Hay objetos que no saben que ya no hacemos parte de los lugares en los que fuimos felices.
Por ejemplo, las medallas ganadas en las primeras batallas contra el agua, las cartas de amor escondidas para que no las leyera la madre, las credenciales que confirmaron nuestras primeras decisiones, las señales narradas en voz alta cuando jugamos escondite, o las visitas a los lugares que jamás fueron peligrosos para los niños.
Hay espacios que dejamos de habitar cuando el curso de la vida separa nuestros recuerdos.
Hay momentos en los que una voz que ya no hace parte de nosotros, regresa para recordar el pasado, entregar una novedad, reiterar la necesidad de remar hacia el extremo que creemos más conveniente.
Hay voces ocultas y sencillas que nos invitan a ser por un momento, fantasmas cubiertos de polvo, seres más compasivos y misericordiosos, personas capaces de entender a los resistentes, de seguir combatiendo a quienes se quedan con las manos cruzadas y a los que se consumen en sus delirios al bajarse del ascensor.
Ya hay menos objetos. Somos otros. Más selectivos, menos tolerantes con la ignorancia, más aferrados a las motivaciones reales; humanos menos severos con nuestra propia sombra, corazones más alejados de la prepotencia.
Yo me quedo con un encuentro y una despedida, con el gesto privado de bordear cicatrices que un día dolieron, con la voz del niño que me dijo que recorrería conmigo el mundo.
No quiero riesgos que me inviten a la otra orilla. Quiero disfrutar el punto neutro que me abre los ojos en el espejo del tiempo, la burbuja que me protege de los insolentes; quiero seguir el latido, el ardor que todavía me dice: hay que desobedecer.
Adriana Patricia Giraldo Duarte
Las lloronas hablamos de todo lo que nos ocurre en la carrera de la vida: pasiones, amores, aprendizajes, sueños, dolores, esperanzas. Por eso este blog es un espacio para que rayes todo lo que escribes a solas. Se trata de descifrar ese femenino inagotable, sin culpas, sin adelantos, ni pretensiones diferentes a las de hallar el verdadero lugar de nuestro yo, a través de la escritura.
Es un ejercicio compartido que nos permite transformar la rabia en creatividad y la impaciencia en expresión, sin que tengamos que consolarnos o crear disculpas letales.
Envíame tu texto a
[email protected] para verlo publicado en Lloronas de Abril. Es hora de pensar en lo vistoso y sanador que pueden ser nuestros días, si dejamos atrás el falso consuelo que no nos pertenece. Revivamos este impulso. Hablemos como necesitamos hacerlo. Espero tu texto.