Pareidolia del Sur

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Fracaso y austeridad: sobre el cine a precio de huevo

Por Quim Rabinovich

Avatar

En 2009, la película Avatar se convirtió en la más taquillera de la historia. Su recaudación ascendió los 2.789 millones de dólares, además de valerle nueve nominaciones a los premios Óscar. El derroche de producción, escenografía y efectos especiales (con un costó de 237 millones USD) tuvieron un punto culminante entonces, mientras la prensa cultural se preguntaba si había llegado el momento de perder los estribos artísticos en el cine.

La fuerza del capital se entrometía en medio de la calidad estética, las interpretaciones excelsas y los guiones lúcidos. El contexto parecía fragmentar –aún más– la relación entre los filmes independientes y los de Hollywood. Está claro quién tiene mayor capacidad de inversión y, a su vez, quién tiene mayor ambición en ventas. Los más pesimistas anunciaban que el cine, como fin en sí mismo, estaba a punto de claudicar; lo cual, evidentemente, fue un vaticinio tan disparatado como el fin del mundo al comenzar el siglo XXI.

Lo que tal vez se ignoró en aquella oportunidad fue que The Hurt Locker (que costó 15 millones USD a pesar de ser producida por Summit Entertainment), dirigida por Kathryn Biguelow, se llevó los premios más importantes (mejor película, mejor director) y empató en nominaciones a la onerosa Avatar. La prensa se concentró en que The Hurt Locker apenas salvó la papeleta de su producción, ya que solo logró 49 millones USD en entradas. La cinta (traducida para Colombia como Zona de miedo) se convirtió en la menos vista en ganar un Óscar a mejor filme.

Vender no es lo más importante: una premisa obvia y vital para cualquier incursión en el arte, sea desde la postura creativa o crítica. The Hurt Locker no es solo una muestra de ello, también es una película que perdura en el tiempo. Augusto Monterroso afirmaba que había que escribir para la posteridad, asumiendo que una obra trasciende si es inmune al paso de los años.

En su reestreno de 2012, Avatar fue un estrepitoso fiasco. Y no por los matices que puede tener la palabra fiasco (incluso como tema literario o cinematográfico), sino porque el filme dirigido por James Cameron se estrelló directamente contra sus propias ambiciones. El tiempo, como escribió Monterroso, hizo justicia.

Desde la perspectiva de consumo y de Hollywood, Zona de miedo fue un fracaso debido a la austeridad y a su reducida taquilla; no obstante, invirtiendo la lectura, el término adquiere otro significado; no por los reconocimientos, ni por la recaudación. Fracasar es un destino muy difícil de cultivar y de asumir, donde la humanidad se despoja de sus adornos: allí se puede observar y construir, con lucidez, la riqueza del arte.

Es cierto que las dos cosas pueden ir de la mano: una cinta puede producirse con mucho dinero y a la vez puede ser magistral; de la misma forma que un largometraje independiente y con bajo presupuesto puede ser un bodrio. El punto está en que, cuando los dos elementos van aparte (la alta inversión y la calidad narrativa o cinematográfica), los argumentos y cifras denotan una concepción del cine divergente: la primera lo entiende como parte de una cadena de producción eficaz y eficiente; y la segunda concibe al celuloide como un fin propio, que se otorgue perdurabilidad y legitimidad sin necesidad de resultados o financiaciones exitosas.

Entre los aspirantes a los premios Óscar de este año coincidieron algunas de las películas con menor costo de la actualidad. Whiplash (Damien Chazelle), Boyhood (Richard Linklater) y Birdman (Alejandro González Iñárritu) se hicieron con menos de 20 millones de dólares, y aún así obtuvieron el reconocimiento de la crítica y de los galardones precedentes (Globo de Oro, Sindicato de Actores).

Lo relevante, aclaro –y recuerdo–, tampoco son los premios. Incluso antes de cualquier gala, estos tres filmes persiguen lo necesario para trascender: son óptimos reflejos o distorsiones de la realidad a través del séptimo arte. Lo que venga después del “fracaso” es pura añadidura.

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@Pareidoliasur

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