La tortuga y el patonejo

Publicado el Javier García-Salcedo

La inmoralidad de la tauromaquia

¿Por qué las corridas de toros deberían ser prohibidas en Bogotá (y en el resto del mundo)? No exactamente, a mi parecer, por los argumentos que ha hecho públicos el Alcalde Gustavo Petro. Déjenme brevemente decirles por qué, y cuáles son las razones a favor de la prohibición de la tauromaquia que considero más convincentes.

Gustavo Petro ha afirmado (por ejemplo, aquí) que la Plaza de Toros La Santamaría no debería acoger manifestaciones culturales “alrededor de la muerte”. Esta línea argumentativa tiene una seria debilidad, y es la siguiente: el hecho de que algo sea una “manifestación cultural alrededor de la muerte” no necesariamente implica que ese algo sea moral o civilmente reprehensible. Existen muchas manifestaciones culturales alrededor de la muerte que no parecen ser dignas de prohibición. Un ejemplo claro de esto es la Fiesta de Muertos que celebran los mexicanos a inicios de noviembre. ¿Estaríamos de acuerdo en prohibir (si pudiésemos) que los mexicanos confeccionen calaveritas de azúcar y chocolate, o que decoren sus casas con papel picado desplegando la efigie de La Parca, todo porque es una celebración que gira eminentemente en torno a la muerte? Con el mismo argumento podríamos llegar a “justificar” francas estupideces como la no-exhibición de “El Triunfo de la Muerte” o de “Saturno Devorando a un Hijo” en una sala de arte pública, o incluso, adoptando una lectura demasiado literal de las palabras del Alcalde, la prohibición de la compra y venta de carne y verduras en el supermercado.

Parece claro que las palabras del Alcalde Petro, aunque contienen un grano de verdad, dejan abierta la puerta a este tipo de caricaturización que, quiero creer, no se ciñen a su intención original. ¿Cómo remediar este defecto?

Para ello es importante determinar qué es exactamente lo que está mal con las corridas. Y aquí hay dos puntos que, a mi parecer, son absolutamente centrales. El primero es el sacrificio gratuito de un ser vivo. El segundo, es el regocijo que gente (a mi parecer un tanto atrofiada moralmente) puede sentir ante el sacrificio gratuito de un animal.

No desarrollaré mucho el primer punto. Me parece suficiente decir que la muerte gratuita de un toro o de cualquier otro animal hace violencia al principio moral de causar el menor daño posible. Justificar este principio es difícil—aunque es claro que tenemos fuertes intuiciones a su favor. Para comenzar, es complicado definir con exactitud qué tipo de objetos consideramos que no pueden ser perjudicados voluntariamente por alguien sin que ese alguien sea moralmente reprehensible por el daño causado. Entre estos contamos una gran variedad de cosas: personas, sistemas ecológicos, sociedades, animales, nuestro planeta, etc. Otro problema que surge es el de determinar a qué nos referimos con “el menor daño posible”. Por ejemplo, en ciertas circunstancias sacrificamos nuestras mascotas (lo que sin duda no constituye un bien para ellas) con el fin de evitarles un sufrimiento prolongado. Este caso es interesante, pues ocasionamos directamente un perjuicio con el fin de evitar el daño (presuntamente mayor) que sufrirían por nuestra inacción—de suerte que a veces no hacer nada es una manera de hacer daño, o de hacer el mayor daño posible. No obstante, y esto es crucial, el que existan dificultades en la definición precisa de un concepto no significa que éste no tenga un núcleo de aplicación claro. Aunque no sepamos con exactitud el número de cabellos que distingue a un calvo de un no-calvo, Kojak es calvo y Chewbacca no.[1] Del mismo modo, hay casos claros de lo que constituye dañar a alguien o a algo. Auschwitz es uno de ellos. La Santamaría, también.

Por otro lado, ¿qué decir del placer que algunos obtienen como consecuencia de presenciar cómo se pone deliberada y gratuitamente a muerte un animal? Lo que primero salta a la vista (o debería saltar) es la manifiesta crueldad que implica tal reacción. Es posible que alguna emoción estética (a la cual soy por fortuna inmune) resulte de la contemplación de la destreza del torero para burlar el cuerno del toro, pero ese elemento estético es deleznable si pasa por el sufrimiento y la muerte de un animal. ¿Qué justifica que honremos nuestro placer estético por encima del sufrimiento del toro? Hasta donde puedo ver, absolutamente nada. Hasta donde puedo ver, una emoción estética que precise del perjuicio de un ser vivo es una emoción guiada por la arrogancia y el sadismo. Y una emoción así es perniciosa y contraria a la razón. En este sentido, no es de sorprenderse que estudios recientes (y no tan recientes) develen una estrecha liga entre la crueldad (infligida o indiferentemente contemplada) en contra de los animales y desordenes mentales como la psicopatía o el trastorno antisocial de la personalidad.[2] Con esto, por supuesto, no quiero insinuar que los aficionados a las corridas de toros sean (todos) sociópatas (aunque no cabe duda: todos son sádicos). Pero sí quiero sugerir—sin ser, por supuesto, un especialista—que la aceptación social de este tipo de espectáculos puede alentar la formación o consolidación de creencias o impulsos antisociales por parte de individuos propensos a adoptar este tipo de actitudes.

Antes de concluir, permítanme comentar brevemente una línea de defensa usualmente adoptada por los defensores de las corridas. Es, en verdad, un argumento totalmente ineficaz—y hasta cierto punto, vergonzoso. (De hecho, me sorprende que personas que me valen cierta estima intelectual, como Alfredo Molano o Antonio Caballero, no solamente defiendan las corridas de toros—desde todo punto de vista, indefendibles—sino que también las defiendan basándose en estos argumentos. Vean por ejemplo este sitio.[3]) El argumento va así: la fiesta taurina hace parte de las tradiciones culturales, o artísticas, que hemos heredado de España. Esta “forma de arte”, en su expresión más arcaica, puede rastrearse hasta los albores de la civilización occidental: hasta los mismísimos griegos. Prohibir las corridas, por tanto, es atentar contra una tradición ancestral, contra una venerable manifestación cultural.

Este argumento es francamente muy malo. En primer lugar, se basa en la idea de que las tradiciones, en tanto tradiciones, son respetables. Esta idea es claramente falsa. Pues si fuese verdadera, entonces serían respetables (justificables) actos de tortura como la mutilación genital femenina, que es una tradición popular africana, o la inhumana práctica de la esclavitud, tan difundida en la Antigua Grecia y Roma. Sin embargo, estas costumbres constituyen violaciones patentes a lo que consideramos ser derechos fundamentales e inalienables de los seres humanos. Por tanto, no por el hecho de que algo sea una tradición (popular o no), un uso o una costumbre, ese algo se gana automáticamente el epíteto de “respetable” o «justificable». Esto debería ser tan claro como el agua, y más aún para gente presuntamente ilustrada como Molano o Caballero.

El segundo problema del argumento que apela a la tradición, y ya con esto me despido, es el hecho de que, más allá de basarse en supuestos falsos, el argumento es irrelevante. Esto se encuentra íntimamente ligado con la crítica anterior. Los detractores de la “fiesta brava” señalan, y con toda razón, la crueldad evidente de esta práctica. La crueldad es un vicio moral. Por tanto, lo que nosotros decimos es que el toreo es una práctica moralmente condenable. Un buen contra-argumento debería tratar de mostrar por qué el toreo no es inmoral, o al menos por qué la inmoralidad que despliega no constituye un elemento socialmente reprehensible. ¿Pero qué respuesta obtenemos? “El toreo es una tradición”. Pero, ¿y eso qué? Nosotros no decimos que no lo sea. Lo que decimos es que no debería serlo.

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Twitter: @PatonejoTortuga


[1] Si tal número existe. Otras opciones están abiertas.

[2] Ver, por ejemplo, Animal Cruelty – Pathway to Violence, de Merz-Perez, L. y Heide, K.M. (Altamira Press, Oxford, 2004); Cruelty to Animals and Interpersonal Violence, de Lockwood, R. y Ascione, F.R. (Purdue University Press, West Lafayette, 1998); o Delinquency and Psychopathology, Lewis, D.O. y Balla, D.A. (Grunne & Stratton Inc., New York, 1977).

[3] Alfredo Molano ofrece otra “defensa” del toreo, aquí: “el toreo es una metáfora de la vida y la muerte”. Pero también la Masacre del Aro puede ser vista como una metáfora de la vida y la muerte (total, cualquier cosa—hasta un tornillo—puede ser vista de esa manera): los fuertes prevalecen, los débiles perecen. ¿Debemos, entonces, despenalizar las masacres?

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