Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

Mariposas y lunares negros

Por: Adriana Patricia Giraldo Duarte

El frío del suelo era más intenso del que podía soportar. No se nutría de pasos. Se plagaba de los dolores de la guerra, de la energía de los cuerpos enterrados muchos años en una fosa, esperando a que las balas se acabaran, para regresar al fin a cerrar las lágrimas de sus seres queridos.

El espíritu de los muertos rondaba el día, para dejarme un frío tácito que, al menos en la noche y en mi cuerpo, se transformaba en lunares negros, en morados que pintaron repentinamente la blancura de mi piel.

Imaginaba, en mi sano optimismo, que desde el instante en el que me capturaron, los días iban a ser más esperanzadores. Pero la vida corría, en favor de unos, en contra de otros, para decirme que esas marcas podían a ser temporales o definitivas. La vida se precipitaba con la velocidad de las despedidas, del desasosiego, sin darme mucho tiempo de procesar esa idea tan abrumadora de que en este país puedes pagar cárcel sin que seas culpable de lo que se te acusa.

Nada invita a pensar que ese episodio en el que te encasillan, pasará. Colombia tiene sistemas atroces que te hacen dudar de ti mismo, que se encarnizan con destruir la esperanza y lo consiguen. Me habían llevado desde la ciudad en la que he vivido toda mi vida, donde he cuidado mis hijos, madrugado a trabajar, atendido mis asuntos, para dejarme a merced de esas fuerzas inexplicables que te minan los deseos del corazón.

Nunca imaginé tener que vivir esta experiencia. De niña me enseñaron que hay que ser prudente, metódica, amable, bien portada. Y de repente, haber estado en algún lugar, podía condenarme a entregar la libertad, por las interpretaciones de quienes persiguen quien sabe qué honores.

Jamás imaginé pasar la noche en un calabozo, cerrar los ojos sin el amor de los míos y despertar con nulas motivaciones sonoras, visuales, mentales. Ahora entiendo los miedos nocturnos de las víctimas, la desazón que madruga a provocarte para que desfallezcas, las necesidades de miles que sobreviven al sistema, sin un peso, sin una mano amiga, sin una esperanza, sin una gota de aprendizaje en la cabeza.

Empecé a enfrentarme a mis propias despedidas, tirada en una delgada colchoneta de colores, que fue mi mejor premio durante 6 días que parecieron la ruta del tiempo perdido. Antes, había vivido episodios al límite, creyendo entender el común mensaje de que la vida es el hoy, por lo que no hay que desperdiciar tiempo, y de que vale la pena ufanarse de principios y conceptos que sólo vienes a entender con las privaciones.

Y tuve que hacerlo durmiendo en el mismo piso donde horas antes se cumplían las ceremonias de entrega de restos óseos por parte de la Fiscalía. Imaginaba que sobre las cajitas de madera revoloteaban las mariposas negras, y que en la noche volvían por sus almas encarnadas, y que a la par se llevaban la irracionalidad, la superstición, y abrían sus alas a la vida como refugio.

Todo hay que decirlo, era también un lugar de privilegio. Los calabozos son fríos, oscuros, con marcas del tiempo ocioso de quienes un día estuvieron nerviosos, esperando la sentencia. Yo tenía la oportunidad de ir al baño, dar pasos más largos y encerrarme con otros capturados, igualmente abrumados, para levantarnos muy temprano y afrontar el día, sin más estímulo que la espera de una justa respuesta.

El mundo cambió de repente para mí, que creí haber aprovechado el tiempo del amor y alejarme de las horas y los gustos de los egoístas.

Y mientras yo atendía mis diligencias, confundida y aterrorizada, en el día organizaban unas cajas marcadas con los nombres de las familias que recibirían al fin, pedazos de sus muertos, después de muchas horas de despedida.

Estaba habitando un nuevo espacio, de lesiones transitorias, de sufrimientos emocionales, pérdidas y menoscabo de mis derechos. Nunca podré comparar mis emociones a las de esas madres, aunque ahora que lo analizo de lejos, derramando unas cuantas lágrimas a altas horas de la noche calmada con el abrazo sincero de la bondad, pienso que en medio de todo ser solidaria con ese dolor me mantuvo en pie.

Cada que quise anticiparme a mi sentencia, me imaginé a la madre que contuvo sus lágrimas por años. Antes de dormir oraba por ellas. Yo estaba en el suelo, pero viva, ellas no tenían asomo de esperanza.

Reciclé las hojas en las que aparecían los nombres de sus familiares, porque no podía conseguir más papel para hacer mis propias anotaciones. Una libreta y un lapicero me salvaron del miedo de las horas que vendrían.

Debía ser esa energía de los muertos, de los restos de la guerra que se entregan en una caja de dolor, la que me impedía llorar por lo que estaba viviendo. No podía equiparar mis frustraciones a los sentimientos de esas familias que recibieron a sus hijos, tantos años después, sin ninguna posibilidad de futuro.

Así pasé la primera noche, en el rincón de un auditorio que entregó trozos de muertos en el día. En la noche, corrían las mesas, barrían y nos abrían espacio para dormir. Sobre el mismo mesón en el que entregaron pedazos de cuerpos vencidos por el tiempo, comía el desayuno que me daba energía para enfrentar la justicia.

La energía del dolor se apoderó de mis pensamientos e hizo que aparecieran las primeras señales de los lunares negros. Soy tan blanca como las aguas del río en las que se bañan los niños de las veredas, y esos morados señalaban quizá, la idea de fragilidad que nos vendieron a las mujeres. El futuro era quizá, tan negro, como las alas de esa mariposa.

Primero fueron del tamaño de la punta de un alfiler, de color rojo. Luego, modificaron su tonalidad, como queriendo expresar un poco de frustración, y se tornaron de otro color, cada vez que fue cambiando la situación.

El cansancio siempre era extremo. Mi madre hubiera estado feliz de ver que mi petición, a diferencia de las que hacían los demás, era una pasta de acetaminofén para soportar el frío que iba alimentando los morados en la piel.

Levantarse sin aliento, sin noticias, sin música, sin familia, era una anticipación a la taquicardia. Días después, llegar a casa fue el único antídoto para despedirse de los lunares negros que me dejaron horas de encierro, en contra de lo que soy. Días después, vi en sueños que la mariposa dejó de ser negra y se adentró en el universo del color.

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