En contra

Publicado el Daniel Ferreira

Literatura después de la guerra

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La mejor literatura nace de momentos conflictivos. No surge de las democracias y los estados de bienestar, quizá de sus simulacros e incoherencias. Las obras nacen del desgarro. De las convulsiones sociales. En el X Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales de Calarcá, bajo el lema “Literatura después de la guerra”, Carolina Sanín observó: “Tenemos derecho al conflicto”. En el sentido: el conflicto nunca cesa. Y hay estética (usó la palabra “belleza”) en escribir sobre el mismo. Martha Bello, coordinadora del informe Basta Ya mostró a continuación el hastío de la guerra en los casos de cuatro mujeres que enfrentaron todas las barbaries y resistieron, y mostró el desgaste moral, la degradación mental y el costo humano que provocó medio siglo de guerra en Colombia. Sanín replicó con el derecho a narrar incluso lo indecible. Santiago Gamboa observó que no todos los países latinoamericanos donde hubo confrontaciones políticas y sociales tienen una literatura del conflicto que haya surgido después de la guerra. Argentina tiene a Sábato, a Tomás Eloy Martínez, a Pron, a Fogwill, es decir unas pocas obras sobre la dictadura y un inventario de escritores asesinados, pero no una literatura del testimonio como sí un cine y una música que pasa factura a la injusticia y la degradación del gobierno militar. En Brasil, Chile, Perú y México por el contrario abunda una literatura que examina el acontecer y el pasado con el escalpelo de la novela negra, la crónica y la polifonía. La paradoja de Bolaño en Nocturno de Chile es que en el segundo piso de nuestras naciones se lee poesía y se componen las grandes obras mientras en los sótanos se torturaba gente. Aunque nos cueste aceptar que la literatura ocupa un espacio limitado como fuerza de resistencia, gran literatura siempre se ha escrito mientras alguien era torturado. Es la advertencia que hace Andrés Felipe Solano: “La literatura no tiene un papel que cumplir. Su papel es un no papel, una no obligación, solo así puede ser literatura”. Pero es justo desde esa libertad, desde ese no lugar de enunciación, desde esa licencia que le impide a la literatura sustituir a la historia, y mantiene al escritor en el rol de sujeto de un orden del mundo, que surge el poder de persuasión y la capacidad de sintetizar y direccionar a través del limitado espacio de un argumento dramático el autoexamen que nos lleve al desasosiego, que nos lleve a incomodar a las buenas conciencias, que obligue a tomar distancia entre los grandes equívocos de las generaciones que nos precedieron, que cause ampolla entre aquellos que presumen haber nacido en un lugar de privilegio donde eran otros los que hacían la guerra y otros los que morían. Colombia no había tenido una interrupción entre épocas de barbarie como la transición que provoca ahora el acuerdo con el grupo guerrillero con mayor poder de fuego, de manera que se asocia este desarme con la paz y el posconflicto, una paz incompleta que el público asistente señaló con reservas y que se mantiene (con visita del Papa Bergoglio y fuga de un mando medio de la antigua fuerza armada FARC a las disidencias del Guaviare) bajo sospecha. Pablo Montoya reflexionó desde la mirada de los filósofos pacifistas que la violencia era inherente al hombre. Luego hizo un antiguo ejercicio de ecfrasis, de imágenes verbales, en que imaginó el contexto, el territorio y el lugar de la mirada en las fotografías de Jesus Abad Colorado. Y justo en las fotografías de esos pueblos heridos, descocidos por el paso de la violencia y paradójicamente unificados como víctimas, la narración se detuvo ante lo que parecía inenarrable: el dolor de un pueblo y su reacción ante la matanza. Pueblos como San Carlos y Granada vivieron lo que hoy vive a diario Buenaventura y el Catatumbo y La Macarena, como si la violencia siempre tuviera un antes y un después. Ivan Gaona exhibió Pariente, seleccionada entre cuatro películas colombianas para representar a Colombia en los Premios Oscar (anuncio que se dio durante el encuentro) y esa película narra la historia de un pueblo del cual se marcha la máquina de dar muerte y sin embargo sigue viviendo una guerra espectral interiorizada, y entonces quedó flotando la idea de que hubo pueblos pacíficos a los que una opresión transformó en violentos. Pueblos como las aldeas del Cauca que recorrió el cronista Jose Navia, quien ahora busca en la literatura un lugar donde el periodismo y su método de limitada objetividad está acorralado entre lo que se sabe de la verdad en un momento dado y la ampliación del campo de batalla que da la perspectiva del tiempo. Colombia se encamina hacia un a literatura del desarme. Un momento donde pasaremos de lo testimonial a una literatura del testimonio, una distancia en que las voces de la guerra llegarán sin mediaciones, un momento en que todas las formas de narrativa, la ficción documentada, el periodismo, la historia, la interpretación social darán paso al arte que viene después de la memoria, un arte donde debe primar el lenguaje y la estética para que sea digno de ser llamado así, pero sobretodo para que sea propio, para que nos ayude a romper el espejo donde solo se ha reflejado la barbarie monótona y el horror de sus detalles. Hay, por supuesto, otra literatura para después de una guerra: una que parece ser acrítica, que prefiere mantenerse lejos del desastre. Aunque quisiera no serlo, también es política: porque surge o surgirá como reacción.

Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales de Calarcá

Foto: Prensa. ENELV.

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