Mirabilia

Publicado el Camilo Hoyos Gómez

¿Para qué leer?

¿Para qué leer libros, cuadros, esculturas? ¿Qué trae de bueno, más allá de la vacía noción de “ser culto”? ¿En qué nos beneficia como personas y como parte de un colectivo? Imposible no preguntarse esto si se es un profesor no solo de literatura, sino de cualquier rama de las humanidades.

La literatura está en peligro, afirma Todorov en el título de uno de sus libros. La literatura está en peligro, afirma, porque en las escuelas se dejó de enseñar lo que literatura es en sí misma para enseñar todo aquello de lo que se nutre para poder ser. Dicho en otras palabras: luego de leer Ilusiones perdidas de Balzac, las preguntas del profesor bien pueden ser enunciar las características más importantes de la sociedad francesa del Segundo Imperio, la importancia de la imprenta en el desarrollo cultural del París de mitad de siglo XIX, o acerca de la implementación de un mercado del arte a raíz de la industrialización del artista. Es decir, preguntas acerca de esas cosas que Balzac supo leer para crear su propia novela: ésta se construye sobre las características de la época, poniéndolas al servicio de la novela; no al revés, como parecería suceder en las aulas escolares.

Pero no ocurre sólo allí: también en las aulas universitarias. Allí se debe pasar por la comprensión de ramas como la semiótica, la pragmática, la retórica, la poética y la narratología. Esto consiste en la identificación de figuras reconocidas como la anisotopía semántica, el narrador autodiegético y homodiegético, la elipsis, analepsis, y tantas otras que, dicho sea de paso, a mí personalmente me resultaron provechosas en el momento de comprender un libro, o de acercarme a su propia narración. Pero me resultaron provechosas porque no se quedaron en la mera enunciación de su uso, sino que gracias a esta o aquella pude comprender más y mejor a determinado narrador/personaje, gracias a la utilización que el propio autor dio (desconociendo sus nombres, eso es evidente) de estas herramientas para crear su propio mundo de ficción. Pero si bien pertenecen al mundo de la ficción, ese otro que fue el personaje o narrador de la novela es también el otro con quien cualquier lector vive en su plano real: no se queda solamente en ese mundo etéreo de la imaginación, sino que encuentra su lugar en las relaciones sociales.  Todorov:

Si hoy me pregunto por qué amo la literatura, la respuesta que de forma espontánea se me viene a la cabeza es: porque me ayuda a vivir. Ya no le pido, como en la adolescencia, que me evite las heridas que podría sufrir en mis contactos con personas reales. Más que excluir las experiencias vividas, me permite descubrir mundos que se sitúan en continuidad con ellas y entenderlas mejor. Creo que no soy el único que la ve así. La literatura, más densa y más elocuente que la vida cotidiana, pero no radicalmente diferente, amplía nuestro universo, nos invita a imaginar otras maneras de concebirlo y de organizarlo. Todos estamos hechos a partir de lo que nos ofrecen otras personas: al principio nuestros padres, y luego los que nos rodean. La literatura abre hasta el infinito esta posibilidad de interacción con los otros, y por lo tanto nos enriquece infinitamente. Nos ofrece sensaciones insustituibles que hacen que el mundo real tenga más sentido y sea más hermoso. No sólo es un simple divertimento, una distracción reservada a las personas cultas, sino que permite que todos respondamos mejor a nuestra vocación de seres humanos.

Esto no quiere decir que debamos olvidarnos de nuestros semiólogos y profesores de literatura de primaria. Lo que necesitamos es que los profesores aúnan esfuerzos en metas más interesantes y humanistas en el momento de reconocer todas las piezas que de una manera u otra conforman una obra artística. Orientarlo hacia esas palabritas de tan difícil digestión cuando son utilizadas en terreno artístico: la vocación de ser humano.

 

Si parto de la base de la educación humanística es porque no es difícil inquirir que a partir de esta es que la lectura promedio se lleva a cabo. Y si continúo por las ramas de la educación, no podría dejar de lado el mero hecho de que muchos profesores dictan las clases según aquellas que recibieron, y no pueden más que repetir o patinar en las mismas zonas pantanosas de la enseñanza de las humanidades. Y me refiero a las humanidades porque no creo que esto tenga que ver únicamente con la enseñanza de la literatura. De hecho, no soy el único que cree que las divisiones académicas entre sus distintas ramas (me refiero a las vertientes con carácter creativo, como la literatura, el arte y la música) deberían abolirse para así convencerse de que jamás se conocerá la literatura únicamente a partir de la literatura, o el arte a partir del arte, o la música a partir de la música. Pero este es un tema que nos lleva por otros derroteros, y me alejarían del tema al que quiero apuntar: valdría la pena preguntarse qué tanto considera el lector promedio que su acción de lectura a consciencia le ayuda a desarrollar su vocación de ser humano. Esto porque le permite, como ninguna otra actividad le permitirá, conocer al otro por dentro: al distante, al extraño, al marginado (que, en términos artísticos, puede ser cualquiera bajo el peso de cualquier situación).

Pero veamos cómo funciona. En su siempre recomendado ensayo “Conocer al otro por dentro o el deseo de ser Gisella” de David Grossman, el autor israelí señala que para él la escritura es demoler las murallas que nos separan del otro, de su magma oscuro, de su interioridad caótica: de los distintos pulsos de esa soledad que el otro, al igual que yo, tiene que resistir día a día.   Para Grossman, la escritura otorga “La voluntad de exponerme sin defensa alguna —como hombre, no como escritor— ante el otro, ante su interioridad más elemental, no alterada, primigenia.” El punto está allí: leo para conocer a los demás; pero como principio rector de una clase de literatura, o por lo menos de una charla sobre literatura, no sale de cierto campo especulativo: y como bien es sabido, los escépticos huyen de las especulaciones, porque en ellas se representan todos sus temores.

Pero hay que detenerse en ello: esa exposición sin defensa en la que se encuentra Grossman al escribir es idéntica a la del lector que lee en libertad. A solas leyendo nos encontramos con esos personajes creados que aunque formen parte del mundo de la ficción, nos resulta imposible no imaginarlos allá fuera, caminando el mundo real pero llevando nombres distintos, rasgos diferentes y nacionalidades indefinidas. Y allí es precisamente cuando salta nuestra vocación de ser humano: se activan las “neuronas espejo” del neocórtex, y nace en nosotros la sensación de empatía frente a ese otro que desconocemos (como desconocemos al que nos encontraremos en la parada de bus). A través de unos artilugios de escritura llevados a cabo por el escritor, leemos convencidos de que nada hay entre ese narrador y nosotros: no existe ningún tipo de intermediación, podemos creerle y confiarle nuestros miedos, compartir sus desilusiones, sufrir ante las decisiones que tendrá que tomar sin saber a ciencia cierta si podrá regresar. Jorge Volpi, trayendo a colación los estudios sobre la empatía de Giacomo Rizzolatti (que fue quien dio con las “células espejo”), lanza la tarea indispensable de la ficción: “no sólo nos ayuda a predecir nuestras reacciones en situaciones hipotéticas, sino que nos obliga a representarlas en nuestra mente —a repetirlas y reconstruirlas— y, a partir de allí, a entrever qué sentiríamos si las experimentáramos de verdad. Una vez hecho esto, no tardamos en reconocernos en los demás, porque en alguna medida en ese momento ya somos  los demás.” Sólo las narraciones nos permiten entrar de manera tan inmediata en las conciencias ajenas y, una vez allí dentro, dejar de ver al otro como un extraño al comprenderse el lector a partir de lo que ese otro está sintiendo (que, sorpresivamente, deja de ser distante).

Bueno, ¿y? ¿Qué hay con esto? Por lo general las clases de humanidades se concentran en los elementos intrínsecos a la obra, pero no dejan mucho espacio para la propia reflexión de los alumnos (o digamos ya lectores) respecto a eso que acaban de experimentar. Porque a fin de cuentas esos alumnos/lectores tienen que salir a coger un bus, a montarse en un taxi, a hablar con su novio/a, con sus padres, con quien sea, y tendrán que ser capaces en algún momento de reducir aquello que parecía estar en las alturas (siempre se nos ha dicho erróneamente que el arte está allá arriba) a su propia vida, a su propia manera de entender el mundo. Martha Nussbaum, en su Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, señala que los constantes cortes sobre los departamentos de humanidades son en realidad una latente y más vehemente amenaza que los índices que predijeron la crisis económica de los Estados Unidos. Porque si eliminamos las humanidades, dice, estamos eliminando el aprendizaje a la sociedad, a nuestra propia interioridad, a lo que nos define como humanos y en algún lugar (digo yo) tienen que encontrar un ejemplo para poder vivir sus vidas. Las humanidades, dice ella, fortalecen “la capacidad de desarrollar un pensamiento crítico; la capacidad de trascender las lealtades nacionales y de afrontar los problemas internacionales como ‘ciudadanos del mundo’; y por último, la capacidad de imaginar con compasión las dificultades del prójimo”.

Visto así, la lectura en el sillón verde, de espaldas a la puerta que podría molestar como una irritante posibilidad de intrusiones, es mucho más que un estado de divertimento y enajenación: es también un aprendizaje para apretar las tuercas que sostienen los engranajes de la vida en sociedad, de la vida en democracia.

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