Hundiendo teclas

Publicado el Carlos Mario Vallejo

Así rompí el distanciamiento y la cuarentena en el pueblo más contagiado de Colombia

He dado negativo en la prueba del virus. Del virus del VIH. La del COVID-19 no me la he hecho. No sé, como la mayoría, si tuve o tengo coronavirus.

Esta crónica termina conmigo sin camisa ni tapabocas a medianoche, rompiendo el toque de queda y luego el aislamiento social, en un municipio con altísima cifra de contagios.

A mí sí me da pena decir que apenas en el 2011, a los 23 años, tuve mi primera relación sexual (primero con una nena y luego con un man). Y no es por atacar a los asexuados ni a los célibes que digo que me da pena. Es porque desde los cinco años ya quería, como lo dice Toño Ciruelo, el protagonista de la novela homónima de Evelio Rosero. Pero ah, la maldita timidez y la inseguridad para proponer. Me reconforta que creo que el sexo está sobrevalorado.

Me acosté con cerca de 15 muchachos entre septiembre y febrero de este año pasado (¡gracias Grindr! (app para levantar hombres), ¡en la mala Tinder*! (app para levantar hombres y mujeres). O mejor, en la mala sus mujeres melindrosas que quieren que les rueguen.

De esas 15 veces, en tres o cuatro oportunidades no me protegí. Hay un recuerdo un tris escatológico con el muchacho más lindo de esos tres o cuatro, un veinteañero de cafés ojos grandes: cuando se lo saqué me salió embarrado. Él no se asqueó. Yo sí, y corrí a la ducha.
“Asquearse por cosas sexuales demuestra infantilismo; lo primordial es el placer”, me aconsejó una colega periodista, también profesional en el servicio prepagado.

Hay teorías que indican que el virus que desemboca en SIDA fue creado para acabar con el amor libre. Hay teorías de que el coronavirus fue maquinado desde oriente para combatir económicamente al tío Sam.

Creo y descreo diez veces el mismo día.

***

Me olvido de estos temas virales, y por WhatsApp le envío a mi mamá la buena nueva de la prueba negativa del VIH. Y paso a ocuparme del compromiso que tengo conmigo mismo y con mi confraternidad de doce pasos (Narcóticos Anónimos): llevar el mensaje al adicto que todavía sufre.

Me entero de que una persona cercana está sufriendo y haciendo sufrir a su familia. La ubico: el popular sector de Las Ferias. No tengo para el pasaje y tampoco hay servicio de transporte. A pie.

Pongo mi voluntad y mi vida en las manos de un poder superior y sobre las 6:30 p.m., a pesar de la restricción, parto con mi novia y mi perrita de dos meses hacia Las Ferias, barrio en el que la semana pasada se reportaron al menos 10 capturas por evasión de la cuarentena. Barrio en el que Yéderson Eliécer Beltrán Aguirre, alias Rayado, de 24 años y hoy en la cárcel Doña Juana, asesinó a Brayan Steven Serna González, alias Lisandro, de 22, en septiembre pasado. Barrio en donde el ejército apoyó la entrega de 105 mercados. Barrio en cuyo sector de El Mango las palmeras pendulan con belleza sobrenatural. Barrio en donde quiero residir, y no en este de buen estrato que no me representa y desde donde escribo.

Mía, la cachorrita, que va estrenando traílla, da sus primeros pasos en exteriores. La vía solitaria, ya casi en completa penumbra.

Y aparece el carro de policía.

Siguen derecho. Le perdonan a la parejita con cubrebocas y mascotica.

Llego al barrio y me presentan al man con problemas de droga. No sé qué decir. No digo nada. Espero el chance. Solo puedo contar mi experiencia con la confraternidad de doce pasos y ya.

—Yo estuve en el Bronx. Me embalé mucho con la droga. Pero no solo los bazuqueros nos embalamos. Hay gente que con solo un bareto se lo pasan mal mal mal. O con la comida. Y más con esa cripa que es un veneno. Antes era más llevadera la yerba, pero ya no venden de esa —le digo al joven, que ha aceptado acompañarme a la tienda de la esquina.

—Uy, yo no probaría eso nunca —repone el hombre, de 30 años.

En las callejuelas de El Mango, uno de los arrabales de Las Ferias, bazuqueros y mariguaneros hacen la transacción con este o aquel jíbaro. Eso sí, la mayoría es cuidadosa con su salud: lleva tapabocas o imporvisados barbijos. Sopla la brisa en este andén.

En noviembre de 2019 cayeron los narcotraficantes El Gordo, de 22 años, y sus colaboradores La Niña, El Gato, Camilo y El Viejo, con edades entre los 18 y 50, reportó Magda Jimena Ríos en Caracol Manizales. Todos del barrio Las Ferias. La semana pasada el permio Nobel de Paz, Juan Manuel Santos, le reiteró a El Espectador su idea de que el Estado legalice y regule las drogas, pues la batalla a punta de prohibición y criminalización está perdida.

Mientras tanto, los jóvenes más pobres, como El Gordo, se van directo para la cárcel a seguir el círculo vicioso.

—Narcóticos Anónimos es muy bacano. Va uno y habla mierda con otros adictos y de pronto ve que se puede vivir mejor sin drogas. Y hay programas para adictos a todo: a la ira, el sexo, el juego, las pastillas… debería haber para adictos al smartphone —le digo, mientras le ajusto el volumen a la reunión virtual de esa confraternidad vía Zoom.

El hombre se sonríe.

—Cuando quiera dejar la bareta o lo que lo esté molestando, o incluso si no quiere pero está cansado ya, recuerde el nombre. Programa de doce pasos: Narcóticos Anónimos —le digo por última vez y pasamos al tema obligado: la pandemia.

Son las 10:00 p.m. y hay que irse. A pie de nuevo.

He estado en las ollas más tenebrosas, asustado y encalambrado, pero ahora no tengo miedo de atravesar este barrio con destino a mi casa. Me da ánimo que, aunque soy un cobarde y nunca he peleado ni pelearía, mido 1.84 metros, voy en pantaloneta y esqueleto de los Bulls de Chicago y tengo una perrita cachorra. Puedo asustar o bien enternecer a un posible asaltante. Pero no satanizo el barrio: es lindo y las gentes amables y solidarias.

Sin miedo de que me roben mi nuevo teléfono de un millón 400 mil pesos, hago este video de las palmeras con segundo plano de rayos y truenos.

—¿Si lo fueran a robar usted qué hace? —inquiere mi novia al tiempo que le rasca una orejita a Mía, la cachorra.

—Si me encierran con cuchillo o tote me dejo robar. Si no, salgo corriendo. Soy bueno para correr.

Un aguacero se precipita con todo su esplendor. Y yo lo recibo como el hambriento Pi Patel recibe la lluvia de peces en su bote de náufrago en la película La vida de Pi: como un regalo de dios.

De nuevo, aparece un carro de la policía en medio de la calle.

—Buenas noches —tomo la iniciativa.

—Buenas —un tombo se coge la visera.

Todo rai, como decimos en Manizales. Todo copas, dirían en Bogotá.

Antes, cuando salía de ollas cargado, era requisa fija. O encalete y nervios. Ya no. Qué alivio. Gracias al grupo de apoyo que les digo.

La lluvia arrecia y empieza a destruir la mascarilla P-95. Me dejo de vainas y por primera vez en dos meses rompo amarras. La guardo en el morral. También me zafo el empapado esqueleto de los Bulls de Chicago. E inmensamente feliz, me voy pateando la corriente de agua lluvia que bordea el andén y transporta basurillas y hojas y ramas. También me ducho bajo los chorros de los techos de las casas.

Dos niños han salido a empaparse y aprovecho para salpicarlos con una patada a un charco.

—¿De qué colegio eres, niño?

—Del Ined.

—Yo soy profesor de ahí, pronto nos veremos —le digo, con el esqueleto en el hombro y luego escupo. La madre observa incrédula desde el garaje.

Escampa poco antes de llegar a casa. Saco el celular y pongo un mix de reguetón del 2004 al 2010.

Discuto una trivialidad con mi novia. Se embravece. Ella y la cachorra se adelantan. Me quedo atrás cuadrando la reproducción.

Los mejores reguetones de la historia rompen la noche recién escampada en el Magdalena medio.

¡Qué noche tan chimba y yo sin cigarrillos!

Toc toc en el apartamento 109, donde viven dos hermanos venezolanos.

—Mi hermano está en la terraza. No creo que tenga cigarros, vale —me dice el mayor de ellos, en bóxer, rubio. 1.90 metros.

Con él me había conocido en Grindr y luego coincidimos en este edificio.

Le practico sexo oral. No lo hacía hace dos meses, por lo del distanciamiento. Me apuro porque puede bajar el hermano en cualquier momento. De fondo se oye Pa que se lo goce, de Tego Caderón.

Solo yo ensucio la baldosa. Él me dice que tranquilo, “yo limpio”.

—Chao. Gracias.

Estoy seguro de que el chamo no tiene VIH. Y del coronavirus no quiero saber más por hoy.

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