La tortuga y el patonejo

Publicado el Javier García Salcedo

Contra-réplica al Sr. Andrés Hoyos

A continuación reproduzco mi respuesta al correo que me fue enviado por el Sr. Andrés Hoyos y que publiqué hace algunos meses aquí. Este correo fue motivado por una carta abierta que dirigí al Sr. Hoyos en guisa de réplica a su artículo «De la manía prohibitoria», en el cual el Sr. Hoyos brinda una–a mi gusto, poco meditada–apología de la tauromaquia. Recomiendo al lector una (re)lectura de los textos aquí mencionados, cuestión de que se dé una idea del trasfondo de la discusión y de los argumentos esgrimidos por cada parte. Feliz (y paciente) lectura!

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Estimado Sr. Hoyos,

Le agradezco haberse tomado el tiempo de responder a mi primera “carta”. Desafortunadamente, una variedad de motivos me han impedido hasta ahora sentarme a confeccionar mi contra-réplica. Una disculpa por ello.

En términos generales, su respuesta se divide en dos partes. En la primera, usted defiende su postura anti-prohibicionista apelando al mismo argumento que ya había hecho público en “De la manía prohibitoria”, aunque añadió algunas precisiones importantes. En la segunda parte, usted pasa a la ofensiva y lanza una serie de críticas a mi postura y a mis argumentos. En lo que sigue espero dejar claro por qué tanto su defensa como sus críticas son insatisfactorias.

Para comenzar, déjeme traer a colación el argumento en contra de la prohibición de las corridas que usted propone. Si no me equivoco, éste se puede representar de la siguiente manera:

(1) Una sociedad civilizada debe tener solamente prohibiciones esenciales

(\)  En una sociedad civilizada no deben estar prohibidas las corridas de toros.

(Me ajusto a su terminología: usted afirma que “no se [le] escapa que la civilización comenzó con la implantación de ciertas prohibiciones esenciales”.) Como debería serle evidente, la conclusión (\) no se sigue inmediatamente de la premisa (1) a menos que usted presuponga (2):

(2) La prohibición de las corridas de toros no es una prohibición esencial

(cosa que usted no dice explícitamente). Pero entonces surge la cuestión: ¿qué hace que una prohibición sea “esencial”? ¿Qué tipo de prohibiciones son consistentes con una sociedad civilizada? Desafortunadamente, usted no nos dice nada al respecto: se restringe a afirmar y a justificar (1), por un lado, y a presuponer (2), por el otro. No obstante, (1), que es la premisa que usted sí justifica, no brinda por sí misma evidencia suficiente para descartar la posibilidad de que la prohibición de las corridas sea una prohibición esencial. Por tanto, yo no tengo por qué comprar su conclusión (\), en la medida en que usted no ha ofrecido ningún respaldo a (2), la premisa crucial que presupone su argumento y que yo, precisamente, rechazo.

Véalo de este modo. Usted insiste en que su punto es la libertad. Pero también admite que en una sociedad civilizada no todo puede estar permitido. Hasta aquí no existe discrepancia entre nosotros. Yo también pienso que una sociedad civilizada debe contener solamente prohibiciones esenciales (es decir, acepto (1)). La discordia surge cuando yo doy el paso extra de afirmar que las corridas de toros no deberían estar permitidas. En otras palabras, nuestra diferencia radica en que usted afirma, mientras que yo niego, (2). Claramente, en este punto de la discusión es estéril impugnar mi propuesta haciendo énfasis en (1) (haciendo énfasis en que una sociedad civilizada debe contener solamente prohibiciones esenciales, que es lo que usted finalmente hace en su respuesta). Después de todo, este punto yo ya lo concedí. Lo que se espera de alguien que acepte (1) y rechace la prohibición de las corridas en una sociedad civilizada es que muestre por qué la prohibición de las corridas no es una prohibición esencial (es decir, lo que se espera es que justifique (2)). Pero usted, en su respuesta, ha optado por omitir hacer esto. No ha mostrado por qué la prohibición de las corridas no podría contar como una prohibición esencial. Por tanto, su caso sigue sin encontrar sustento.

Veamos ahora algunas de sus críticas a mi planteamiento. Para comenzar, usted afirma que yo “me le salí por la tangente” al declarar no-problemática la homosexualidad. Usted afirma: “Hasta los años 70 la homosexualidad se consideraba una enfermedad y una aberración”. Esto es probablemente verdadero (claro, omitiendo olímpicamente a los antiguos griegos y romanos), y subraya un punto obvio pero importante: que no estoy escribiendo en los años 70, sino en 2012. La ciencia médica, en el transcurso de 40 años, puede llegar a cambiar mucho. En particular, en el transcurso de 40 años muchas explicaciones acerca del carácter patológico de la homosexualidad que en su momento pudieron parecer contar con algún tipo de justificación médica han sido desechadas como ultimadamente infundadas.[1] Esto hace parte del avance de la ciencia. ¿Por qué, entonces, habría yo de tomarme la libertad de pensar de modo distinto al de los expertos? Si el personal médico de los 70 consideraba a los homosexuales como enfermos o aberrados, tanto peor para este personal. Hoy podemos decir que estaba en el error.

Por otro lado, usted aduce que no abordo otros casos problemáticos, como el de la prohibición de las drogas, la eutanasia o el aborto. Y me advierte: “[…] verá que a favor de cada una de esas prohibiciones hay argumentos de peso que, a mi juicio, no contrarrestan los que llevarían a la respectiva despenalización regulada”. No lo dudo. Sin embargo, todo el punto de nuestra discusión es que, en lo que concierne específicamente a la tauromaquia, éste no parece ser el caso: no es claro que los argumentos anti-prohibicionistas contrarresten los prohibicionistas. De hecho, si algo me queda claro es que los argumentos a favor de la tauromaquia que he leído hasta ahora son bastante flojos. (Esto es como debe ser, pues ¿qué podría justificar el sacrificio de un animal con fines recreativos?) No abordo los casos problemáticos que menciona simplemente porque no es pertinente: no discrepamos acerca de la prohibición del aborto, o de la eutanasia, etc.

Más adelante usted ofrece lo que considero es su mejor crítica a mi argumento. Lo cito: “Al pedir que se prohíban las corridas de toros usted invoca argumentos de orden moral, pero está claro que la moral personal, así se considere sólida, no se puede implantar en bloque a la sociedad”. Si no estoy mal, su idea es la siguiente. Los argumentos morales contienen premisas de la forma “matar es malo”, “decir la verdad es bueno”, “socorrer a las personas en peligro es un deber”, etc. No obstante, es común observar que las ideas morales de personas de diferentes épocas o culturas no necesariamente convergen. Y a raíz de esto llegamos a pensar que los conceptos de “bueno”, “valioso”, “malo” o “moralmente necesario” son relativos al espectador y sus circunstancias. Según esta perspectiva, cuando Pepito me dice: “matar es bueno”, lo que él realmente me está comunicando es: “matar es bueno para Pepito en el contexto actual”; y cuando yo respondo: “no Pepito, matar no es bueno”, lo que yo estoy diciendo es: “matar no es bueno para Javier en el contexto actual”. Por tanto, este relativismo tiene como consecuencia el que nadie pueda genuinamente disentir con respecto al juicio moral de otra persona. No podemos disentir porque yo, al no ser Pepito, no le puedo responder “matar es malo para Pepito en el contexto actual”, y porque hemos supuesto que no existe algo bueno o malo simpliciter, algo que sea objetivamente bueno o malo y a lo cual pueda referirme cuando digo “matar es malo”. Naturalmente, lo mismo aplica a la noción de acuerdo moral: si el subjetivismo y el relativismo al que usted parece confinar los juicios morales es un hecho, entonces dos personas nunca pueden estar realmente de acuerdo cuando ambas juzgan que, por ejemplo, mutilar a niños de 3 años es malo.

Este relativismo, además de tener las consecuencias teóricas indeseables que he desarrollado (hacer imposibles los disentimientos y los acuerdos morales), tiene aspectos bastante escabrosos. Implica, por ejemplo, que un genocidio puede ser considerado, bajo alguna perspectiva (v. gr. la del genocida), como una buena acción. Matar a seis millones de judíos pudo haber sido bueno, para Hitler. Pero esta idea repugna a la razón y a nuestras intuiciones, pues parece casi una contradicción pensar que un genocidio puede ser, en algún sentido, una buena acción. Si usted puede convivir con y respaldar esta idea, tanto mejor para usted. Pero en lo que a mí concierne, prefiero considerar que éstas son simplemente las consecuencias absurdas de una perspectiva sobre la moral fundamentalmente mal encaminada.

Antes de terminar, dos cosas, en orden creciente de importancia. La primera concierne su observación de que “los prohibicionismos se atraen entre sí”. Esto podría ser verdad, digamos estadísticamente. Pero eso no es relevante para nuestra discusión, la cual concierne la prohibición de la tauromaquia, y no la relación entre esta prohibición y las demás prohibiciones posibles. Para verlo, suponga que yo soy partidario de la penalización del consumo de tabaco, y que usted me ofrece un argumento en contra de esta penalización. Ahora suponga que yo le respondo: “déjeme decirle, Sr. Hoyos, que los anti-prohibicionismos se atraen entre sí”—sugiriendo que el anti-prohibicionismo del tabaco está ligado al anti-prohibicionismo del asesinato, de las violaciones, del robo, etc. ¿Cuál sería su reacción? Trazar distinciones. El estar a favor del libre consumo y distribución del tabaco no lo convierte en un apologista del crimen. Mutatis mutandis, el estar en contra de la tauromaquia no me convierte en un godo reaccionario.

Segundo. Usted pregunta: “¿Prohibir los toros nos adelanta aunque sea un centímetro en la resolución de los graves problemas de Colombia […]?”, y mi respuesta es un rotundo y decidido “sí”. Promover el fin de la tauromaquia significa promover el fin de un espectáculo centrado en la insensibilidad, la violencia, el sadismo y el perjuicio gratuito. Por consiguiente, promover el fin de la tauromaquia significa promover el valor de la empatía, la justicia, el respeto y la racionalidad. ¿Realmente piensa usted que esta promoción, en un país aquejado de tanta y tan prolongada violencia como Colombia, es inútil? Yo no.

Un saludo,

Javier García-Salcedo

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[email protected]

Twitter: @PatonejoTortuga


[1] Vea, por ejemplo, la iluminadora discusión en http://psychology.ucdavis.edu/rainbow/html/facts_mental_health.html.

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