Lloronas de abril

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La gratitud de tu ausencia

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Por: Adriana Patricia Giraldo Duarte*

Estabas ahí, lo sé.  Olvidaste que en esta relación era imposible mentir.

Te percibo a distancia, a pesar de la nostalgia que me deja tu ausencia.

Me mirabas desde la esquina, caminar con las flores amarillas que compro cada semana para recordar que también existe la gratitud.

Contra el viento, hiciste lo que estuvo al alcance de tus caprichos.  Tenías la certeza de que yo era incapaz de cuestionarte.

Llegaste como un regalo inadvertido, sin explicaciones sobre las primeras razones que nos conectaron para calmar esa soledad, y luego desbordaste con un mensaje de amor estos espacios que ahora se quedan sin ti.

Y tras tus persecuciones, vino la gratitud. Me elegiste en una noche de lluvia con olor a aceite, te llevaste poco a poco los miedos y luego, en una de esas pérdidas temporales, personificaste el amor que hoy duerme conmigo.

Fuiste mi espejo, fuiste el testigo silencioso de cada acierto y de cada decisión errada.   Vivías en ese lado donde se recogen las lágrimas, y aceptabas mi cuerpo de imperfecciones, y esquivabas las falsas palabras que se alejaban de vivir bien el tiempo que nos regalaron para estar juntos.

Y me preparaste para abandonar la idea de soledad que se apoderaba de mí y me volvía pesimista.  Y me recibiste combativa, serena, protocolaria, incapaz de traicionar a los míos, y claro está, mesurada.

Un tiempo, me viste convertirme en la hipócrita capaz de acomodar las certezas, pero me recibiste al final de esa línea, para recordarme que vale pena sostener la capacidad de asombro, la aspiración por días mejores, la conciencia salvaje sobre los días felices, defendiendo la voluntad humana, que pesa más que esta nostalgia por tu partida.

Me miras, de lejos, de la esquina en la que ya no puedes recibirme las rosas, y acompañarme a terminar el día.

Y yo sigo la ruta, un poco más rápido, con una sonrisa graciosa de esas que identifican los payasos.  Porque solo los dos sabemos que entre nosotros remarcamos la vida, con tonos profundos, porque vivimos para sentirnos menos opacos, cada vez más fulgente, sin nada de temores y con la mirada en alto, con visos de ese tono amable de las rosas.

No te afanes.  Mírame así, como el pasado.

Que voy en la otra acera, pero con ellos.

*Para Bruno, nuestro cómplice eterno!

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