Ella es la Historia

Publicado el Milanas Baena

Rita Levi-Montalcini (1909-2012)

Mientras el mundo se venía abajo y la Segunda Guerra iba destrozando a Europa en todos sus rincones, uno de sus rincones se mantuvo como un fuerte inexpugnable ya que Rita defendió allí su improvisado laboratorio. En su pequeño cuarto instaló un estudio en el que experimentaba el crecimiento de las fibras nerviosas a través de embriones de pollo, y persistió estudiando pollos sin importarle que allá afuera el mundo entero se estuviera desmoronando a fogonazos. Nació en Turín en una familia sefardí y junto a su hermana gemela serían las menores entre otros cuatro hermanos. Sus padres, un ingeniero eléctrico apasionado por las matemáticas y una talentosa pintora, no serían quienes fomentaran en la pequeña Rita su amor por el conocimiento, ya que tenían planeado para su hija una vida consagrada a ser una buena madre y esposa y una mujer dedicada a los cuidados del hogar. “Era adolescente cuando decidí que nunca me casaría. Nunca habría obedecido a un hombre como mi madre obedecía a mi padre… Yo soy mi propio marido.” Hasta 1929 trabajó en una panadería para poder costear los estudios que de ninguna forma patrocinaban sus padres, y un año más tarde consiguió ingresar a la Facultad de Medicina en la Universidad de Turín. “No temas a las dificultades: lo mejor surge de ellas”, decía, y fue así como seis años más tarde se graduaría con un doctorado en neurocirugía y sus estudios recibirían la máxima calificación summa cum laude. En el campo profesional comenzó haciendo parte del equipo investigativo del afamado histólogo Giuseppe Levi, hasta que en 1938 el dictador Benito Mussolini hiciera entrar en rigor su Manifesto per la difesa della razza, en el que prohibía a los judíos acceder a la educación formal universitaria o a ejercer sus carreras académicas y profesionales. Al respecto opinaba años más tarde: “Debería agradecer a Mussolini haberme declarado raza inferior, ya que esta situación de extrema dificultad y sufrimiento me empujó a esforzarme todavía más.” Para ese entonces la curiosa científica ya había convertido su espacio personal en un laboratorio repleto de probetas y tubos de ensayo y tableros invadidos por fórmulas químicas y matemáticas. Huyéndole a las amenazas del nazismo se muda con su familia a Florencia donde también monta su laboratorio, y dos años más tarde regresan a Turín, para volver a trasladarse meses más tarde con destino a los Estados Unidos. La guerra ha finalizado y Rita consigue un contrato por seis meses en el Instituto de Zoología de la Universidad de Washington en San Luis. Sin embargo su contrato se prolongará por unos treinta años más. Fue en los laboratorios de dicha universidad donde podría explayar sus conocimientos y experimentar con los instrumentos necesarios para demostrar sus tantas hipótesis, descubriendo que las células sólo comienzan a reproducirse cuando reciben una orden trasmitida por unas sustancias conocidas como factores de crecimiento nervioso. “El cuerpo hace lo que quiere. Yo no soy mi cuerpo: soy mi mente”, decía. En 1958 comienza a dictar cátedra y cuatro años más tarde consigue fundar en Roma una unidad de investigación de biología celular, en donde trabaja “un grupo de estupendas científicas jóvenes, todas mujeres… Son todas féminas, sí, y eso demuestra que el talento no tiene sexo. Mujeres y hombres tenemos idéntica capacidad mental”, comentaba. Dirige en Roma el Centro de Investigación Neurobiológica, y en adelante se dedicará a viajar entre Italia y Estados Unidos. En 1986 sería galardonada con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus descubrimientos científicos en el campo de la neurología. “Ese asunto que me hizo feliz pero famosa”, comentó respecto al premio. Pero el Nobel no sería sino uno más entre los muchos reconocimientos y distinciones con los que el mundo quiso honrarla. Fue una de las primeras mujeres elegidas como miembro de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, y ese mismo país le otorgaría la prestigiosa Medalla Nacional de la Ciencia. Nombrada Embajadora de Buena Voluntad de la FAO y designada como senadora vitalicia de la república italiana, a esta mujer le sobran las lisonjas, y varias universidades como la Complutense de Madrid y el Politécnico de Turín la han titulado con la distinción del doctorado honoris causa. Hasta los últimos días defendió sus posturas ideológicas izquierdistas, alegando en su favor con algunos argumentos de carácter científico que parecerían ironía: “Pura cuestión de raciocinio, porque la culpa de las grandes desdichas de la humanidad la tiene el hemisferio derecho del cerebro. Es la parte instintiva la que sirvió para hacer bajar al australopithecus del árbol y salvarle la vida. La tenemos poco desarrollada y es la zona a la que apelan los dictadores para que las masas les sigan. Todas las tragedias se apoyan siempre en ese hemisferio que desconfía del diferente.” Amiga de los más altos jerarcas de las distintas iglesias y a pesar de confesarse desinteresada de los asuntos religiosos, Rita tuvo la oportunidad de entablar una cercanía con los papas Pablo VI, Juan XXIII, Juan Pablo II y Benedicto XVI, y fue la primera mujer admitida en la Academia Pontificia. De ojos verdes brillantísimos y llena de vida, flaquita, de cuerpo menudo, Rita llega a la vejez y no malgasta su tiempo. Duerme tres horas diarias y come una sola vez al día. “El cerebro nunca debe jubilarse, sino trabajar noche y día, porque a cierta edad -como la mía- ya no es necesario dormir, es una pérdida de tiempo”, decía a pocos días de cumplir sus 100 años. Recoge sus memorias y anécdotas en un libro titulado La clepsidra de una vida. Convertida en una centenaria, Rita mantiene un ritmo de vida frenético, vitalista, casi vehemente: supervisa su instituto neurológico, dicta conferencias, asiste a eventos de caridad, no para de investigar y dice poder recordarlo todo con plena lucidez. Pero no se aferra a la vida y es una defensora de la eutanasia: “Cuando ya no pueda pensar, quiero que me ayuden a morir”, declaró en plena consciencia y según lo que había venido pensando y expresando desde su adolescencia. No le temió nunca a la muerte: “No hace falta estar preparado. Morir es lógico… Es lo natural, llegará un día pero no matará lo que hice. Sólo acabará con mi cuerpo… El cuerpo se arruga, es inevitable, pero el cerebro no.” No quiso celebrar sus 100 años con fiestas y agasajos. Dictó una conferencia sobre el cerebro y declaró: “No hay culpa ni mérito en cumplir cien años. Puedo decir que la vista y el oído han caído, pero el cerebro no. Tengo una capacidad mental quizás superior a la de los veinte años. No ha decaído la capacidad de pensar ni de vivir… ¿El secreto? La única forma es seguir pensando, desinteresarse de uno mismo y ser indiferente a la muerte, porque la muerte no nos golpea a nosotros mismos sino a nuestro cuerpo, y los mensajes que uno dejan persisten. Cuando muera, sólo morirá mi pequeñísimo cuerpo.” Rita Levi-Montalcini supo vivir. Esta vividora sin cuartel recomendaba desde la experiencia que “en lugar de añadir años a la vida, es mejor añadir vida a los años”. Rita muere a los 103 años de edad, tranquila, en su casa, convencida y satisfecha de que sus descubrimientos perdurarán como una pieza fundamental en los futuros progresos de la ciencia neurológica.

Rita Levi-Montalcini

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