Ella es la Historia

Publicado el Milanas Baena

Truganini (1812-1876)

Quién se imaginaría ser el último de su especie, de su raza, de su género, el último en abandonar el barco de su tribu, el último descendiente de una estirpe que tras su muerte se perderá inevitablemente y para siempre. Cuando los colonos ingleses arribaron en territorios tasmanos, se encontraron con una cultura integrada por casi diez mil aborígenes. Después de treinta años de estos asentamientos apenas quedaba un centenar y medio de tasmanos originarios. Un pueblo había sido exterminado casi por entero luego de décadas de raptos y persecuciones, de todo tipo de humillaciones y escarnios y de aquellas pestes y enfermedades desconocidas que acabarían diezmándolos precipitadamente, y contra las cuales no pudieron desarrollar ninguna inmunidad. Hija menor del jefe de la tribu, Truganini (cuyo nombre memoraba en su lengua originaria a los arbustos que crecían en las costas y orillas de los lagos salados), se convertiría sin proponérselo y sin aspirar a ello, en la última originaria pura del pueblo tasmano. A sus 18 años ya había tenido que padecer toda clase de estragos y tragedias. Su madre había sido acuchillada por un grupo de cazadores de ballenas, su hermana había sido raptada y asesinada, y aunque ella había logrado salir airosa de esta cacería, no contaría con la misma suerte el que era entonces su prometido y quien se ahogaría intentando salvarla. Durante algunos años se llevaron a cabo masacres y represiones perpetradas por las políticas inglesas conocidas como la Guerra Negra, y que dejarían por resultado a una especie aborigen arrinconada hacia la extinción de su especie. La estrategia de los colonos consistió por fin en agrupar a todos los nativos en una sola isla. Truganini sirvió como una mediadora pacífica, convencida de que de esta forma podría devolverle la prosperidad a su pueblo, y fue por esto que se convertiría al cristianismo, permitiendo que la bautizaran con el nombre de la princesa de un cuento popular en la Inglaterra de aquella época. Sería conocida por los ingleses como Lallah Rookh, y entonces conseguiría disuadir a las tribus tasmanas para que se agruparan en la isla de Flinders, tal y como lo disponían las autoridades de la Corona. Pero al poco tiempo de constituirse el asentamiento, empezó a ser notorio el deterioro físico y espiritual de su pueblo, y la muerte se hizo cotidiana. Las condiciones de higiene y salubridad eran deplorables, y el desarraigo, sumado a las enfermedades imposibles de combatir, lograron acabar en tres décadas con una civilización que venía de un linaje ininterrumpido de más de treinta mil años. Por allí andaba Charles Darwin navegando en el Beagle, y en sus notas de viaje ofrecerá un testimonio de los desagravios y padecimientos injustos que sufrían los aborígenes tasmanos a causa del maltrato y los abusos de los ingleses. Eran forzados al cultivo y a la pesca como prácticas con las que pretendían adoctrinarlos en los hábitos del trabajo, y que el llamado progreso inglés entendía como el primer paso para la civilización. Las persecuciones y raptos no se detuvieron, y fue entonces cuando Truganini desistió de las formas pacíficas y buscó iniciar una incipiente resistencia armada desde las afueras de Melbourne. Evitando que las amenazas de estos ladrones y forajidos escalaran a dimensiones mayores, las autoridades ofrecieron recompensas por la captura de los miembros de estos grupos rebeldes que usaban las espesuras de los bosques para esconderse y ocultar el botín de sus robos y tropelías. Finalmente se envió una expedición militar con la intención de apaciguar los ánimos de lo que resultó siendo la rebelión de apenas cinco valientes. Dos de ellos fueron ajusticiados en la horca y Truganini, con una herida de bala en la cabeza, y junto a otros dos insurgentes, fueron devueltos a los confines de la isla de Flinders. Para 1856 apenas quedaban cuarenta y seis supervivientes de una dinastía milenaria, y quince años más tarde Truganini sería la última en permanecer con vida. A medida que se iban extinguiendo los suyos, ella se iría convirtiendo en una especie de rareza única, como un animal exótico expuesto en una feria de circo, y así sucedió después de su muerte, cuando no respetaron su voluntad de ser cremada y sus cenizas arrojadas al agua, y en cambio se le siguió tratando como curiosidad o extravagancia de varieté, y hasta su propio cuerpo fue expuesto en un museo para asombro de los más incautos. A la conmemoración de su muerte asistieron un gran número de personas, y a pesar de que su féretro estuvo vacío, ya que lo intereses científicos se habían anticipado a los rituales mortuorios, y sus restos estaban siendo estudiados en algún laboratorio australiano. En 1997 el gobierno australiano reconoció las atrocidades perpetradas contra el pueblo aborigen de Tasmania, y a través de un edicto pidió una disculpa histórica por los actos cometidos en el pasado. Inglaterra regresó a Tasmania las pocas posesiones que se conservan de esta heroína: su collar y su brazalete, además de algunas muestras de piel e hilachas de su pelo. El gobierno de Australia incluyó su imagen entre el grupo de “Six Famous Australian Women”, queriendo evocar y honrar se memoria por medio de un sello de correos. De mirada inquisidora, audaz y valiente, en la efigie se refleja a una mujer diminuta y agraciada, y que a pesar de los combates y avatares jamás perdería su carita de ángel negro. Se cree que no tuvo descendencia, y aún se debate si en realidad se trata de la última de los tasmanos. Con ella muere también su lengua. Ya nadie hablará esos sonidos que en su idioma representaban palabras y símbolos, palabras traspapeladas en el olvido que ya nunca más contarán cuentos, cuentos también perdidos, palabras imposibles de traducir en cualquier otra lengua y que narraban historias únicas y ya sin memoria.

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