Hundiendo teclas

Publicado el Carlos Mario Vallejo

Bazuquero con hombreras

Manizales. Enero 14 de 2021. 8:45 p.m. Salí de la sede céntrica del grupo de doce pasos luego de celebrar veinticuatro horas más de serenidad. En el bolsillo llevaba algunas tarjetas informativas de la confraternidad, y me dispuse, como un mormón pero sin religión, a la caza de adictos en activo que pudieran darse “una segunda oportunidad sobre la tierra”. Para el frío llevaba saco, encima una camisa de Gino Pascalli regalada por mi hermano, y luego un blazer gris con hombreras, también obsequiado por él durante mi estancia en Bogotá.

Revestido también de mi nueva ocupación de crítico de mascarillas, atravesé la carrera 23 hasta el Parque Fundadores condenando a diestra y siniestra el no uso del alambre nasal que “hermetiza” las fosas, o bien rehuyendo a despavoridas zancadas de los barbijos de telas antiprotección, la mayoría de estos con diseñitos (¡vivir para ver!).

Al corte del 14 de enero, la Dirección Territorial de Salud de Caldas había reportado 353 muertos por la epidemia en Manizales, 88 en La Dorada, 57 en Chinchiná, 44 en Villamaría, 37 en Anserma, 30 en Riosucio y 20 en Supía. Más el subregistro.

Me agaché para ofrecerle una tarjetica al punkero que caminaba desdoblado y había caído en pleno pavimento del puente que conecta el Parque Fundadores con la Avenida Santander. Los automóviles pasaban por el ladito. El punkero no la recibió, e intentó administrarme un sopapo, sin éxito. De modo que se la coloqué en la rodilla izquierda, con la que trataba inútilmente de incorporarse.

-El grupo es para vivir bien. Es gratuito, libre y confidencial -farfullé, y seguí con rumbo a la casa materna en el barrio Cristo Rey.

Barrio Villacarmenza. Bloque T, apartamento 205. Año 1999. Mientras Julio termina de repasar la pared de la sala, mi madre, preocupada, se dirige al entonces veinteañero (calculo) pintor de brocha gorda.

-No, Julito, me voy de este barrio. Qué cosa tan berraca, mire, esto está rodeado de barrios malos y no quiero que los niños caigan en la droga. Se refería a El Paraíso, El Nevado, El Hueco, barrios donde funciona lo narco y de donde tenía algunos amiguitos para entonces zanahorios con los que jugaba al microfútbol.

De 2000 a 2004, a despecho mío y de mi hermano, mi madre resolvió que viviéramos en el conjunto cerrado La Montaña, en el barrio Panorama, a la salida de Manizales hacia Pereira.

Barrio Bajo Persia. Recodo de las escalas que conectan con el Alto Persia. Año 2013. Media mañana.

La suerte parecía haberme sonreído. ¡Nadie había detectado aquella colilla de cigarrillo oculta bajo un pastito!, la cual recuperé arrastrándome como un gusano y extendiendo dos dedos en pinza hasta el ángulo poco accesible. Pude extraerle el tabaco de segunda mano y armar uno de los maduros (bazuco, bareta y tabaco) con los que arruinaría mi vida.

Una vez di el último lengüetazo al pitillo, percibí con el rabo del ojo que alguien me miraba y me señalaba con el dedo.

Sí. Se trataba de Julio, el pintor de brocha gorda, a quien no veía desde hacía trece años, desde aquella vez en la sala del apartamento de Villacarmenza, barrio vecino también.

Se le veía bastante bien. Había vendido bastantes maníes de una de esas fundaciones “antidrogas”.

-Mírenlo, mírenlo -profirió Julio, y la atención del personal bazuquero, unas siete personas, se dirigió a mí. Al sentirme aludido, apuré de prisa los últimos plones para quedar de nuevo en la incertidumbre, rompiendo bolsillos en la eterna búsqueda, y barriendo el piso con la mirada-. Mírenlo, la mamá me dijo hace años que dizque se lo llevaba de Villacarmenza porque de pronto caía en las drogas, y velo velo, buscando colillas y pedazos de roca (pasta básica). Jajaja.

Su sonrisa no era amistosa, pero sí bastante divertida. Divertida y adolorida.

Barrio Cristo rey. Enero 14 de 2021. 9:01 p.m.

Bajando por la calle 45, entre avenidas Santander y Paralela, en el puesto de flores frente a la iglesia, comprobé la presencia del recordado pintor de brocha gorda.

-¡Julito! -grité. Me acerqué a un metro del hombre (desprovisto de tapabocas). Tambaleante y al mirarme divisé un dolor profundo sobrenadando en el pozo de sus ojos.

Me saludó con efusividad y preguntó por la salud de la madre y hermano.

-Bien, bien -dije. Todo bien hermano.

-…

-Julito, ¿usted ha ido a grupos de apoyo? No es como esas fundaciones que los ponen a vender maní y güevonadas, esa gente instrumentaliza al adicto.

-¿Qué?

-Grupo de apoyo. Para el desamure. Sin meter.

-No no, no he ido, páseme una tarjeta -las comisuras de sus labios se alzaron en amable sonrisa.

¿Cómo sabía que llevaba una tarjeta? Ésta pasó de mi bolsillo al suyo.

-Ya no es de lunes a viernes como dice ahí. Por  lo de la pandemia. Martes, jueves y sábados a las siete -sus pupilas trataron de enfocarse en las mías.

-Ah ya.

-¿Lo puedo abrazar, parcero? -dijo mi corazón.

Desde marzo yo no abrazaba a nadie diferente a mi esposa, mis perros y  esporádicos amantes.

-Clarooo -extendió los brazos.

Y nos fundimos vigorosamente en una sola esperanza.

-Uyyyy, velo, dizque con hombreras. Jajaja -barbotó, y deshizo el abrazo, festivo.

-Jajaja, un bazuquero con hombreras  y blazer -respondí, desde la serenidad de mi indulto diario en la recuperación.

Se cernió sobre nosotros la mirada confusa de un par de vendedores de flores, los últimos en cerrar, y de dos jovencitos con aquel dolor profundo sobrenadando en el pozo de sus ojos (solo que paliado por sus colágenos).

En ese momento no, pero ahora, ante el teclado, acabo de recordar la oración de la gratitud: “nuestra gratitud habla cuando nos preocupamos por los demás y cuando compartimos con otros”.

 

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