La tortuga y el patonejo

Publicado el Javier García-Salcedo

Falacias (I)

En una serie de entregas, quisiera que le echáramos un ojo a las falacias. Esto me parece importante, primero porque abundan (sobre todo en el dominio político—quien quiera que se dé una vuelta por la zona de comentarios de mi entrada anterior podrá notarlo); segundo porque son consideradas por muchos como buenos razonamientos, y no lo son; y tercero porque pienso que una pequeña introducción a las falacias puede serles de una utilidad práctica bastante apreciable: podrán divertirse bastante, si es que no lo hacen ya, con lo que mucha gente dice en radio, prensa y televisión.

Para explicar qué es una falacia es necesario comenzar por explicar qué es un razonamiento válido. Un razonamiento es un argumento, una estructura lingüística que consta de una serie de al menos una oración y que se denomina la serie de las premisas, y de una serie de al menos una oración que se denomina la conclusión. Los argumentos juegan un papel central en todas las deliberaciones humanas; como instrumentos dialécticos, son fundamentales para expresar las razones que tenemos para creer algo; y como instrumentos retóricos, son cruciales a la hora de buscar el convencimiento racional de nuestro interlocutor. Así, por ejemplo, cuando Juana le dice a Flora: ‘no creas lo que dice Mario: ese tipo está loco’, Juana está empleando un argumento para instruir a Flora acerca de las razones que tiene para creer que Mario no es una persona confiable. Si Flora queda convencida por Juana, diremos que el argumento de Juana fue (retóricamente) exitoso, pues logró persuadir. Sin embargo, un argumento exitoso en este sentido no es necesariamente un razonamiento válido, no se diga sólido. Estos son términos nuevos que conviene definir.

Para ello será útil tener a la mano un argumento concreto, como el de Juana. Si lo esquematizamos y completamos, este argumento (que llamaré A) se verá así:

1. Mario está loco

(2. A las personas locas no se les debe dar crédito.)

\   No le des crédito a Mario.

Las oraciones numeradas corresponden a las premisas del argumento de Juana; la oración frente al símbolo ‘\’, a su conclusión. Nótese que puse la segunda premisa entre paréntesis. Esto persigue dos fines importantes. En primer lugar, quiero hacer énfasis en que dicha oración no fue en mi ejemplo explícitamente respaldada por Juana. (A este tipo de argumentos con premisas obviadas o faltantes se les conoce como entimemas.) Pero hay algo más importante aún. Supóngase que no proporciono tal premisa, y que el argumento (que llamaré B) se viera así:

1. Mario está loco.

\  No le des crédito a Mario.

La pregunta es: ¿es verdad que la conclusión ‘no le des crédito a Mario’ se deduce de la única premisa ‘Mario está loco’? El problema no reside en los argumentos con una única premisa, pues claramente

1. Mario está loco.

\  Mario no está cuerdo.

es un argumento válido, esto es, un argumento en el cual la verdad de la premisa garantiza la verdad de la conclusión. Si fuese verdad que Mario está loco, entonces sería verdadero que Mario no está cuerdo. Pero, ¿podemos decir lo mismo de B? ¿Es B un razonamiento válido? Claramente no. Para comenzar, la premisa de B es una descripción (es de la forma ‘las cosas son así y asá’: ‘Mario está loco’, ‘cinco y cinco suman diez’, etc.), mientras que su conclusión es una prescripción (es de la forma ‘haz esto’: ‘no le des crédito a Mario’, ‘sé patriota’, etc.).—¿y cómo puede seguirse, de lo que es el caso, lo que debe ser el caso?[1] Por otro lado, no se puede ver cómo la locura de alguien podría ser una condición suficiente para no darle crédito a ese alguien. Aunque es cierto que usualmente no les creemos a las personas que sabemos están locas, de seguro haríamos muy distinto si un día supiésemos, por ejemplo, que predicen con éxito el futuro. En estas circunstancias, es probable que no solamente prestaríamos mucha atención a lo que nos dicen los locos, sino que deberíamos prestarle mucha atención. Por consiguiente, no es cierto que la verdad de la premisa de B implique la verdad de su conclusión; la premisa podría ser verdadera, y la conclusión falsa. Esto muestra que B es un argumento inválido.

En contraste,  A es un razonamiento válido, pues de ser cierto que Mario está loco y que no se les debe dar crédito a los enfermos mentales, entonces sería cierto que no se le debe dar crédito, en particular, a Mario. Nótese cómo con la introducción de una prescripción en sus premisas—la segunda premisa—el argumento A elude el cargo de ‘falacia naturalista’ que B no logra evadir. Más importante aún, nótese que no se puede conceder 1 y 2 y, sin embargo, negar la conclusión, si se quiere razonar con lógica. La introducción de la premisa 2 en A provee a la relación de consecuencia entre premisas y conclusión de un carácter lógicamente necesario. En este sentido, cuando pongo entre paréntesis ‘A las personas locas no se les debe dar crédito’ en A no solamente quiero dar a entender que esta premisa era implícita en el razonamiento de Juana, sino que la introducción de tal premisa (o de una equivalente) es necesaria para hacer del argumento de Juana uno válido.

Otras instancias de razonamientos válidos son los siguientes:

(C)

1. Ningún humano es ovíparo.

2. Claudia es ovípara.

\  Claudia no es humana.

(D)

1. Si Dios existe, el mar no es salado.

2. Dios existe.

\   El mar no es salado.

(E)

1. Uribe será o no será reelegido.

2. Si Uribe es hábil, será reelegido.

3. Uribe es hábil.

\   Uribe será reelegido.

(F)

1. Si los dronios comen gruda, son grelenios.

2. Los dronios no son grelenios.

\   Los dronios no comen gruda.

Como se puede apreciar en D, un argumento puede ser válido y sin embargo no proporcionar conclusiones verdaderas. En realidad, esto se colige directamente de lo que hemos dicho acerca de la validez; pues si un argumento válido es aquel en que la verdad de las premisas implica la verdad de la conclusión, por dualidad también es un argumento válido uno en el cual la falsedad de la conclusión implica la falsedad de al menos una de las premisas (y por tanto hay razonamientos válidos con conclusiones falsas). Por otro lado, (F) muestra que un argumento puede ser válido incluso cuando sus premisas carezcan de sentido. Bueno, en F las premisas no carecen completamente de sentido; pues aunque no tengamos idea de lo que sea la gruda, los dronios o los grelenios, sí sabemos que ciertas relaciones que podemos identificar se afirman de esas cosas que no podemos. Por ejemplo, sabemos que es suficiente ser un dronio que come gruda para ser grelenio (premisa 1). De hecho, estas relaciones, que se acuñan en expresiones como “si… entonces…”, “no…”, “…o…”, “…es…”, “ningún…” y que en lógica se conocen como constantes, son cruciales para la cuestión de la validez, pues es finalmente en base a ellas que podemos determinar que la conclusión de un argumento se sigue lógicamente de las premisas.

En el fondo, pues, la validez de un argumento es un asunto puramente formal. Con esto quiero decir que no depende ni del significado que las variables puedan llegar a tener, ni de la verdad de las premisas. Pero también quiero decir con ello que a pesar de que la validez de un argumento dependa del significado asignado a las constantes, este significado, como veremos, es una función, y no un objeto.

Probablemente a muchos este último párrafo les parezca en chino, y por ello es lamentable que me deba retirar. Sírvame de apología la promesa de que en mi próxima entrega retomaré la discusión desde el punto en que la hemos dejado hoy y avanzaremos decididamente hacia la definición de solidez.


[1] Aunque subsisten controversias, es común clasificar a este tipo de argumentos como ‘falacias naturalistas’.

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