Meditaciones Absurdas

Publicado el Iván Eduardo Montoya

Desacralizando a Julio Cortázar

Cuando somos jóvenes se nos dificulta diferenciar la delgada línea que  separa el idealismo del realismo. Cuando somos jóvenes nos deslumbramos con facilidad ante la pluma embrujadora de un escritor, la narrativa perversa de algún director de cine, o la argumentación culebrera de ideologías que tienen la sutil particularidad de darle respuesta a todo. Esa fue y seguirá siendo la magia de Julio Cortázar.

Con su prosa cuasi-mística ha logrado que generaciones de adolescentes hayan doblegado su resistencia ante la lectura. Debo confesar que en mis tiempos de adolescencia también fui sometido.

En aquellos tiempos en que la eclosión hormonal nos enturbiaba la mirada, nos saturábamos de pereza, y el romanticismo inundaba nuestros sueños porque creíamos con firme ingenuidad en que todas la revoluciones nacían silvestres debajo de los árboles, el universo cortazariano emergió con las innumerables posibilidades que me ofrecía como lector.

Sobre todo, me dio la posibilidad de invertir el orden de la cotidianidad, inventarme paranoias, imaginarme una salvación amorosa (porque cuando se es adolescente aún se tiene la inocencia de creer que el amor existe) o con la posibilidad de armar fractales ficcionales.

Después vinieron relatos diversos y, con ellos, la eterna posibilidad adolescente de creer que podíamos abstraernos de la pesada realidad para buscar refugio en la levedad de las quimeras juveniles. Todos, alguna vez, hemos querido salir corriendo y evadir las responsabilidades de la cotidianidad, sortear el tiempo de los relojes y sumergirnos en una canción de Louis Armstrong, para soñar que somos cronopios y burlarnos con sorna de las acartonadas famas que no saben divertirse en un mundo consumido por la repetición y la uniformidad.

Todos alguna vez fuimos ese adolescente atormentado que no soporta las rutinas, que tiene la ciega creencia en que el comunismo es posible, y que los muertos de las antípodas del universo son también nuestra responsabilidad. Sin embargo, alguna vez, el mismo Cortázar dijo que no es que la realidad terminara en la ficción, sino que era la misma ficción la que terminaba en la realidad; y, por eso, nos comimos el cuento de que podíamos encontrar a la maga en una cigarrería del centro, que Solentiname era posible, que el París de Rayuela existe en el Parque Berrío de Medellín, la calle Sexta de Cali o el barrio La Candelaria de Bogotá.

Pero obviamos la otra posibilidad de ver, y creer en el espectro de la Casa tomada, Las babas del diablo que se convierten en los cabellos de la virgen, el aquí y el allá de Horacio y la Maga; la apendicitis de la Señorita Cora; el infinito trancón de la autopista al Sur; todos, son, de alguna manera, la amarga realidad que nos rodea.

Siempre va a predominar la tendencia a privilegiar el sueño sobre lo real, porque siempre es preferible el dulce compromiso de disfrazar los dolores y, por un humano sentimiento de culpa, vendernos la mentira de estar haciendo algo para hacer la realidad más soportable. Tal vez por eso nos vendemos paraísos artificiales y consumimos ficciones.

Sin embargo, a todos también nos llega el momento en que vemos caer con impotencia a nuestros héroes. El mundo de la adultez invade el paraíso perdido de la infancia y nuestras utopías son desleídas por la incredulidad que trae la madurez.

Existe un dicho popular que reza: “…a los treinta años nos convertimos en todo lo que combatíamos en la adolescencia”. Y parcialmente la sabiduría callejera parece tener razón en que  si en la adolescencia éramos utópicos y socialistas; descreíamos del matrimonio,  odiábamos ir a misa y nos gustaba Cortázar; con el tiempo vamos recobrando la sensatez. Alguna de esas creencias desaparecen – en especial la de creer que el socialismo es posible – otras se matizan con el tiempo.

Con Cortázar ha ido ocurriendo lo mismo. Antes lo idolatraba, después fui descubriendo sus artimañas gramaticales y trucos narrativos, posteriormente me fue pareciendo un mamerto, en especial, el Cortázar socialista. Porque el socialismo de Cortázar es meloso, romántico y crédulo. No sé cómo pudo haber calado en las personas de que el socialismo es amor. La realidad nos ha demostrado que eso sólo fue un contorsionismo retórico para justificar una lucha política por un continente cuyos problemas radican en los mismos problemas que evitaron el triunfo mundial del socialismo.

No sé cómo se pudo haber mezclado el puro discurso ideológico con el discurso literario, sin darnos cuenta de que muchos de los relatos del universo cortazariano están plagados de principios panfletarios. Tal vez ese fue su genio. Disfrazar la ideología en las posibilidades infinitas de la ficción literaria.

Se cumplieron en 2014, un siglo del natalicio de Julio Florencio Denis Cortázar, y así como  Lisa Simpson lo descubre con Jeremías Springfield, parece que las personas necesitan de los mitos. Cortázar es uno de ellos, pero como buen mito debemos desacralizarlo. Prefiero quedarme con el Cortázar evasivo que con el comprometido.

Prefiero el Cortázar que se siente cómodo en la dualidad y no el intelectual comprometido con una revolución.  Y así como ocurre con Marx, me quedo con el mismo Marx y no con los marxistas. Me quedo con Cortázar, pero no con el mamertismo cortazariano.

 

 

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