La tortuga y el patonejo

Publicado el Javier García Salcedo

No es el momento de votar en blanco

En la prensa circulan numerosos escritos haciendo públicas las razones que numerosas figuras destacadas de la sociedad colombiana tienen para apoyar a Petro en 2ª vuelta. Y aunque concuerde con algunos de estos argumentos y discrepe con otros, en esta entrada me interesa menos exhibir las razones que me hacen desear el éxito de Petro que explorar algunas de las que me hacen desear el fracaso del voto en blanco. Por supuesto, no deseo tanto el fracaso del voto en blanco como para desear que Duque triunfe sobre éste. Todo menos Duque! No obstante, “Todo menos Duque!” no parece ser una consigna para quienes piensan votar en blanco en las próximas elecciones. Esto es preocupante, y exige una justificación—sobre todo por parte de quienes otrora respaldaran al candidato de la Coalición Colombia. Fajardo en primerísimo lugar.

Entonces, ¿qué dijo el propio candidato de la CoCo? Esto: “En la campaña dije una y otra vez que ni Duque ni Petro, y no lo hice como una artimaña estratégica. Lo dije porque pienso que ninguno de los dos representa lo que nosotros queremos para Colombia: un país unido en medio de las diferencias que lo enriquecen, un país que le da la espalda a la política tradicional para poder luchar en serio contra la corrupción, una sociedad que respeta los acuerdos de paz, una política que no diga cualquier cosa con tal de ganar”. (Vea aquí.)

De la buena fe de Fajardo no tengo razones para dudar. Pero lo que llama mi atención en el párrafo anterior es la candidez del principio político que lo subtiende, y que en lo que sigue llamaré el “Principio Fajardo”. Es el siguiente: Si ningún candidato presidencial me representa, entonces voto en blanco. Este principio suena bien, parece razonable, pero como todos sabemos, las apariencias pueden ser engañosas—y en lo que atañe al Principio Fajardo, creo no equivocarme al afirmar que en realidad éste es un mal principio para conducir nuestra deliberación política, al menos en este álgido momento de nuestra historia.

En términos generales, el problema es que este principio carece gravemente de matiz. En primer lugar, la representación política no es un fenómeno de síes y noes; es algo que admite grados, proporciones. La representación perfecta quizá sea una idea útil para hacer modelos, pero es relativamente raro que se dé, y cuando esto sucede (en casos que podríamos calificar de “devoción política”) suele estar asociada con cuadros psicológicos atípicos, en los que predomina la alienación o el infantilismo. En realidad, en una gran mayoría de casos pocas personas se sienten enteramente representadas por aquéllos a quienes confían su voto. Esto explica por qué la cuestión de decantarse por un candidato es una tarea hasta cierto punto intelectualmente exigente, y por qué la tasa de publicación de palinodias y exposiciones de motivos políticos sufre tan dramático ascenso durante los periodos electorales.

Ésta no es la única falta de finesse inherente al Principio Fajardo. Otra, quizá más lamentable, es que el principio no es sensible al hecho de que no todas las elecciones presidenciales son iguales. Votar por Fajardo contra Duque en 2ª vuelta y por Fajardo contra Petro en 2ª vuelta, por ejemplo, no son cosas equivalentes, no movilizan las mismas alternativas. Cada elección pone sobre la mesa un conjunto diferente de posibilidades, y es tarea de cada votante conocer ese conjunto y tener una noción justa de cuál es el riesgo asociado a éste antes de decidirse a votar (incluso en blanco). En circunstancias ordinarias, el riesgo que entrañan las alternativas en juego en una elección presidencial es lo suficientemente manejable como para que el Principio Fajardo pueda servirnos de astrolabio en los agitados mares de la oferta política. Pero en circunstancias extraordinarias, cuando lo que está en juego no es la implementación de tal o cual política sino el adecuado funcionamiento de las instituciones democráticas, el Principio Fajardo resulta demasiado grueso, descalibrado con respecto a la gravedad de la situación. No nos permite decidirnos entre un candidato que promueva políticas probadamente tóxicas, por un lado, y otro que no las promueva, dado el supuesto de que ninguno de los dos candidatos nos represente.

Creo que un mejor principio debería permitirnos hacer esto. Debería acotar el alcance del Principio Fajardo, y en las circunstancias que no queden cubiertas por éste, relajar la noción de representación política. En las ocasiones en que nos vemos confrontados a dilemas políticos existenciales, el que un candidato nos represente o no no es un asunto a evaluar desde la perspectiva de Dios, sino algo que debe de determinarse atendiendo a cuál de los candidatos garantiza la pervivencia de conquistas fundamentales como el estado de derecho, la independencia de las ramas del poder público o la pulcritud en el ejercicio del poder.

Éstas no son elecciones ordinarias. No es momento de apelar a las dubitables virtudes de la pureza política para abstenerse de votar por Petro, ni es correcto que la luminosidad de nuestras convicciones nos deslumbre a tal punto que dejemos de tomar la decisión pragmáticamente más sensata, que es mantener al uribismo al margen del poder ejecutivo.

 

@patonejotortuga

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