Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

Pigmalión

 

estatua

 

Carolina Rodríguez Mayo

 

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 Muchas veces las manos a su obra allega, tanteando ellas si sea

cuerpo o aquello marfil, y todavía que marfil es no confiesa.

Ovidio

 

Aquel hombre no parecía real. Estaba tan quieto, y eran tan perfecto que más parecía una estatua. No podía dejar de mirarlo. Quería ver su pecho moverse al compás de una respiración tranquila, comprobar que parpadeaba, saber su nombre, su edad, lo quería mío. Estaba tan quieto, y era tan hermoso que me hacía sentir dolor y fatiga.

Sentado, ahí, en medio del parque, cabizbajo; ese hombre parecía ser de mármol. De repente, dejó de observar sus propios pies y subió lentamente la mirada. No podía ver el color de sus ojos, mi posición no me dejaba más que recrear un perfil perfecto.

Pero, si bien su mirada se escapaba de mi riguroso estudio, algo me decía que aquél hombre estaba triste. ¿Es acaso posible que las estatuas sientan dolor?

Hermosa estatua. Firme y poderoso. Ese misterioso hombre de traje azul oscuro, camisa blanca sin corbata, zapatos negros lustrosos, ese hombre no podía ser real. ¿Respira? Me preguntaba preocupada. Tal vez no sea una estatua, tal vez sea una visión mía.

De repente, pasó lo imposible. Giró un poco su cabeza y me vio.

En medio del parque, cabeza alta, mirada fija en él, creo que también yo parecía una estatua, pero no de mármol ¡Una mujer como yo no puede compararse con Afrodita! Una estatua de esas acartonadas, de esas estatuas grises sin gracia que representan políticos que ya nadie recuerda. ¡Qué cuadro pintoresco! Dos estatuas que se miran y no se entienden.

El hombre-estatua se levantó, caminó y salió del parque. Por un instante me miró y me dedicó media sonrisa. -¡Vaya!- pensé ¡Las estatuas caminan!

 

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