Hundiendo teclas

Publicado el Carlos Mario Vallejo

Mi testimonio como exyonqui (exbazuquero) en un programa de 12 pasos

Por: Carlos Mario Vallejo T.

En abono de la sinceridad, he de decirlo: esta coyuntura ha representado una fortuna para mí.

Porque no me imagino –o sí, y tiemblo– qué sería de mí de haberme agarrado la epidemia en mis épocas de consumo.

Vengo de haberlo perdido todo hace más o menos cinco años por cuenta de la droga dura (hay quienes dicen que todas lo son, incluido el alcohol, y que lo que varía es el sufrimiento individual). Mi proceso de recuperación ha sido largo y lento. La motivación: es un proceso eterno. Porque así como en consumo el fondo no tiene fondo, en recuperación el techo no tiene techo.

Lo digo mejor: mi fortuna es ser consciente de que soy un afortunado. No sobra aclarar que no tenemos nada material ni yo ni mi familia: ni casa ni carro propios ni ahorros, ningún tipo de hacienda.

Pero tengo el pundonor, la salud, la familia y el trabajo. Nada de esto gracias a mí mismo: un programa anónimo de 12 pasos se lleva el mérito.

Nunca pensé, cuando probé, que un muchacho de 26 años, criado en un hogar lleno de amor y valores, que estudió en el mejor colegio de la ciudad, que estaba por terminar su carrera universitaria, que amaba a sus familiares y amigos y al baloncesto y a la lectura, y que empezaba su carrera en el principal periódico de la región, fuera a terminar como terminó: sin amigos, sin trabajo, sin familia y, lo más doloroso, con la autoestima y compasión hipnotizadas.

Pero no las traigo todas conmigo. Esta semana publiqué en mi muro la burla de Fernando Vallejo al político Andrés Felipe Arias por su condición de doble encarcelado (prisión + cuarentena), y enseguida un amigo de la derecha apareció en comentarios para pedir un poco de compasión por Arias, tras lo cual arremetí de nuevo contra el político, lleno de soberbia.

“A mí también me da pesar de Arias. Yo también he robado. Y para bazuco. Y a mi mamá. Y mucho tiempo. Pero al menos me arrepiento y lo reconozco. Y no lo niego hasta el final como esa rata asquerosa”, comenté.

Pues al rato, la conciencia adquirida en ya tres años a bordo del programa anónimo, me llevó a recular. Así que escribí en un nuevo comentario:

“Voy a desdecirme. Yo no tengo méritos en la detención de mi carrera autodestructiva y deshonesta. Todo se lo debo a un programa de recuperación anónimo de 12 pasos. Siento lástima por Arias y todos los convictos que no han recapacitado y no han tenido la suerte que tuve yo”. Pienso en los pobres encarcelados, sin privilegios y mejor suelto el tema: soy impotente.

Un compañero de esa confraternidad con 16 años limpio, me contó que esta semana le llegó un sobrino (casi indigente ya), aterrorizado y con síndrome de abstinencia: “¡cerraron las ollas!”. Temblé de nuevo. Pero de nuevo la gratitud, la fortuna. Se me viene a la mente lo que escribió Susan Sontag en Ante el dolor de los demás, su libro fundamental: “donde quiera que la gente se sienta segura, sentirá indiferencia”.

Pero esperen. Aclaro que no quiero parecer faro moral ni dechado de virtudes. Si algún día recaigo, y espero que mi poder superior o el destino no lo quieran, no será porque el programa de 12 pasos falle, sino porque fallaré yo y mi afán, como ser humano, por aumentar mi egocentrismo, por estrellarme, por sufrir, por hacer sufrir … mi afán por “comer mierda”. Pero sé que si sigo compartiendo mi experiencia con los demás y dando lo que a mí se me dio en la confraternidad (espiritualidad no religiosa, amor incondicional, gratuidad, confidencialidad, no santurronería, conexión con una fuerza superior o lo que sea que esté allá arriba), no tengo nada qué temer.

Soy el primer crítico de moralismos y lugares comunes surgidos en este contagio planetario. Voy por la línea de Savater cuando critica las autoflagelaciones del tipo “hemos vivido equivocados”, “hemos de cambiar nuestra manera de existir”, “la culpa la tienen los abusos del egoísmo o la falta del respeto a la ecología”. Y me uno a su grito: “No, es una plaga y se acabó”. Tampoco convengo con eso de que los animales son buenos y nosotros malos. Incluso tiendo más a pensar que la gente va a seguir, gradualmente, igual a como era antes.

Pero si hay algo cierto es que en la humanidad no habrá un “regreso a la normalidad”.

La columnista Aura Lucía Mera escribió esta semana en El Espectador un testimonio similar a este, el cual me motivó a contarles mi experiencia: “después de siete años de sobriedad, trabajar como asistente terapeuta en una fundación para adictos, escribir un libro sobre mi derrumbe y creerme al otro lado de la colina, recaí. Volví a tocar fondo. El más triste de todos. El fondo emocional y la ausencia de toda esperanza. El vacío oscuro, silente, sin salida de la conciencia”. Ella debió apoyarse en otro para resurgir y vencer la ira, la depresión, los deseos de fuga y la intolerancia.

Regreso al comienzo para terminar: me parece una bendición este confinamiento porque he avanzado, como no lo había hecho en años, en el autoconocimiento. En una nueva visión de la vida. Esto a pesar de que estoy alejado de mi familia, en un municipio como La Dorada, que es el de más contagios en Caldas y el que tiene más infectados por habitante en el país, según el alcalde Alzate.

Hoy soy un hombre agradecido. Y sentirlo de veras es mi mayor bendición. Es una doble gratitud. Y es lo más grande que he sentido en la vida.

 

 

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