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Publicado el J. Mauricio Chaves Bustos

Cunchila, por los caminos de la literatura. ¿Por qué escribo?

Cunchila, municipio de Ospina
Cunchila, municipio de Ospina.

 

Nota: En artículos anteriores hemos visto la intensa relación que existe entre la costa y la sierra nariñense, ancestralmente existe esa simbiosis, de tal manera que es imposible hablar de lo uno sin referirse a lo otro. Hoy, con base en ello, nos tomamos esta licencia y volvemos a la hermosa región sabanera.

Cunchila es una vereda del municipio de Ospina, antes llamado Calcan, ubicado al sur occidente del departamento de Nariño; funciona ahí la Institución Educativa Municipal Cunchila, quienes a partir del año 2017 llevan a cabo un importante acto cultural, académico y social, denominado “Cunchila, por los caminos de la literatura”, apoyado por la Alcaldía Municipal y en concertación con el Ministerio de Cultura. Pero esto no sería posible si no existiera una rectora como Mónica Maribel Sánchez, quien ha implementado una revolución educativa en este pequeño rincón colombiano, ahí los jóvenes se empoderan de su educación, dejando de ser los sujetos pasivos que las leyes educativas quisieran imponer, para convertirse en verdaderos líderes sociales y culturales, empeño que es seguido por todo el cuerpo educativo, entre ellas la profesora Amparo Miño, quien con su generosidad y paciencia ayuda para que este evento sea todo un éxito.

El pasado 20 de junio fuimos invitados a participar de este evento, personalmente siempre se me aviva el alma y el corazón cuando puedo departir lo poco que se de mis experiencias como escritor en mi tierra nutricia, Nariño, en el cual no vivo físicamente hace 30 años, pero también del cual no hay un día, una minuto y ni un segundo el cual no recuerde y añore, por eso digo que sigo estando ahí. En compañía de los escritores Carlos Vallejo y Felipe García de Ecuador; Harold Pardey Becerra de Cali y Mónica Patricia Ossa de Buenaventura; Rita Narváez Goyes, Paulo Rodríguez y Antony Rodríguez de Tuquerres, Albeiro Arciniegas de Pupiales y Ederson Córdoba de Guaitarilla, se llevó a cabo un importante conversatorio y talleres literarios.

Un evento de esta importancia tiene sus costos, implica nuestro desplazamiento y hospedajes, así como todo aquello que la logística requiere; es por ello que agradecemos al señor Alcalde de Ospina, Eduardo Rosero, por apostarle a este importante proyecto educativo y cultural. Pocas veces en estos escenarios, las autoridades locales permanecen para escuchar a los invitados, los más, acompañan en la instalación y salen corriendo a atender otros asuntos, en este caso, quedamos gratamente sorprendidos del acompañamiento de las autoridades de los municipios de la sub-región de la Sabana, gracias a ellos, a sus acompañantes, por permitirnos compartir la palabra sintiente de la literatura, bajo diferentes experiencias y ópticas, tan variadas como lo es el ser humano en sus singularidades.

Pero esos costos, que son una inversión, se revierten en la experiencia mutua entre estudiantes y escritores, hay una retroalimentación que nos permite aprender y desaprender permanentemente, tanto en los diálogos que se dan en las aulas y auditorios, como en los del patio y corrillos del colegio. Gracias a todos los estudiantes por su atención, amor y esfuerzo, gracias por comportarse como jóvenes, sin la pantomima de la adultez y sin la impaciencia propia de la niñez.

A continuación, quiero compartir con Ustedes, mis lectores, las palabras que preparé para este hermoso evento literario, que fue una fiesta de amistad y de camaradería más que nada. Y con el anhelo de volver pronto a los hermosos municipios de nuestro Nariño y de cualquier lugar del orbe.

Soy Mauricio Chaves Bustos, nacido en Ipiales, Nariño, en mayo de 1969, corresponde en los calendarios Ab urbe condita, año 2722; armenio, 1418; chino, 4665; hebrero 5729; persa, 1347; musulmán, 1389; rúnico, 2219 y en el maya 12 baktún, 17 katún, 15 tun, 14 uinal, 3 k´in.

El mismo año en que el hombre llegó a la luna, Led Zeppelín lanzó su primer álbum, un estudiante checo se prende fuego para protestar por la invasión rusa a su país, los Beatles hacen su último concierto en público, Israel elige una mujer como Primera Ministra (Golda Meir), 300 estudiantes de la Universidad de Harvard protestan por la guerra en Vietnam, Elvis Presley vuelve a los escenarios después de una década de ausencia, se lleva a cabo el Festival de Woodstock, el Concorde rompe por primera vez la barrera del sonido, en Estados Unidos se envía por primera vez un mensaje por internet, se emite por primera vez Plaza Sésamo, Pelé marca su gol número mil, se suicida el pensador José María Arguedas en un aula de una universidad peruana, el virus del VIH entra a Estados Unidos proveniente de Haití, el año en que se presentan los disturbios de Stonewall que reivindican los derechos de los homosexuales y el mismo día en que Jorge Barón inicia sus transmisiones por televisión.

Ese mismo año nacieron Marilyn Manson, el dj Tiësto, el Tino Asprilla y muchos cientos de anónimos como yo; falleció el filósofo Karl Jaspers, el ex presidente estadounidense Eisenhower, el escritor y presidente de Venezuela Rómulo Gallegos, el filósofo Theodor Adorno, el guitarrista y cantante de blues Magic Sam. Ese año ganó el Nobel de literatura el escritor Samuel Becket y Mario Puzo publica su célebre novela El Padrino.

Soy hijo de Guillermo Chaves Bustos, ipialeño, líder social, le gustaba hablar, poseedor de una gran inteligencia y fue un gran lector, falleció a los 60 años de edad; de Graciela Bustos Castro, tuquerreña, estudió donde las Carmelitas, fue concejal en Ipiales, dama gris y ahora vive en Bogotá, es el amor hecha persona., tiene 81 años. Tengo 6 hermanos, 11 sobrinos y 4 sobrinonietos. Soy esposo de Claudia González, padre de Laura Daniela y de Nicolás Andrés, y abuelo de Amélie, a quienes amo hasta mis entrañas.

El primer libro que leí en serio fue Simbad el Marino, que forma parte del libro Las mil y una noches, escrito hace más de mil años por los Árabes. Ahí se relata como un Sultán que ha sido engañado por su esposa, ordena que cada noche se le entregue una mujer diferente, para luego ser ejecutada. El visir debe entregar a su hija, Sherezade, quien para huir de esta cruel suerte, el primer día le narra un cuento, sin finalizarlo, prometiendo que lo finalizará al siguiente día; entusiasmado el sultán, vuelve cada noche con ella. Así pasan mil y una noches, al cabo de los cuales tienen ya dos hijos, enamorado de la belleza y de la inteligencia de Sherezade, finalmente le conmuta la pena y la vuelve su esposa.

¿Qué soy y quién soy? Con lo anterior he tratado de definir qué soy y quién soy. No es fácil distinguir el qué del quién, por ello el neurocientífico Rodolfo Llinas atina en decir que el cerebro es el yo, por eso cuando a alguien se le corta la cabeza se lo está descorporalizando, es decir deja de ser. Sin embargo, esta respuesta suena demasiado racional, ¿dónde quedan los sentimientos?, Llinás dirá que son meros actos del cerebro, el ser humano, en la fantasía de las creencias ubica a éstos en el corazón, como una metáfora de que lo que lleva la sangre es lo que sentimos. De tal manera, el qué y el quién, terminan por ser un complemento, somos seres sentipensantes, decía con sabiduría Eduardo Galeano. El qué, por tanto, obedece más a causas externas: homosapiens, hombre, colombiano, nariñense, ipialeño. Pero el quién, está más ligado al sentimiento y al pensamiento: soy lector, escritor, me gusta el azul, navegar por el mar y los ríos, hablar y comer dulces.

Mi profesión de escritor, por tanto, va ligada a mis experiencias y a mi gusto. En casa siempre contamos con una cuantiosa biblioteca, ahí podíamos degustarnos leyendo novelas, cuentos, además de filosofía o tratados sociales. Creo que una biblioteca es fundamental en el hogar, sobre todo cuando los libros son más que adornos para pasar a ser verdaderos universos donde nos sumergimos con nuestra imaginación. No son necesarios mil volúmenes, además, hoy la tecnología permite tener acceso a cualquier texto de cualquier biblioteca del mundo en menos de 5 segundos, así que podemos tener nuestra biblioteca en las manos.

En el colegio nos obligaban a leer, recuerdo que en teníamos una hora de lectura obligada en la biblioteca, el profesor nos entregaba un texto, a su antojo, nos ponía música clásica y nos exigía un silencio de velorio. Debo confesar que muy pocos son los textos o pasajes que recuerdo de esas tortuosas horas que se fueron acumulando a través del bachillerato. Además, esa biblioteca olía a moho, a viejo y a guardado.

Debo confesar que soy un crítico de la pedagogía tradicional, donde lo que se hace desde la escuela es castrar la imaginación y retener el intelecto. En mi colegio, que es confesional, había que rezar e ir a misa; hablar de sexo era un pecado y las clases de comportamiento y salud se parecían más a las clases de biología que a ninguna otra cosa. Ahí la libertad era castigada y quienes nos atrevíamos a pensar diferente, éramos sancionados y tildados de facciosos. Debo a mi hogar, pese a ser tan tradicional, la libertad de pensamiento y de ideas que puedo pregonar sin temor alguno.

La escuela, por tanto, debe ser un lugar donde se estimule el pensamiento libre, donde las ideas se defiendan y se respeten; el maestro, en tal sentido, debe dejar de ser el sabio sabelotodo, para convertirse en un guía por las sendas del respeto a las diferencias, reconociendo las otredades y haciendo todo lo posible para que sean escuchadas y visibilizadas.

Pienso que si mis profesores de literatura nos hubiesen incentivado más hacia la creación y a la opinión, antes que a la mera lectura o al aprender de memoria fechas o nombres innecesarios, hubiésemos sido jóvenes mucho más felices. Si la lectura hubiese sido libre, en un lugar donde nos hubiésemos sentido a gusto, con la posibilidad de conversar sobre lo leído, y no reprimiendo hasta el sonido de nuestra respiración. Eran otras fechas y otros lugares. Hoy la educación que no sea inclusiva e integral, que no valore al ser humano en su esencia de ser en el mundo, como lo pregona Heidegger, entonces no es educación, sino mera instrucción.

La vida me ha dado la oportunidad de ser profesor en muchas oportunidades, inicié dictando clases en la Normal San José, en la ciudad de Medellín, el mismo año en que Pablo Escobar reclutaba adolescentes para asesinar policías o quienes estuviesen en contra de su macabro plan narco, los fines de semana enseñábamos en la Comuna La Cruz, subiendo por Manrique Oriental, entonces aprendí que ser docente entonces era más que un apostolado, se requería tener cojones, tanto para esquivar las balas como para tener que tachar de la lista a aquellos alumnos víctimas de la sociedad del miedo y presas de una guerra que no les era propia; luego en el Colegio de Cristo en Manizales, ahí entendí que para ser profesor de la primera infancia se requiere un ánimo temerario y una paciencia que supere a la del Santo Job, supe entonces que mi vocación no era la de enseñar a los chiquitines.

Posteriormente la vida me puso como profesor en Bogotá, en institutos de garaje y también en importantes universidades. Me di cuenta que mi vocación estaba más relacionada con la educación universitaria, pero aún más, haciendo catarsis de mis experiencias, ahora entiendo que ser profesor implica también salir del aula, enseñar desde la vida, la vocación se ejerce día a día, conversando con la gente, aprendiendo de sus experiencias, la mera teoría por la teoría no existe, ser profesor requiere tener el cable a tierra, y ese no es otro que la realidad, la de la Colombia que se desconoce y que se invisibiliza. Hoy, entiendo y comprendo que la vocación de la docencia traspasa la academia, que el desaprender permanente es necesario para ajustarse a las lógicas que nos son diferentes, que se requiere una apertura, no únicamente de mente, sino de sentidos, de sentimientos, de sentir las otredades y fundirse en ellas, de reconocer las diferencias y crecer con ellas.

Hoy más que nunca, quiero no repetir lo que muchos docentes hicieron conmigo en el colegio, entonces los dichosos maestros no eran más que castradores intelectuales, puedo enumerar muy pocos de aquellos que compartieron su universo de sueños desde el aula de clase, pero en general, su ejercicio preferido era descalificar, humillar, ofender, pisotear en lugar de ayudar; a esos maestros, los he superado, no con el intelecto fallido y pretensioso de presumir de lo que se conoce –los más no hacían sino disfrazar sus carencias desacreditando al dicente-, sino comprendiendo y aceptando que el saber implica construir desde las alteridades, reconociendo las diferencias, fundando en ello los saberes para construir el mundo.

Hoy, gracias a esos malos profesores que tuve, entiendo que la geografía está mucho más allá del atlas, que puede hablarse también de la geografía del cuerpo; que las prácticas religiosas son mucho más que permanecer obligado en un ritual que no te dice nada, hoy entiendo que religare es tener una conexión con los otros y con lo otro también desde las intimidades de los silencios o los gritos de los tumultos, que las diferencias dignifican al hombre en su concreción con lo que pueda existir más allá de nuestro entendimiento, que amar significa también respetar al que no cree en nada.

Hoy entiendo que la literatura es mucho más que el texto que te obligaban a leer en la biblioteca, que no necesariamente Mozart o Vivaldi pueden ser el mejor acompañante para las lecturas, hoy la marimba, el cununo, el guasa y las maracas, acompañan mis literoralidades, que ya don Quijote ha salido del empolvado libro para volverse una realidad y que La Mancha es todo el universo; que lo importante no es como lo pronuncias sino como lo dices y lo sientes, que el mejor idioma es el del amor, que entre amigos y amantes los silencios son más dicientes que cualquier poema en francés o en inglés; que la biología no se aprende pintando bonitos dibujos en un cuaderno, sino recorriendo sin tapujos y sin miedos nuestra corporalidad, que el sexo no es pecado, que no podemos castrarnos ni mental ni físicamente; que la ética, léase bien, que la ética no se enseña, sino que se transmite con el ejemplo, comprendiendo lo bueno y lo malo sin categorizar, sin endilgar, que hay una gama de grises que nos permiten ser en el mundo.

Hoy entiendo que no hay un arte de enseñar si no se parte de la vocación por el saber y el conocer, el primero se adquiere en los textos, en las academias y en las aulas, pero el conocer, el conocer requiere salir al mundo, caminarlo y equivocarse, implica levantarse y seguir el camino, entender que el nuestro es uno más, que hay miles de caminos que nos intercomunican en el arte de la enseñanza, que hay doctores ineptos y analfabetos sabios, y que entre unos y otros se mueve el día a día de nuestro trabajo.

He escrito muchos artículos para diferentes revistas y periódicos de diversos lugares; he escrito más de 15 libros y publicado 3. Puedo decir que efectivamente soy un escritor. ¿Cómo escribo y para qué escribo?

Para poder escribir hace falta leer mucho, como lo he dicho ya. No importa cómo ni cuándo, sino hacerlo con conciencia, dedicado por entero a lo que se está haciendo. Así la lectura se vuelve un hábito y no una obligación. Hoy en día, me parece que al leer puedo tener todo el universo en mi estudio, ahí están mis libros amados y odiados, los que he terminado y releído cinco o seis veces, y aquellos que no he abierto o de los cuales no he pasado de la primera hoja.

De los primeros, puedo decir que Las aventuras del ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, constituye el libro de mi cabecera. Ahí los personajes resumen lo que es la vida misma: el idealismo y el pragmatismo, la utopía y la realidad, el hombre en su conjunto, en pocas palabras, en el más hermoso libro que ha dado la humanidad, gracias a la palabra y pluma de Cervantes, quien padeció todas las burlas de su tiempo, vivió pobre, y fue la cárcel la cuna de este célebre libro, hoy el libro más traducido y el más leído de todos los tiempos. Lo importante de una buena lectura es que pueden salir buenos análisis y es la mejor fuente de inspiración. Gracias al Quijote pude viajar a España, he podido compartir con cientos de personas esta experiencia, he sido escuchado en universidades y auditorios en donde Don Quijote siempre será una referencia. Y así puedo decirlo con Whitman, Kavafis, Aurelio Arturo y mucho otros más.

Además el ejercicio de la escritura debe tomarse como un oficio, así lo decía nuestro Nobel García Márquez: hay que levantarse y salir al estudio como se sale a la oficina, tomar las cosas con seriedad, escribir, borrar, volver a escribir, leer, romper lo escrito, sin temor ni tapujos, tomarse sus pausas y volver a casa con la alegría del deber cumplido. Obviamente los simples mortales debemos ternar el oficio de la escritura y de la lectura con el trabajo que nos brinda el modo de vivir, pero aun así hay que hacerlo con rigurosidad y disciplina, tomando unas horas de todos los días para hacerlo.

Y frente al para qué escribo, bueno la respuesta puede tener varios matices. En primer lugar escribo porque esto me hace feliz. No hay alegría más grande que sentarme frente a mi computadora y empezar a unir palabras y frases, leer algo que me puede servir, volver a escribir, y a punta de ensayo y error, finalmente tener algo listo para publicar. Así me acontece todos los días.

Escribo porque siento que tengo algo que decir a los demás. Lastimosamente hay lugares de Nariño donde escribir y leer es muy difícil. Desde niños muchos deben trabajar, alternar la escuela con los trabajos del campo, ayudar en el hogar para el sustento. Lugares donde tener un computador es un lujo y tener la señal de internet todo un privilegio. Donde la escuela es una casa de madera con piso de barro, y en donde para llegar a la escuela hay que caminar o navegar muchas horas. A veces no hay para la comida, ni para los útiles, ni para nada.

En mi casa aprendí que estas situaciones hay que denunciarlas, darlas a conocer. Como no tengo nada de político, y mucho menos de politiquero, opté entonces por hacerlo desde la palabra escrita. Porque escribir también es un acto de rebeldía, sobre todo en lugares donde pasa todo pero nada se dice, donde se imponen los manda más sobre las necesidades de la mayoría, donde estos son silenciados a punta de amenazas y de balas. Qué mejor ejemplo que el de don Juan Montalvo, un escritor ecuatoriano que vivió exiliado en Ipiales, ahí pasó años añorando su patria, denunciando a un dictador teocrático que silenciaba a quien no estuviera de acuerdo con su régimen de terror. Este dictador fue asesinado, don Juan Montalvo no tuvo nada que ver con el asesinato, pero cuando supo del mismo atinó a decir “Mi pluma lo mató”. Esa es la fuerza de la palabra.

Escribo porque no quiero ser olvidado. Hay quienes durante su vida acumulan riquezas y capitales, por ello se desviven trabajando y hasta dejando de comer para comprar el celular más lujoso, la casa más grande, el auto más ostentoso, los trajes más finos y los relojes más costosos. Ignoran que la propiedad también debe tener una función social. Aparecen entonces los filántropos y los mecenas, aquellos que entienden que el cúmulo de capitales no es nada, sino tiene un destino social que haga felices a los demás, favorecen la construcción de puentes y escuelas, de hospitales y de parques. Estos últimos han trascendido, serán recordados por sus buenas obras.

Yo espero que cuando muera alguien coja uno de mis libros o de mis escritos y me traiga a la vida nuevamente a través de la palabra leída. Esa espero que sea mi trascendencia. Que en todo lo que escribo, haya por lo menos una verdad dicha y una situación denunciada. Un poema que inspire o una palabra que rompa silencios. Que los lugares que evoco y las personas que recuerdo, sean nuevamente recordadas y evocadas de aquí a no sé cuántos años más.

Escribo porque reconozco que este mundo es mucho más de lo que vemos, hay un mundo de fantasía que nos brinda la imaginación; pensemos que antes los griegos creían que el mundo era su polis; que los europeos pensaban que el mundo era plano y que terminaba en Gibraltar; que los occidentales creían que la tierra era el centro del universo y que todo giraba alrededor de él; Ícaro era un sueño en donde volar era castigado; que debajo de la tierra había monstruos que devoraban hombres.

Ya nuestros indígenas sabían que el mundo era redondo y que se movía alrededor del sol; Copérnico y Galileo fueron perseguidos y encarcelados por revelar esta verdad; Colón no hizo sino seguir los mapas de anteriores navegantes para llegar a esta parte de la tierra que desconocían; y en el siglo XIX Julio Verne imaginó al hombre volando y llegando a la luna, antes que los rusos y los gringos lo hicieran realidad. Bien dijo Albert Einstein: todo lo que esté en la imaginación del hombre, puede ser una realidad.

Quiero pertenecer al mundo de esos fantasiosos, ahí no importan ni los premios ni las distinciones, ni si las obras ocupan estantes enteros o están en una sola hoja; quiero ser uno más de esos que sueñan en un mundo mejor. No quiero desconocer la realidad, ahí está latente en lo que a veces escribo, pero es importante siempre ver las diferentes opciones que hay sobre esa realidad; es verdad que la historia la escriben los vencedores, pero cuánta riqueza hay también en lo que cuentan los vencidos.

Quiero seguir escribiendo para descubrir en mi mundo ciudades como Ospina, uno de los pocos fundado por una mujer, María Mués Calcan, más en el siglo XVII, cuando la mujer socialmente no tenía derechos, ni civiles ni políticos. Que hermoso sería recuperar el verdadero nombre del municipio, Calcan, el de una luchadora, con seguridad una madre que buscó más que su propia génesis y que trascendió fundando el municipio donde hoy nos encontramos. Gesta parecida hicieron otras mujeres que, aunque pocas, pasaron a la historia como gestoras de humanidad: Juana Rangel de Cuellar, fundadora de Cúcuta, no encuentro más casos en Colombia; Julia DeForest Tuttle, fundó Miami en Estados Unidos, y pare de contar.

Quiero seguir escribiendo para visitar instituciones educativas como esta, para escuchar a niños y jóvenes como ustedes, para aprender de maestros como los de este colegio, para seguir inspirándome, como lo hago con la tierra y el suelo de Cunchila.

 

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