La tortuga y el patonejo

Publicado el Javier García-Salcedo

Los demonios del Procurador

Si lo piensan, debe ser duro, debe hundirlo en una profunda frustración y en un sentimiento de alarma y abandono particulamente agudos. Pues Ordóñez no es un tipo cualquiera; es alguien firme en sus creencias, alguien que se precia de ser congruente. (Dicho sea de paso, el caso del Procurador muestra que la congruencia—la calidad de llevar a cabo lo que uno piensa que debe ser hecho—no es algo necesariamente deseable: cuánto sufrimiento se hubiera ahorrado el mundo de no haber sido Hitler congruente!) Nuestro mundo, y nuestro país, es hoy un lugar más tolerante, más abierto, menos susceptible a las retóricas dogmáticas que inflamaron las cabezas de los hombres de antaño. Las personas, poco a poco, empiezan a entender que las categorías de ‘bueno’ y ‘malo’, de ‘verdad’ y ‘falsedad’ requieren de una inspección mucho más escrupulosa que lo que en otros tiempos solía creerse. Ya no basta con apoyarse en la autoridad de un libro o en la fuerza de la tradición. Por esta razón, el panorama que le ofrece el mundo contemporáneo debe ser francamente desalentador: este sano y cada vez más difundido escepticismo, que es el fruto (entre otras cosas) de una mayor y mejor difusión de las virtudes asociadas con el quehacer científico y con la laicidad, debe ser una realidad insoportable para un hombre de tantas certezas como lo es el Procurador.

Pero Ordóñez no solamente es un hombre de mucha fe, sino un verdadero abanderado, un paladín de la causa divina. No es alguien dispuesto a ceder–al menos no sin antes haber dado una buena pelea. Así pues, encerrado en su torre de marfil (léase ‘Procuraduría’) y envalentonado por el poder que le confiere una institución que, como los actuales sucesos comprueban, tiene mucho de cuestionable, puso en marcha la empresa de remediar el proceso de descomposición que a sus ojos evidencia una sociedad que se hace cada día más abierta. Ordóñez siente, y con razón, que algo que le es precioso está muriendo. Es en este sentido, creo, en que debe interpretarse su reciente decisión (donde fue juez y parte) de destituir a Petro y sancionar su defunción política. Tan desproporcionado dictamen sólo puede comprenderse como un gesto de acorralamiento, como el reconocimiento tácito de que una causa desesperada requiere de medidas igualmente desesperadas.

Sin embargo, su oposición es vana, incluso contraproducente, como evidencia el espontáneo movimiento de tantos colombianos de derecha, centro e izquierda, que han salido a exigir su renuncia y dar marcha atrás al proceso de destitución de Petro. De repente, personas pertenecientes a las más diversas, incluso rivales, corrientes políticas, han encontrado una (buena) razón para ver por encima de éstas y reconciliarse gracias a algo que parecía perdido en Colombia: el sentido común. Este fenómeno, en un país de tanto encono como el nuestro, es bello y admirable. A buena hora el Procurador ha buscado dar un zarpazo a los avances políticos, sociales y morales que los colombianos hemos logrado conquistar. Más allá de la suerte de Petro, el gesto de Ordóñez ha provocado una reacción que parece demostrar que los colombianos estamos listos para recibir un país en paz.

@PatonejoTortuga

 

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