Pareidolia del Sur

Publicado el Pareidolia del Sur

Un panteón femenino

Por: Maximiliano Marat*

Catalina la grande
Catalina II de Rusia: «La Grande».

Detrás de la Osa Mayor se encuentra un cúmulo de estrellas enanas sin nombre. Frías y distantes son el último rincón de una dimensión cósmica a la que la astrología teme acercarse y un lugar todavía incomprensible para los neuro-científicos. Entre la estela de pálida luz que emite el más chico de los núcleos solares hay una superficie ovalada con imperfecciones a la cual bien podríamos llamarle planeta. Sin embargo no lo es en su totalidad, es un palacio flotante en la quietud del sistema. Una bóveda ataviada de adornos florales en el techo, de habitaciones amplias, frescas, repletas de reliquias y objetos inútiles. Aquí reposan las almas de los seres más extravagantes. No es el cielo, ni el infierno, (hasta el mismísimo Papa sabe que no existen) tampoco el purgatorio, es tan solo una zona de esparcimiento. Después de ciclos eternos de reencarnación, una vez atraviesan el último estado de inconsciencia, las almas de las mujeres reposan allí. Sí, de mujeres, porque después de tanto batallar por un espacio en las decisiones más trascendentales de la creación, Dios dispuso de aquel recodo para ellas.

Se dice que donde antes todos yacían en comunión, muchas almas masculinas se quejaron de la cantaleta de las damas, siempre incomodas con las banalidades a las que el género masculino se entrega. Y ellas, hartas de tanto desorden, decidieron ‘armar rancho aparte’. A Dios le toco buscarles un lugar en la inmensidad del espacio pero ya todo estaba ocupado. Sin embargo, del polvo que sobró de una Supernova, amasó unas bolitas que puso en órbita. Se hizo bien remoto el sitio para que ni Dios, ni los hombres escucharan las quejas que en pocos siglos llegarían a ocupar buena parte del firmamento.

Las mujeres, muy contentas, se instalaron allí ya hace varios miles de años. Muchas almas van desnudas y liberadas como lo añoraban, otras conservan el recato y el pudor. Por eso tantos pabellones y cuartos, así cada una decide donde pasar el resto de la eternidad. En uno de los salones mejores aderezados tiene tuvo nuestra historia.

Las primeras huéspedes del lujoso recinto se destacaron por su afamado nombre y caprichoso apego al poder. Allí eran iguales a las demás, pero ellas insistían en adueñarse del lugar. Por un tiempo quisieron instaurar una dictadura, hasta que uno de los mensajeros de Dios tuvo que intervenir (pues Dios estaba muy ocupado por ese entonces jugando fútbol con los hombres). Este mártir las convenció de lo inconveniente de prolongar esas prácticas en la eternidad y ellas a regañadientes aceptaron bajo la condición de poder disfrutar de los vicios que en vida las hicieron felices. Así, desde entonces, Cleopatra tuvo acceso a toda clase de venenos y como no puede morir, los probó sin remordimiento. Olimpia de Epiro pasaba las horas sentada frente a un espejo de bronce peinando sus dorados bucles, siempre acompañada de un querubín que toca el arpa.

Un grupo de íntimas a las que bien les pudo haber valido la siguiente frase como epitafio La Reina que aquí yace, fue un ángel y un demonio, merecedora de censura y de elogios, al Estado sostuvo y al Estado Derribó, muchos acuerdos hizo y muchos traicionó. Dio luz a reyes y guerras, hizo edificar palacios y destruir ciudades, promulgó buenas leyes y malos edictos, deséale paseante en el infierno y el paraíso, se reunieron a conspirar contra el mismísimo Dios.

La más regordeta, de piel translucida y labios rosados, guardaba en su lecho un aren de hombres a los que poseía cada noche en orden alfabético, dada su buena disposición para las letras y la ciencia. Catalina II de Rusia, la Grande, se enfadaba cuando alguna de sus comadres le reprochaba sus lujurias. La más entregada a tal clase de censura era una mujer alta y de tez pálida, cuya mirada parecía un aguijón implacable de convicción y reverencia. Estricta y puritana, Victoria de Inglaterra tenía el carácter más severo. La convivencia entre estas dos habría sido imposible de no ser por la tercera y última del grupo. Alegre y locuaz, Catalina de Medicis, toda la vida am las artes y el refinamiento de las costumbres, sin embargo no dejó de ser una estadista. Organizó los banquetes más descomunales y populares entre las divas del palacio. Fue ella la que se percató del potencial de las otras dos, a quienes reunía a pesar de las diferencias, inclinándose por igual en las discusiones.
Las heroínas poseían un agudo sentido de la justicia y la belleza, lo que las hacía vulnerables a las delicias de la inmortalidad. Se ha dicho que gracias a ellas los ponientes conmueven el alma de los amantes y en el mundo todavía persiste el l’art pour l’art como la máxima expresión de la libertad. El único que no ha terminado de entenderlas es Dios, víctima y aprendiz de tan singulares señoras.

Alguna vez Victoria les sugirió regalarle al todopoderoso un reloj, un presente provocador. A Catalina de Rusia le pareció una vulgaridad, Sin embargo Medicis observó una astucia en la propuesta y de inmediato interrogó a Victoria por la razón detrás de la ofrenda. En ese instante irrumpió en el salón un querubín desnudo que buscaba sus atuendos olvidados sobre la litera de la rusa.

Las soberanas colocaron en marcha el plan. Convocaron un festín en honor a Dios y Él, muy complacido por tan amable agasajo, asistió acompañado por todo su séquito de arcángeles y santos. Sonaron las trompetas y las almas de todas las mujeres se derrumbaron ante la divina presencia del Señor. Catalina de Medicis elevó las copas en honor al Dios e hizo entrar a uno de sus esbirros que llevaba en las manos un cofre de color perla. Victoria se acercó y abrió la reliquia que contenía un elegante reloj de pulso, ornamentado con esmeraldas y platino, con un fondo de color azul y manecillas doradas. El aturdidor silencio que acaparó la escena se interrumpió cuando el Señor levantó el objeto y lo sujetó a su mano derecha. Todos aplaudieron mientras Él agradecía a las reinas. Durante todo este rato Catalina de Rusia tuvo que hacer un enorme esfuerzo por contener la risa, que de seguro advertiría al Todopoderoso sobre la naturaleza de la broma que le jugaban.

Dios muy feliz se retiró a sus labores diarias: formular leyes inmutables, corregir el rumbo de los asteroides y ayudar a alguna criatura en apuros. Entonces una fea sensación lo comenzó a descomponer. Ya no le alcanzaba el tiempo, sintió afán por estar aquí y allá, en todos lados. No podía darse el lujo de descansar, así que por ese entonces pareció como si los problemas en el cosmos se multiplicaran. No dormía bien y dejó de asistir a los encuentros fútiles con el alma de los hombres que tanto le complacían. Pero el colmo de la situación se dio un día mientras Dios se preparaba el desayuno y sin querer vio su rostro reflejado en el café. Se fijó en la mirada afligida y melancólica que desde el otro lado le recordaba el implacable paso de la eternidad. Añoró su juventud, cuando creaba seres fantásticos, constelaciones luminosas, colisiones de estrellas memorables, la vida en la tierra y toda clase de maravillas que con tan solo un chasquido de sus dedos parecían brotar del infinito. Ahora el universo de expandía a una velocidad vertiginosa, las cosas se estaban saliendo de sus manos. Se imaginó el terrible final de los días, como un todopoderoso senil, incapaz de gobernar el caos que vislumbraba.

Dios ordenó su propio exilio y se internó en el más profundo transe. En tan exquisita meditación sus fuerzas parecieron recobrar la omnipotencia propia de su dignidad. Al fin y al cabo ‘Él es la medida de todas las cosas’, de lo existente y de lo oculto. La verdad se manifiesta en sus pensamientos y la vida es fruto de su aliento, nada escapa, nada le precede, nada lo abarca, pues Dios es dueño de todo, del espacio y del tiempo.

El reloj, no era un obsequio, eran un cepo. Aquellas damas le habían tendido una trampa a Dios. Ellas mismas fueron víctimas del tiempo, de su desalmado paso por la piel y el corazón. Justicieras, le mostraron al todopoderoso la angustia y la desesperación. No hizo falta que Victoria, en los albores de la idea, explicara a las Catalinas su proyecto; cualquier mujer habría sabido de qué se trataba.

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*Colaborador

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