Pazifico, cultura y más

Publicado el J. Mauricio Chaves Bustos

Fútbol y construcción de paz en el Pacífico nariñense.

Original cancha San Judas, Tumaco.
Original cancha San Judas, Tumaco (Foto: Alex Bolívar Córdoba).

 

Debo iniciar confesando que nunca me ha gustado el fútbol, ni verlo ni jugarlo; obedece esto a que, como dicen en el argot deportivo, nací con dos piernas izquierdas, lo cual ocasionó desde mi niñez que fuese excluido de las canchas de mi pueblo natal, además, en el colegio era una obligación, lo cual, con mi ánimo siempre rebelde, fue un detonante para que le rehuyera al que muchos consideran el rey de los deportes; inocentemente creía que eran los defensas los que menos papel cumplían ahí, de tal manera que cuando me obligaban, optaba por ocupar ese papel, y cuando el balón venía a la cancha, yo salía corriendo hacia otro lado para ni siquiera verlo cerca de mí; además, en una ocasión fui la burla de todos, ya que me lanzaron un balón para que yo lo cabeceara, ante lo cual salí corriendo para evitar ese pase. Mi padre se encerraba en su habitación a ver los partidos que le llamaban la atención, pero jamás me llevó a mí o a mis hermanos a un estadio para ver un partido, ni mucho menos influyó para que fuésemos hinchas de uno u otro equipo.

De tal manera que es realmente muy poco lo que yo se de este deporte que despierta emociones intestinas y que se juega en casi todos los rincones del planeta, el mismo que mueve parte de la economía global y con el cual muchos, especialmente de los mal llamados países subdesarrollados, sueñan salir de la pobreza, ya que gana mucho más un futbolista que un doctor de la Nasa o un artista consumado. Y no es envidia, sino una realidad fácil de comprobar cuando se ven las cifras que maneja la FIFA, convertida ya en una mafia.

Lo cierto es que, durante mis estancias en el Pacífico nariñense, vi la pasión que despierta este deporte en grandes y chicos, en ricos y pobres; ahí cualquier lugar plano es perfecto para jugar un partido de futbol, generando alegrías cuando se gana y no pocas decepciones cuando se pierde; inclusive, dentro de los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial -PDET- que buscaba reducir la brecha entre el campo y la ciudad en espacios tradicionalmente olvidados del Estado, sus pobladores pedían generalmente la construcción o adecuación de las canchas de futbol.

Otros, quizá más románticos, añoraban las viejas épocas de las grandes glorias del futbol, tumaqueño principalmente, cuando la cancha San Judas era eso, una cancha, antes de que se pavimentara para recibir al papa Juan Pablo II, lugar donde se iniciaron, entre otros, Willington Ortiz, Domingo Tumaco González, Eladio Vásquez, Eladio Mideros, Américo Quiñones, Luis Manuel Quiñones, Carlos Rendon, Carlos Meza, Egidio Hinestroza, Carlos la gambeta Estrada, Leider Preciado, Víctor Ibarbo, Tuto Chaves, Harold Arboleda, Juan Caicedo, Enrique Esterilla, Pablo Armero, entre muchos otros, cuyos nombres son permanentemente evocados en los principales clubes futbolísticos del país y del exterior. Así mismo, las playas de El Morro o de El Bajito, siguen siendo canchas improvisadas donde unos y otros se divierten practicando este deporte.

Y yo con mi indiferencia, cuando no disgusto, por este deporte, debí aguantar que me hablaran de resultados que no me interesaban, de nombres que no memorizaba y de directores que me interesaban aún menos. Pese a ello, y gracias a la amistad que me une con mi pana Manuel Mideros Marquínez, con quien aprendí las costumbres y las tradiciones de este hermoso territorio que ahora considero también mío, y quien me llevaba, casi que obligado, a ver los partidos en la cancha de la Texas o de la Ciudadela adentro, ya que él forma parte del grupo de rodillones -es decir mayores de 40 años – CMF, Club Miércoles de Fútbol-, y no había sábado donde no jugaran uno u otro torneo, terminé cogiéndo cierto gusto a este deporte.

Club MIércoles de Fútbol, CMF.
Club MIércoles de Fútbol, CMF.

 

La invitación inicial, para engancharme como se dice popularmente, fue ir al tercer tiempo, término que yo desconocía por completo, pero que con el tiempo llegué a practicar. Fue realmente ahí en donde aprendí a conocer un poco ese mundo al cual yo mismo me había negado por tantas décadas. Claro, estos partidos son más naturales, no hay la artificiosidad estrambótica robustecida por los narradores deportivos de los grandes medios, pero si existe la estética del deporte que se juega sinceramente, ahí nace el misticismo donde la pasión juega un papel importante. No hay canchas verdes, si no es el polvo, son los charcos un obstáculo más para los contrincantes; las animadoras o porristas son las esposas, hijas o novias de los deportistas; además, la sed entre tiempos no se apaga con agua, sino con una fría cerveza; y para complementar este escenario, la música no puede faltar, a todo volumen, como ahí es tradición escucharla.

Pero lo que despertó mi especial interés fue que durante el partido y fuera de él, los equipos aceptan que ese deporte es un juego y nada más que eso, entonces al final brindan, se comparten las viandas y celebran juntos los triunfos y las derrotas momentáneas. Nunca escuché un insulto, jamás vi una agresión, las equivocaciones son un momento de jolgorio antes que de burla, contrario a lo que pasó en mi colegio cuando evité el cabezazo que me dirigieron, aquí, como es costumbre, todo se convierte en una verdadera fiesta.

Los jugadores del CMF me aceptaron, pese a que nunca jugué con ellos, se reían de mis comentarios y, al final, terminaba con ellos celebrando el futbol como un momento de solaz y de diversión; tuve la fortuna de acompañarlos a un partido en Candelilla La Mar, distante vereda de Tumaco frontera con Ecuador, durante el largo viaje divisamos las esquivas ballenas y nos regodeamos cuando el mar se pica y las olas lo vuelven a uno juguete de ellas; allá vi como afanaban para iniciar el partido, ya que a determinada hora la cancha es reclamada por el mar y sus aguas terminan por cubrirla en su totalidad. Ahí fuimos atendidos como reyes por los anfitriones, con ceviche de concha y buen pescado, atenciones que retornamos cuando el equipo local nos visitó en San Andrés de Tumaco.

Cancha de La Carbonera, Tumaco, al atardecer.
Cancha de La Carbonera, Tumaco, al atardecer.

 

Esa es la hermandad que se construye permanentemente a través del fútbol. Pero lo que más llamó mi atención, sin duda alguna, en el territorio que muchos creen es el más violento del país, es que mientras en las grandes ciudades se asesinan unos con otros por el color de una camiseta, en el Pacífico nariñense esas diferencias son pretexto para hermanarse en las alteridades. En una de las finales del futbol colombiano, donde jugaban América y Nacional, equipos cuyos hinchas han construido opuestos que parecen irreconciliables, en Tumaco, en una tienda de la calle Páez, donde es costumbre ir a ver los partidos y tomar unas cervezas, fui testigo excepcional de cómo la diferencia de camisetas no se constituye en pretexto de exclusiones y de agresiones, sino que ahí los tumaqueños dan muestras de construcción de paz mediante la camaradería que se genera entre unos y otros, entre rojos y verdes; ahí se celebró los goles de uno y otro equipo, inclusive presencié como cuando había goles de un equipo, los otros hinchas celebraban con ellos brindando y compartiendo su alegría.

Es que aquí se vive el fútbol como lo que es, un juego y no un mero espectáculo, el cual les ha permitido a muchos tener horizontes más amplios, no me refiero a los económicos, que son muy importantes para muchas familias que le apuestan a este futuro para sus hijos, sino que ahí se reúnen las familias y los amigos, un lugar de encuentro en medio de todos los problemas que aquejan este mágico lugar de Colombia; aquí, parodiando a Eduardo Galeano, el futbol criollo fue un proceso imparable, como la Salsa, creció en las playas y en las canchas improvisadas; aquí nacía un estilo particular, en Tumaco o en El Charco, en Barbacoas o Iscuandé, como en Brasil, “así nacía el futbol más hermoso del mundo, hecho de quiebres de cintura, ondulaciones de cuerpo y vuelos de piernas que venían de la capoeira, danza guerrera de los esclavos negros, y de los bailongos alegres de los arrabales de las grandes ciudades.

Jovenes futbolistas, El Charco Futbol Club (Foto ECFC).
Jovenes futbolistas, El Charco Futbol Club, (Foto ECFC).

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