Meditaciones Absurdas

Publicado el Iván Eduardo Montoya

David Gilmour, el Vesubio y el encuentro con la trascendencia

(Para una mejor comprensión, reproduzca Shine on you crazy diamond mientras lee el artículo)

Gilmour, Waters, Mason y Whright deciden reinventar los formatos de los conciertos, los videos musicales y, en general, llevar la experiencia musical a los límites inimaginables de la embriaguez estética. Es así como se gesta uno de los conciertos más originales de la historia del Rock, por haber sido grabado sin público, durante un verano en la provincia de Nápoles y en medio de las ruinas de un anfiteatro de gladiadores que sobrevivió a la embestida de lava que el Vesubio vertió sobre la ciudad de Pompeya.

Es el año 1971 y Pink Floyd acaba de lanzar al mercado su álbum Meedle en el cual, a raíz de sus vacíos creativos deciden probar nuevas vías de composición y grabación. Es en este mismo año en el cual Gilmour lleva a los ensayos de la banda a la mascota de un amigo pues la estaba cuidando y no tenía otra opción que llevarla a participar de las largas noches llenas de compases frustrados o notas que no lograban encajar en los entramados rítmicos.

En medio de los sonidos, observaron que el perro se inquietaba, movía la cola y buscaba acoplarse a las armonías. Al ver que el interés musical del can era tan persistente, le acercan un micrófono al hocico y graban los ladridos al tiempo que tocan los bocetos de lo que después se convertiría en una de las escenas más hilarantes de la historia del Rock. En el Live at Pompeii  (1971) Ya no estaba Seamus, el perro de la primera grabación, pero invitaron a Madmoiselle Nobs, una canina que saltó a la fama debido a que fue la voz principal del blues que Gilmour interpreta con una armónica mientras Waters pulsa el bajo y Whright sostiene el micrófono.

Cuarenta cinco años después, David Gilmour retorna a Pompeya a recoger los pasos de esa nostalgia que se quedó enredada en las ruinas de aquella ciudad convertida en un templo arqueológico. Esta vez  ya no está Waters porque está dedicado a sus giras personales, Mason está cuidando su colección de carros lujosos, y Gilmour sigue con sus dos viejas guitarras Fender Stratocaster cuidando y reviviendo a sus viejos amigos. Pompeya es un homenaje al bueno de Richard Wright, y de hecho Gilmour lo reconoce en una entrevista publicada en la Revista Rollingstone.

Esa misma idea de la trascendencia de Gilmour fue la que me invadió el día que asistí al estreno mundial del concierto David Gilmour: Live In Pompeii (2017) el día miércoles 13 de septiembre en una de las salas de cine de la ciudad. Mientras avanzaban las canciones de los ya clásicos álbumes como el Dark Side of the Moon, The Wall, On an Island o algunos temas de su repertorio de solista, un amigo definió a David Gilmour, no con una definición sino con un aforismo: “Gilmour no es un guitarrista. Es un paisajista como los del impresionismo del siglo XIX”.

Creo que fue en medio de un corto plano secuencia en el cual se abre la toma y aparece en medio de la noche una panorámica del Anfiteatro rodeado de bengalas que armaban un carnaval de luces, y al fondo, se proyectaba, imponente, una silueta del Vesubio. En ese momento pensé en el año 1985 cuando Armero desapareció del mapa y dejó la planicie en total silencio, de la misma forma en que el Volcán que custodia a Pompeya la dejó convertida en un dinosaurio de mármol que se abre al sol para que los turistas tomen fotografías. Y fue esa misma sensación de silencio la que subió por las venas una vez el proyector de la sala se oscureció y se encendieron las luces del teatro bogotano para despedirnos y lanzarnos de nuevo al ruido de la ciudad.

Ese día dormí, sin dejar de pensar en que es el segundo concierto que se hace en ese lugar después de casi dos mil años, y que en ese mismo lugar hay modelos de yeso con las figuras de las personas que no lograron escapar, dejando ver en sus rostros la expresión desfigurada del último minuto de vida. Murieron calcinados con la botella de veneno en sus manos y las pertenencias más valiosas. Así de estáticos tuvieron que haber quedado los espectadores que asistieron ese día a esos dos días del 7 y 8 de julio de este año. Ese día dormí, pensando en el silencio posterior a la avalancha del Vesubio, del Nevado del Ruíz, y del final del concierto. Así volví al sueño, sintiéndome como un feliz y afortunado damnificado por el aluvión estético de este concierto. El concierto se acaba y las ruinas del instante de dos horas, quedan petrificadas, para siempre, en la memoria.

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