La tortuga y el patonejo

Publicado el Javier García-Salcedo

Lo sucio de las campañas sucias

Otro tema político. Y otro aplazamiento de la última parte de la serie Falacias. Madre mía, qué lastre. Digamos que lo caldeado del ambiente y mis propios intereses (incluso un amigo (!)) me lo exigen. Total, lo esencial de las falacias fue prácticamente dicho en tres entregas. Por supuesto, diciendo esto no pretendo eximirme de la labor debida.

Para mi consuelo (¿quizá el nuestro?), existe una manera, algo indirecta, de explotar en esta entrada lo visto en la serie mencionada. Ya el título les habrá indicado cuál es el tema de hoy. Esta entrega tendrá algunos aspectos más o menos filosóficos y algo de anecdótica, pero no tendrá tonos partidistas. (Algunos me acusaron de esto en mi anterior post. Pero dado que entonces me propuse expresar el punto de vista de un abstencionista—es decir, el mío, hasta ahora—, me parece que la impugnación es injusta: el asunto en cuestión (votar o no votar) fue deliberadamente planteado desde una perspectiva no-partidista, incluso anti-partidista. El asunto es más claro si se atiende en detalle al argumento que ofrezco a favor de cierta gama de abstencionismo, esencialmente moral, no político.)

Las campañas sucias se basan en los siguientes dos principios: la imagen pública de un candidato es proporcional a su potencial electoral; la imagen pública de un candidato es manipulable. Siguiendo el segundo principio, en teoría es posible determinar: 1) un segmento poblacional P tal que todos los miembros de P comparten un conjunto C de creencias políticas y morales; y 2) una escala de agrado en P de un personaje público X que sea una función del número de creencias de C que los miembros de P creen que X comparte con ellos[1]. La idea es que a mayor número de creencias putativamente compartidas, mayor es el nivel de agrado de X en P. Todo el punto de una campaña sucia consiste en minimizar el nivel de agrado de X en los segmentos poblacionales más amplios, haciendo creer a éstos que X no cree C.

El primer reto que enfrenta un estratega de desprestigio consiste en optimizar la relación entre C y P de manera que C permita seleccionar con el menor número posible de creencias el mayor número posible de personas (pues—en general—existe una proporción inversa entre el número de creencias y el de personas con dichas creencias). Aquí la idea es dar con un mecanismo (probablemente estadístico) que determine el conjunto C más pequeño que comparte una (amplia) comunidad P. Con C en mano se puede pasar a manipular el nivel de agrado de X en P, vehiculando la idea de que X no cree C acudiendo a la propaganda y, alguna veces, al sabotaje. Naturalmente, no importa realmente si X cree o no cree C; mucho menos si esto es algo relevante para elegir a un candidato. Lo importante es lograr, como dijimos, que el más amplio segmento posible P crea algo que minimice el agrado de X en P. Así pues, no es el fin de una  campaña sucia exhibir argumentos válidos o sólidos (aunque, por supuesto, se anotará más puntos de ser sólidos o, al menos, válidos[2]).

De hecho, en muchas ocasiones las campañas de desprestigio se basan en mentiras totales o parciales y en claros argumentos ad hominem. Recuerdo una de ellas: la que se puso en marcha durante las elecciones presidenciales de México en 2002 y que opuso a Felipe Calderón y a Andrés Manuel López Obrador. En esta contienda se difundió el rumor de que, de llegar Obrador a la presidencia, México se ‘venezolanizaría’. Otros rumores corrieron; que iba a nacionalizar la industria, la banca, que los impuestos se iban a multiplicar, que era un íntimo de Fidel Castro, que despreciaba la democracia… Ya saben, el tipo de cosas que mucha gente teme o rechaza y que a veces realmente no sabe bien a bien por qué. Algunos de estos rumores eran, quizá, plausibles; otros eran francamente descabellados, o simplemente falaces. ¿Qué tiene que ver, finalmente, el hecho de que Obrador  fuera o no amigo de Castro, con su programa de gobierno? Imaginense que alguien dijera: ‘el candidato X no es amigo de Castro’—¿realmente diríamos: ‘¡Qué bueno! ahora sabemos que si X gana no instaurará un regimen socialista’? No existe conexión lógica alguna entre ambas cosas. Por consiguiente, el argumento—tantas veces escuchado—‘Obrador es amigo de Castro; por tanto si gana instaurará un regimen socialista’, es crasamente falaz.

Tres meses antes de las elecciones Obrador aparecía en las encuestas con un amplio margen de ventaja, y perdió por un estrechísimo margen (muchos aún creen que fue producto de un fraude electoral). No tengo duda de que esta derrota se debió al pésimo manejo de campaña que tuvo. (En mi humilde opinión, no fue lo suficientemente incluyente ni lo suficientemente profesional.) Pero tampoco dudo que lo que él mismo denominó ‘guerra sucia’ tuvo mucho que ver con el repentino rechazo que ultimadamente manifestaron las urnas.

El que las campañas sucias sean exitosas se explica, como hemos visto, por el hecho de que la imagen de un candidato influye directamente en su cuantía electoral, y que esta imagen es manipulable. Pero también es importante caer en cuenta de que el hecho de que las campañas de desprestigio sean exitosas se explica, en última instancia, por la existencia de un desafortunado factor bruto de la naturaleza humana: su irracionalidad. El hecho de que el nivel de agrado de X en P sea manipulable por medio de calumnias y falacias muestra que por lo general no tomamos nuestras decisiones políticas basados en buenas razones, sino en intuiciones, prejuicios y malos hábitos de raciocinio. Si siempre procurásemos estar bien (esto es, diversamente) informados, si ponderásemos nuestras intuiciones y creencias políticas y morales en la balanza de la razón y si nuestros razonamientos exhibieran claridad y solidez en lugar de fragilidad y confusión, las campañas de desprestigio simplemente no serían exitosas. No existirían. La (potencial) irracionalidad del votante es el caldo de cultivo de las campañas sucias.

Esto me lleva al pensamiento con el que quisiera cerrar este artículo. Si una campaña de desprestigio busca explotar la irracionalidad del votante—¿qué acaso no busca explotar lo peor de nosotros?


[1] Esta caracterización es obviamente incompleta pues no considera, por ejemplo, que un segmento S puede valorar de distinta manera diferentes creencias; o que muchas veces el nivel de agrado no depende de lo que el candidato crea, sino de qué haya hecho o quién sea. Para los presentes fines, sin embargo, no es necesario que entre en estas complicaciones. Basta con delinear un tipo de estrategia de desprestigio posible.

[2] Presupongo la distinción entre argumentos válidos, inválidos y sólidos que presenté en la serie Falacias.

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