Hundiendo teclas

Publicado el Carlos Mario Vallejo

El prosista con bata de poeta. Historias clínicas, de Octavio Escobar

Historias clínicas fue «diagnosticada» con el VI Premio Nacional de Poesía Obra Inédita en 2016.

Como una novela tejida de poemas calificó William Ospina a Spoon River, el pueblo imaginario de Edgar Lee Masters (muerto hace 70 años), a cuyos habitantes va dedicada esta otra “novela tejida de poemas”, de Octavio Escobar Giraldo: Historias clínicas.

¿Paraíso?, ¿sucesión de reencarnaciones?, ¿fundiciones a negro versus luces al final del túnel?, ¿tablero de botones que se encienden y apagan? Los poemas desde las camillas hospitalarias de Historias clínicas no solo se estructuran a la guisa de Spoon River -cada texto con el nombre y el pincelazo autobiográfico de un paciente- sino que beben también, como lo hacen los asépticos guantes de látex del “dolor, (el) sangrado y (las) miomas”, de los líquidos ¿desinfectos? de la muerte, triunfal en algunas páginas, sujeta a aplazamiento en otras.

“Intuye que ese muchacho con escapulario en el tobillo/ y cicatrices varias/ respira miedo en diciembre,/ cuando la policía “encuentra” cadáveres con limpísimos disparos en la sien”.

No obstante su vocación como prosista y la del mismo libro, en el fondo Escobar se preocupa más de las palabras que de la historia (pacientes, escenarios, ambiente) con lo que consigue despertarnos de un sueño vívido y continuo: el poeta se estorba demasiado a sí mismo, y con ello surge el epistolario patológico sin que notemos su mediación.

“Maicol, 17 años

La piel sufre la aguja y se esperanza”.

Es cierto que uno de los placeres que proporcionan los buenos libros es el de poder admirar el dominio del lenguaje. Aunque a Escobar le interese el lenguaje depurado, acá acudimos a lo sencillo. “Si puedes curar con remedios simples, evita los complejos”, reza uno de los epígrafes atribuido a un médico árabe con el complejo nombre Abu Bakr Muhammad ibn Zakaria al-Razi.

Este libro nos  oferta dichas hasta de lenguaje que no por fáciles de digerir adolecen de ingenio y amor gramatical.

“La gente vive sin vaso, lo sé/ La gente vive sin bazo, lo sé (he aprendido ortografía entre estas cuatro/  paredes. Y/ principios básicos de cirugía abdominal/ ¿Qué tal un hígado a cada lado?”.

“N.N*

*/Innominados, innegable, circunnavegas la connotación perenne, connatural, innata con la muerte”.

No sé si la prosa de algunas líneas se adentre en los dominios de la
poesía o viceversa, pero el momento poético surte efectos paralizadores en la lectura, vengan desde el asombro existencial o desde las ironías del pesimismo.

“Envidio a los mártires que fueron desollados vivos. Dudo de la sinceridad de su dolor”.

“Nada humilla tanto como sufrir del colon…/todos los síntomas te avergüenzan…/Todo el mundo cree que eres un triste caso de fontanería”.

No en todos los poemas hablan los pacientes. Además de que los muertos no evalúan, ni falta que les hace.

“…Les aseguré que / habíamos hecho todo/ lo posible por salvarlo y que lamentaba lo sucedido, y me despedí. / Odio las palabras de más, las metáforas que no consuelan”.

“Valentín, 47 años

…Un hombre muerto es un hombre muerto, sea o no sea tu padre. Puede rabiar cuanto quiera; el calcio huyendo de sus huesos lo enfurecía como si se lo estuvieran robando”

Y tenemos otros cuadros que aparecen con la llanura necesaria. Como la de Alejandro Higuita cuando recordó en el poema Bernardo, bajo tierra, a Bernardo Jaramillo Ossa que como otros muertos de la violencia colombiana están “durmiendo, durmiendo bajo tierra”, también a modo de Lee Masters en Spoon River, donde están enterrados todos esos vecinos que se fueron muriendo de a poco, “todos están durmiendo en la colina», escribía Lee Masters.

Entretanto, Escobar escribió, lapidario:

“Orlando, 42 años

Sus ojos están abiertos, también sus pupilas./ El nervio óptico transmite imágenes hacia la nada que engendró la bala”.

¿Que muy terrible terminar esta aproximación de modo tan explícitamente fúnebre? Sugirámoslo, pues, con esta paródica chilindrina:

Jenifer, 6 años

Una enfermera se balanceaba

sobre la tela de una araña,

y como veía que resistía

fue a llamar otra enfermera.

Dos enfermeras se balanceaban

sobre la tela de una araña,

y como veían que resistía

fueron a llamar otro enfermera.

 

Tres enfermeras se balanceaban

sobre la tela de una araña,

y como veían que resistía

fueron a llamar a otro enfermera.

 

Cuatro enfermeras se balanceaban

sobre la tela de una araña,

y como veían que resistía

fueron a llamar a otro enfermera.

 

Cinco enfermeras se balanceaban

sobre la tela de una araña,

y como veían que resistía

fueron a llamar a otro enfermera.

 

Seis enfermeras se balanceaban

sobre la tela de una araña,

y como veían que resistía

fueron a llamar a otro enfermera.

 

Siete enfermeras se balanceaban

sobre la te

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