañanas son hermosas en Iscuandé, el sol salé lentamente por el occidente, trae con él la alegría de cientos de aves que cantan y de una naturaleza vespertina que cede su protagonismo a la diurna, hasta los peces saltan felices en las aguas del río Iscuandé. Ahí nos embarcamos en una lancha, subimos unos cuantos kilómetros y cogemos la Quebrada Grande, que nos conduce al resguardo Eperara Siapidaara del mismo nombre. He visto ríos cristalinos, pero ninguno como ésta quebrada que se interna en la selva del Pacífico nariñense, se ve el fondo del agua con piedrecillas de varios colores que le dan un encanto espectacular, los peces de río pasan horondos por nuestra manos que intentan atraparlos, los cangrejos de río nos saludan con sus tenazas y toda clase de aves vuelan bajo, como reclamándonos por interrumpir en su territorio. Ahí nos olvidamos de la minería legal e ilegal, ahí nos olvidamos de la coca y el narcotráfico, ahí nos olvidamos de las disidencias y las Bacrim. Hemos llegado al paraíso.

El lanchero y el probero –quien ubicado en la punta de la lancha ayuda en su guía con un largo palo- hablan en su lengua epérã pedée; ríen cuando alguien sale con alguna ocurrencia y cuando uno de ellos cae sin querer al agua, ahí nos damos cuenta que la risa es definitivamente el lenguaje universal. En el muelle improvisado están los niños esperando nuestra llegada, se lanzan al agua, quizá un motivo de alegría, saben que cuando hay visitas hay fiesta.

Pero nuestra sorpresa es aún mayúscula, el Gobernador del Cabildo me informa que ahí está la Tachi Nawe, sacerdotisa y máxima jefe espiritual, que junto con el Jaipaná son sabios en quienes se deposita su conocimiento mítico ancestral. Cuando entra a la Casa Grande, todos, negros, mestizos y blancos, guardamos silencio y mostramos nuestro respeto. Es una mujer de estatura pequeña, tiene una larga cabellera cana que habla por sí sola de la sabiduría que la acompaña. Saluda a la comunidad en su idioma, sabemos que habla de nosotros por los gestos cordiales que nos dirige. Todos callan, únicamente su voz retruena en ese mundo, su mundo, el físico y el espiritual. Ahí permanece siempre, aún sin estar, la Tachi Nawe ahora forma parte de nuestras creencias espirituales, a veces tan incrédulas.

Luego de unas buenas charlas, de recibir un tapao de pescado, de comer coco, chontaduro y anón, debemos partir para que la noche no se interponga en nuestro camino. Otra vez estamos en la Quebrada Grande, y nuestro asombro crece con el crepúsculo, otras aves y otros animales han salido a vernos como intrusos. Cuando tomamos el río Iscuandé, ya la noche está llegando, entonces todo tiene una calma universal, creo que si pusiéramos oídos atentos a esos momentos, seriamos capaces de escuchar la melodía de los planetas. Un cielo morado cubre nuestro agradecimiento a la vida por permitirnos vivir estas experiencias. Las gaviotas nos acompañan por momentos y uno que otro changó también sigue nuestro sendero por ese río que ahora es de un azul intenso. Todos buscamos el descanso.

Llegamos a nuestro destino provisional, sabemos que hemos recorrido todos los municipios costeros de Nariño. Con esta fuerza y estas ganas de amar y de vivir, nos preparamos para internarnos por los ríos que nos llevarán pronto a la hermosa región del Telembí.

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