Una mujer alta y de mirada imponente, de un pelo rojizo que alcanzaba llegarle hasta sus nalgas, maquillaje intimidante y gestos agresivos y desafiantes, líder guerrera, vestida de atuendos multicolores ceñidos por un broche que resaltaba su grado de nobleza, adornada con su característico collar de oro, y envilecida por un deseo insaciable de venganza. Así se presentaba Boudica ante los ejércitos del Imperio Romano que buscaban seguir expandiendo sus conquistas a todos los rincones de la isla británica. Su nombre ha sido deformado o traducido de varias formas, siendo un acuerdo su etimología y significado: proviene de la palabra celta “bouda” (victoria). Conocemos su historia a través de algunas fuentes de historiadores, principalmente de Tácito en sus Anales y en La vida de Julio Agrícola o en La historia romana del autor Dión Casio. El dictador Julio César había incursionado en la isla a mediados del siglo I a.C., luego de que en una segunda expedición bien aprovisionada de armas, alimentos y soldados, el hábil estratega hubiera conseguido vencer con facilidad a las hordas salvajes de bárbaros sin conocimientos militares, haciéndose en poco tiempo con el control y dominio de territorios que desde siempre estuvieron habitados por la cultura de los celtas. Durante décadas estas tribus conquistadas por el imperio debieron seguir sus políticas y rendirle tributos a los romanos, y para el año 43 Claudio ejecutaría una nueva campaña expansionista, generando batallas contra los pueblos celtas que empezaban a replegarse hacia el norte, pero que se negaban a dejarse conquistar por las legiones pretorianas. Perteneciente a la aristocracia, Boudica estaba casada desde los 18 años con Prasutago, rey de los icenos, territorios que comprenden la región de Norfolk, al este de Inglaterra. Su mandato había sido tranquilo, ya que se había mostrado aliado de los romanos y condescendiente a todas sus demandas, pero luego de su muerte el Imperio no tendría escrúpulos para apoderarse también del trono e intentar sentar allí a uno de sus cónsules. El descontento de los icenos venía de años atrás por los abusivos impuestos y tributos que debían pagar por mandato del avaro procurador Cato Deciano, y en especial luego de la revuelta de insurgencia generada a partir de las amenazas del gobernador de Britania, Publio Ostorio Esápula, cuando sugirió un desarme de los pueblos irascibles del sur. Y es que los celtas fueron siempre una cultura de armas tomar, y tras el deceso de su rey, no permitirían que cualquier extranjero viniera para ocupar su silla. Prasutago tenía dos hijas con Boudica, y según las tradiciones celtas su sucesor sería su primogénita, pero para los romanos el cargo de rey no podía ser heredado por una dama, por lo que no permitirían que la hija de Prasutago asumiera el mandato. Al morir, el rey había acumulado una deuda impagable con los romanos, quienes no dudaron en cobrarle a los nobles convirtiéndolos en sus esclavos, y así también al pueblo saqueando sus aldeas, arrebatándoles sus pertenencias y acaparando todo tipo de posesiones de valor. Y pese a que Prasutago habría dejado estipulado en su testamento que gran parte de su fortuna sería ofrecida al Emperador como un tributo para que se respetara la honra y los bienes restantes que dejara a su familia, al entonces Emperador, el excéntrico Nerón, poco le importaría, y sus soldados desnudaron y apalearon a Boudica, la azotaron a latigazos y violaron durante días a sus dos hijas, mientras su madre presenciaba el abuso perpetrado por docenas de hombres. “Estas violencias bastaron para provocar la revolución general en la isla. Los icenos, interesados más que nadie en esta querella, fueron los primeros en tomar las armas, y todas las provincias se apresuraron a seguir su ejemplo. Boudica, mujer de gran belleza y ánimo varonil, se puso a la cabeza del ejército”, comenta un historiador. Dión Casio decía de Boudica que ésta “poseía una inteligencia mayor que la que generalmente tienen las mujeres.” Los celtas requerían de un líder urgente que abanderara y le diera orden a una verdadera insurrección, y encontrarían en la lucidez mental, en la presencia enérgica y en los ánimos airados de la iracunda Boudica a la propia guía que andaban buscando. Años atrás los celtas habían hecho retroceder a los romanos luego de vencer a los invasores al mando de Julio César, hecho que estaría muy presente en el orgullo celta, y al que sumaban el suceso acaecido hacia el año 9, cuando Arminio, príncipe de los Queruscos superó a las legiones romanas en la Batalla del bosque de Teutoburgo. Ahora se creía que esta icena con vozarrón de hombre que había conseguido acaudillar a las tribus celtas, incluyendo a sus vecinos los trinovantes, podría comandar un levantamiento contundente para expulsar definitivamente a los romanos de la isla. Motivada por el odio, la venganza, el honor, la libertad o el patriotismo, Boudica reuniría en pocos meses a un ejército compuesto principalmente por guerreros comprometidos pero carentes de toda experiencia militar, y entre los que se contaban miles de niños y ancianos, e incluso discapacitados. Julio César describió a los hombres ataviados de trajes “de color verdinegro con el zumo de gualda para parecer más fieros en las batallas; se dejaban crecer el cabello y se pelaban todo el cuerpo, menos la cabeza y el bigote.” Para el año 60 Boudica había logrado reunir a un ejército de 120 mil soldados, y cuya cifra se duplica según algunas fuentes. La ira de los celtas empezó arrasando la ciudad de Camulodunum, hoy Colchester, donde se habían aposentado colonias romanas, y que con apenas doscientos soldados que la defendían nada pudieron para resistirse al enojo de Boudica. Los romanos enviaron casi tres mil soldados en auxilio de la ciudad, pero las tropas serían aniquiladas, cuando fueran emboscadas en las zonas boscosas donde los montaraces celtas tenían todas las ventajas, y apenas un grupo de soldados y sus generales alcanzarían a huir con vida. El gobernador de ese entonces, el audaz estratega Cayo Suetonio Paulino, estaba en esos días al norte de Gales liderando una campaña en la isla de Mona, actual Anglesey, y no pudiendo llegar a tiempo para apaciguar la rebelión, Boudica no detendría su ataque y avanzaría hacia la conquista de Londinum. Los celtas masacraron soldados y civiles y continuaron arrasando hasta llegar a Verulamium, que tampoco podría ser socorrida por Suetonio, y aunque éste ya estuviera advertido del ataque. Para ese momento la venganza de Boudica había cobrado la vida de más de ochenta mil civiles, a quienes según los relatos “se apresuraban no a tomar cautivos y a venderlos como esclavos, ni a ningún otro comercio de guerra, sino a la matanza, a levantar patíbulos, hogueras y cruces.” Pero sería entonces cuando Boudica tendría que vérselas cara a cara con Suetonio en la Batalla de Watling Street, entre la antigua Londinium y Viroconium, actualmente Wroxeter, en Shropshire, y más concretamente en un descampado ubicado en las Midland entre los montes Peninos y el río Támesis. Boudica se confiaba de la superioridad de su ejército, que quintuplicaba en número a las legiones romanas, y a sus soldados los motivaba el espíritu de guerra, amparados en las supersticiones más que en los ejercicios de combate. Boudica acostumbraba liberar a una liebre que escondía entre sus ropas, y adivinar en el camino que tomaba la liebre aquella ruta que la llevaría a Andraste, deidad que representaba a la victoria según las creencias de los druidas. Así, con un sinnúmero de enardecidos guerreros, desarmados muchos de ellos, algunos semidesnudos y la mayoría sin escudos, carentes todos de instrucción militar, se las verían en el campo de batalla con un ejército bien atrincherado en una zona donde no pudieran ser asaltados por sorpresa, y conducidos por una estrategia clara y conocedores del arte de la guerra, las fuerzas romanas consiguieron una avanzada paulatina y que acabaría por convertirse en una derrota despiadada contra los celtas. La técnica y experiencia superarían una vez más a la idea romántica del combate a puño limpio, y en cuestión de una tarde los romanos barrieron con todos los que se enfrentaran a sus lanzas y espadas. Bien apertrechados por sus escudos, los legionarios avanzaban paso a paso, y cada tanto sus líneas eran relevadas por otras, mientras los soldados exhaustos tomaban aire y recargaban sus provisiones. Formación en “V”, de “pinzas”, de “sierra dentada”, hileras que recorren los flancos, filas que cubren en defensa y ataques a distancia, todo el conocimiento necesario para pulverizar a las hordas desordenadas de los bárbaros energúmenos, que presos del pavor comenzarían a retroceder, apelotonándose y atropellándose unos con otros en una estampida que les evitaba la retirada, y convirtiéndose en presa fácil de quienes los perseguían y ejecutaban sin misericordia. El mismo Nerón, caracterizado por su crueldad, cuestionó el trato perpetrado a los celtas como un castigo “muy duro.” Más de cuarenta mil muertos fue el saldo de bajas reportado en los ejércitos liderados por Boudica, quien conseguiría escapar y que según dicen acabaría envenenándose para no ser apresada por los romanos. El caso es que su cuerpo nunca sería encontrado y que después de su derrota el Imperio conseguiría anexarse estos territorios, consiguiendo que en las provincias sureñas de Britania reinara la paz durante más de cuatro siglos. En el Medioevo la historia de Boudica pasaría casi al olvido, pero a partir del Renacimiento su nombre de leyenda recobraría importancia y su hazaña empezaría a hacerse notar. La reina Victoria, quien paradójicamente fue la emperatriz de un imperio expansionista, sería comparada con la guerrera que dos milenios atrás lucharía por defender los dominios de un imperio invasor. Los británicos destacaron su figura mítica y sus batallas serían contadas a través de la dramaturgia y la literatura, y en años más recientes encarnada por las actrices que le dan vida en las pantallas. Un buque de guerra ha sido bautizado con su nombre, y desde comienzos del siglo XX una estatua de bronce de la heroína acompañada de sus hijas y a bordo de su carruaje de guerra, adorna en las cercanías que da al Palacio de Westminster, y en la que se lee una esquela con dos versos de un poema dedicado a Boudica: “Regiones que el César nunca conoció, tus herederos dominarán.”

BOUDICA

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