Hundiendo teclas

Publicado el Carlos Mario Vallejo

Motelear al quinto mes de epidemia: ¿un riesgo que hay que correr?

Julio de 2020. Ya no me parece tan divertido este título al leer una vez más sobre el tipo de hospitalización a los infectos que se agravan: intubación, posición decúbito prono eterna (bocabajo), días enteros como estatua, la piel socavándose en la sábana de la camilla (todo esto en caso de un oportuno acceso a servicio médico). Pero igual fijamos las 5:00 de la tarde y los cajeros del Parque Caldas como coordenadas de encuentro.

Yo había llegado de La Dorada a Manizales con tres excusas médicas, que volvería a aplazar: una hernia umbilical detectada hace más de un año y un lipoma (bola de grasa al parecer benigna) que ha pasado del tamaño de una alverja al de una canica y ya va camino a convertiste en bolón (así le decíamos los niños manizaleños a las canicas bestias; hay decenas de sinónimos). Terminé cambiando el subterfugio: mis dos muelas cocas, a cuyas hondas oquedades, de sabor rojo y eléctrico, ya se me había acostumbrado la punta de la lengua, necesitaban atención urgente: una caries atroz había traspasado la última y derruido casi toda la penúltima, devorándose ambas pulpas dentarias casi en su totalidad.

La odontóloga, que se llamaba Paula, puso cara de qué gonorrea, la suavizó, diplomática, y rechinó un poco el garfio donde alguna vez hubo esmalte y blancura. Horadó mucho más, esta vez con la fresa, me colgó la manguerita de evacuación y pasó a verter toneladas de engrudo. Procedió igual con la otra muela, si es que se le puede llamar así a aquellas ruinas babilónicas. Pasé la eternidad aquella en el sillón reclinable pero en posición decúbito supino (bocarriba). Paula, como un soldador, se protegió la vista y por fin apuntó su pistola de luz halógena a mi boca. Cuando escuchas el pitido de esa pistolita restauradora sientes que vas avanzando, que ya casi saldrás de la prisión odontológica.

El resto del día y parte del siguiente, mi lengua, como celador recién reubicado, recorrió con expectación los nuevos relieves.

Llegué a las 5:02 a la cita. Me pareció que el tapabocas del amante lucía casi tan poroso como una red de pesca. Perdí cuidado y asumí el riesgo. Estaba cansado ya del periodismo ponequejas de algunos reporteros a la caza de infractores de “las medidas de bioseguridad» (¿hay un sartal de palabras más odiado que éste?).

Mi imagen mental al llegar al vestíbulo de Amanecer, el motel de la 17 con 21, a seis cuadras del Bolívar Cóndor desnudo, fue la de tres uniformados con trajes de astronauta que, enterados de nuestra visita, habían vaporizado la hostería con aquel novedoso compuesto mata virus de un emprendedor antioqueño que salió por las noticias.

Prefiero tu cuerpo

Entré con la sensación de quien recoge comida recién caída al suelo y la lleva de nuevo a masticación, confiando en la ausencia de, cuando menos, rastros de cianuro o materia fecal.

¿Hace cuánto reabrieron? ¿Y qué tal que esos haces de neón proyectados sobre la estancia detectaran la peste como a los billetes falsos? Sería genial. ¿Cuáles huellas dactilares serán los vectores de nuestro contagio? Y, de nuevo, ¿qué hay de ese tapabocas del amante sin doble tela, o sin doble red?

A la entrada, el dosificador de antibacterial escupía con sistema de pedaleo; había visto un armatoste de esos ofrecido a 90 mil pesos en un almacén de ropa a crédito de la Avenida Santander.

Grindr y Tinder, las aplicaciones para ligar, se acomedieron con la situación viral por unos meses y recomendaron sexo virtual; ¿vituoso?. Tomé precaución: ir con un match antiguo que de hecho ya no usa la plataforma.

La diferencia con el amante de hace dos semanas es que no me inspiraba los besos y por tanto no me quité el tapabocas. Solo le dejé hacer y una vez terminó su felación me rocié el pene con agua-clorox seguida de agua y jabón. Para entonces era el tercer mes de pandemia y había que ser responsable.

Pero ahora, al quinto mes y con la situación aún peor en materia de expansión viral, la paradoja es que he relajado controles.

Y es que los besos, con su consiguiente intercambio de vahos respiratorios, sí eran fundamentales en este encuentro.

Recordé que esta semana se había interrumpido el wifi durante la entrevista de Bernard Pivot a Marguerite Yourcenar en el punto en que aquel citaba a esta: “el corazón es algo sucio como la mesa de anatomía o del carnicero. Prefiero tu cuerpo”.

–¿Sus papás son mayores de 60? –pregunté, intuyendo la negativa del veinteañero y luego de haber rociado al menos 200 centímetros cúbicos de alcohol de la Industria Licorera (su olor es más amable que el del Goby) sobre el amoblado y los pomos de las puertas.

–No tienen más de 50 –confirmó, pero ya yo estaba lamiéndole el cuello y agitando el respirar.

–Mi mamá tiene 69 –dije lapidariamente y lo tumbé, enhiesto, en la cama y almohada públicas.

Un amigo, con las piernas cruzadas frente a la efigie del sabio Francisco José de Caldas, en el Parque Caldas, había puesto en duda la fidelidad de un termómetro a la entrada de un motel con los pacientes tan calientes como iban.

El chiste funcionaría si el pistoletazo de rigor fuese en el durante.

–No he visto el primer control con pistola de termómetro que haga devolver a la persona medida, aunque eso sería como decir que no he visto a la primera persona directamente afectada con la enfermedad: a estas alturas ya van varias.

Comenté otro chiste: el meme en el que la tipa le dice al tipo que está sola en casa pero que tiene temor de contagio. Y el otro responde: de algo hay que morirse.

Pero de nuevo la imagen de los dolores de la penetración de la manguera en la intubación clínica le pusieron hierro a la situación.

“La mejor muestra de afecto que puedo darle a mi mamá es no yendo a verla”, recordé que había dicho el amigo de la broma del termómetro, en relación a un hermano cuidadoso. “Pero el hombre perdió cuidado y ahora, con estrictas medidas, abraza a mi viejita a diario”.

Llego a casa de mi madre. La abrazo del ombligo para abajo: vago distanciamiento en una casa de una sola habitación.

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