Otro café entre sus manos. Ahueca las manos alrededor de la taza para sentir la cálida tibieza de su aroma mañanero.

Carlos Fernando Gutiérrez Trujillo

La mañana huele a hierba mojada. Desde el fondo de la cocina llega el aroma del café. Es mi padre quien lo prepara en un colador de tela. Siento sus pasos y su silencio. Lo trae en dos pequeñas tazas de esmalte y se sienta frente a mí, en un taburete rústico. Extiende su brazo y sonríe. – Tómese el café, mijo.

Es el gesto más tierno que su dura vida le enseñó.

Hoy hablamos más. Quizás hacerme viejo, como él, me ayuda a comprenderlo. Los años y la sensatez permiten valorar a quienes ya no están. Desde mis recuerdos viene con su voz pausada, con sus historias de antes. Como hilos que se trenzan en un tapiz, así llegan sus relatos: de las montañas andinas, de cuando era niño y creció entre caminos y pueblos montañeros.

Conversamos mientras el café se enfría entre las palabras. Caminó con sus miedos en las montañas de Riofrío o El Dovio. Allí, cuando era arriero de una recua de mulas, los animales se detuvieron en medio de la trocha. Intentó que siguieran a golpe de silbidos y zurriago, pero permanecieron inmóviles. Habían asesinado a cuatro campesinos de una vereda cercana y los habían abandonado a un lado del camino. Eran liberales, se decía. Aparecieron varios hombres armados y lo obligaron a llevar aquellos cuerpos torturados entre las enjalmas, para amedrentar a la gente del pueblo próximo. Así recuerdo sus historias, hijas de una violencia que aún no cesa.

Otros días fue centinela en su vereda. Los chulavitas de Tuluá habían amenazado con tomar el caserío y matar a todos los cachiporros. Muchas noches vigilaban las entradas con armas artesanales y rústicas para evitar la emboscada. Un día cualquiera, muy temprano, entraron tres camiones del ejército y, casa por casa, fueron decomisando todo lo que pudiera servir como arma. Pocas noches después, llegaron los godos. Sólo pudieron escapar algunos hombres; las mujeres, con sus niños. Así eran sus relatos: escuetos, casi silenciosos, con un café en la mano. Con gestos tímidos, como quien guarda su alegría en un rincón personal.

Lo veo otra tarde. Esta vez tomamos un café cerrero, sin aguapanela y fuerte. Nos cuenta a mí y a sus nietos el origen de sus abuelos. Llegaron, a lomo de bueyes, desde Abejorral hasta las montañas del Quindío. La pobreza y una familia numerosa los empujaron a los caminos de los colonos. Atravesaron las montañas del antiguo Caldas y con unos cuantos pesos compraron un pedazo de selva. Allí sembraron una casa de guadua y tierra para ver crecer hijos y surcos de café.

Pero todo es camino para quienes crecieron con espíritu de aventureros. Con apenas unos años de haberse hecho hombre en el trabajo, partió de su casa para dar lugar a otros hermanos que venían, y se aventuró en varios oficios: arriero, ayudante de trapiche, guaquero, músico montañero en fondas de vereda, maestro de obra en casas de bahareque.

Otro café entre sus manos. Ahueca las manos alrededor de la taza para sentir la cálida tibieza de su aroma mañanero. Sentados en una cocina con fogón de leña, narró sus encuentros con espantos y sustos de montaña: la mujer que iba a su vereda a pedir sal de casa en casa; una viuda que lo perseguía en forma de bruja en sus noches solitarias; la fiera que rugía al borde de los caminos por donde arriaba sus mulas; las noches de guaquería, donde aparecían tenues fuegos de color azul anunciando que había oro. Pienso en Pedro Rimales o en Sebastián de las Gracias: así eran sus historias, con la espontaneidad de quien vive la vida sin aspavientos.

La mañana huele a café recién colado. Observo desde la memoria el viejo taburete que acogía las conversaciones con mi padre. Ahora soy yo quien sirve un café caliente a mi hija. Le cuento historias, ya no tan antiguas. No hay arrieros, ni caminos de colonos paisas. Pero al abrir esa página de memorias, vuelven esos lugares y acontecimientos que hoy permiten habitar esos recuerdos. Ese hilo de tierra y aroma de surcos que nos hace volver y contemplar a quienes llegaron a sembrar hijos y trabajo.

Quizás la casa de la memoria quedó vacía. El viejo taburete ya no espera aquellos relatos de hombres venidos desde la tierra. Los caminos se llenaron de silencio.

Pero cuando mi hija sirve un café mañanero en dos tazas de esmalte y las pone en la mesa, empieza de nuevo ese ritual de historias de quienes acompañaron aquel viaje por los caminos de colonos.

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