Ella es la Historia

Publicado el Milanas Baena

Aung San Suu Kyi

Su padre era el más alto mandatario en Myanmar (Birmania), siendo el encargado de negociar la independencia de su país ante los ingleses. Pero una noche un grupo de sicarios irrumpió en su residencia, evadió la seguridad de los escoltas y asesinó al gobernante. Suu Kyi sería testigo de este asesinato con el que se daría inicio a un gobierno integrado por una junta militar que no declinó en el poder hasta que pasaron cincuenta años. Suu Kyi creció en Rangún con su madre y sus hermanos. Su hermano menor murió ahogado en el lago de su propia casa y su otro hermano migraría unos años después a Estados Unidos. La inquieta Suu Kyi crece rodeada de varias culturas y en un entorno donde confluyen toda clase de ideologías y creencias religiosas. Desde niña muestra un interés y un talento particular por los idiomas. Aprende inglés, francés y japonés, además de su lengua madre, y se interesa por las prácticas y filosofías del budismo. En 1960 la madre de Suu Kyi consigue cierta popularidad política, y es nombrada embajadora de la India y Nepal, por lo que se desplaza con su hija a territorios indios, donde pronto la matricula en un convento de Nueva Delhi que la acreditará años más tarde con una licenciatura en política. En 1967 estudia filosofía, política y economía en la Universidad de Oxford, y luego de obtener su título profesional decide mudarse a Nueva York, donde consigue trabajar en el departamento de presupuesto de las Naciones Unidas. En 1972 se casa con un académico tibeteano, con quien tendrá que vivir una historia de amor atravesada más por las palabras que por las caricias. Cada día le escribe una carta a su esposo que vive en Bután. Años más tarde se reúnen en Londres y empiezan por fin el proyecto de familia. Para 1977 la pareja ya tenía dos hijos, y durante los años siguientes Suu Kyi estará consagrada a estudiar la literatura birmana como parte de una investigación adelantada por la Universidad de Londres. En 1988 regresa a Birmania para cuidar de su madre enferma, y muy pronto empieza a figurar como la cabeza de un movimiento democrático en oposición al régimen militar. Birmania atraviesa un momento circunstancial, cuando quien fuera el dictador durante años recién ha declinado del poder, y el pueblo aprovecha para levantarse a través de manifestaciones que exigen por fin un sistema democrático. Las marchas son reprimidas por la fuerza militar, y es entonces cuando Suu Kyi enardece los ánimos adormecidos de medio millón de personas que se reúnen frente a la Pagoda de Shwedagon para escucharla, instando a la mayoría a que se mantenga en firme en la lucha por revocar los poderes del actual gobierno para así poder convertir al país en una democracia. Inspirada por Gandhi y sus influencias budistas, Aung San Suu Kyi funda la Liga Nacional para la Democracia, pero unos meses más tarde la ponen bajo un arresto domiciliario que se prolongaría durante dos décadas. Los motivos del gobierno eran que Suu Kyi era considerada como alguien “capaz de quebrantar la paz y estabilidad común” del país. Se le detuvo por actos subversivos y se le confinó a cumplir una condena en su propia casa, y aunque en numerosas ocasiones apeló a una nueva sentencia y varios fueron las figuras internacionales que insistieron en la injusticia de su arresto, Suu Kyi tuvo que soportar la soledad y el encierro que la mantuvieron distanciada del mundo entre 1989 y el 2010. En su presidio solía mantener sus prácticas budistas, tocar el piano y leer filosofía y política. En un principio se le impidió recibir visitas y entrevistas, pero luego se le concedió permiso para recibir a algunos diplomáticos extranjeros y a su médico personal. Volvió a aquella época en la que su historia de amor tuvo que mantenerse por medio de una permanente correspondencia con su esposo, a quien se le negó el derecho de entrada a Birmania, así también como le fue negada la entrada a sus dos hijos. El gobierno birmano le concedió a Suu Kyi el derecho de libertad toda vez que abandonara el país. Para la idealista esto sería renunciar a sus causas más honestas, gozar de una supuesta libertad en otra parte, alejada ciertamente de su verdadera lucha, y prefirió soportar el exilio en su propio país y el abandono de sus seres más queridos, con tal de seguir dando guerra en sus más sinceras convicciones. “Como madre, el mayor sacrificio ha sido tener que renunciar a mis hijos, pero siempre he estado consciente del hecho de que otros han tenido que renunciar a más cosas que yo. Nunca olvido a mis colegas que están en prisión, que sufren no sólo físicamente sino mentalmente por sus familias que se encuentran desprotegidas en el exterior, en la gran prisión birmana bajo un gobierno autoritario.” Fue así como se daría a conocer su historia y muy pronto sería una de las presas políticas más reconocidas en todo el mundo. La lealtad a su causa le ganaría el respeto de su gente, quienes entonces comenzaban a llamarla cariñosamente como “tía”, y en 1991 se le reconocerá su lucha con el premio Nobel de la Paz, que desde luego no podrá recibir, y a cuya ceremonia asisten sus dos hijos como representantes. Le conceden el premio a esta mujer por “ser una de las más extraordinarias muestras de valentía civil en Asia en las últimas décadas, convirtiéndose en un símbolo importante en la lucha contra la opresión y sus esfuerzos incansables en apoyo a las muchas personas en todo el mundo que se esfuerzan por alcanzar la democracia, los derechos humanos y la conciliación étnica por medios pacíficos.” El dinero del premio lo donó para la educación y la salud del pueblo birmano. A pesar de haberse convertido en una figura reconocida a nivel internacional, Suu Kyi no consiguió apelar a su condena y ni siquiera mejorar sus condiciones. No volvería a ver a su esposo, y a pesar de que el mismo Juan Pablo II hizo una petición explícita al gobierno birmano para que pudiera concretarse este reencuentro. En 1999 finalmente moriría su esposo debido a un cáncer contra el que batallaba desde hacía dos años. Así también en varias ocasiones se vio afectada la salud de Suu Kyi, y en 2008, luego de que un fuerte tifón azotara la región, su residencia perdería el techo y se quedaría sin electricidad, pormenores domésticos que nunca resolverían y por lo que en adelante tendría que arreglárselas de una forma más primitiva. La presión internacional para terminar con el presidio de Suu Kyi escaló hasta las más altas esferas. Las Naciones Unidas y alrededor de ochenta países se unirían a un llamado que hacían al gobierno birmano para que pusiera en libertad a los más de dos mil presos políticos que mantenía retenidos. Para 2010 se anunciaban elecciones libres y democráticas en Birmania, así como la posible liberación de la “tía”. Finalmente una noche sería puesta en libertad. La esperaba una multitud que quería desde hace mucho darle la bienvenida como la líder oficial y meritoria de la revolución; sin embargo no se le permitiría presentarse a las elecciones siguientes. Logró reencontrase con sus hijos después de muchos años y recoger personalmente su premio Nobel veinte años después de que le hubiera sido otorgado. En el 2011 logró que una parte de los presos políticos fueran liberados y que los sindicatos adquirieran su debido fundamento legal. En el 2012 gana un asiento en el Parlamento como legisladora de la Cámara Baja, y unos meses más tarde anuncia su postulación como candidata presidencial para las elecciones del 2015, a las cuales tampoco se le permitió participar, debido a que la constitución inhabilitaba a quien tuviera vínculos de consanguinidad extranjera, y en este caso sus hijos eran ingleses. Parecía una disposición arreglada exclusivamente para que Suu Kyi no pudiera aspirar a la presidencia, pero aun así en las elecciones arrollaría su partido, además de lograr una amplia mayoría en el congreso. Con cuarenta y ocho kilos de peso y sus 73 años, Suu Kyi, tía de la nación birmana, gobierna su país aunque no figure oficialmente como la presidente. Además de ser la Consejera de Estado, Suu Kyi está al frente de los cuatro principales ministerios. Ha sido condecorada con múltiples premios y honores, como la Medalla de Oro del Congreso de los Estados Unidos, que es el más alto reconocimiento que otorga este país, y los doctorados honoris causa que le han sido concedidos por universidades de todos los continentes como Sidney, Johannesburgo y Oxford, entre otras. Canadá la nombró ciudadana honoraria, y los países de Venezuela, Pakistán e India también la han condecorado en reconocimiento por sus conquistas políticas. Figura en la revista Forbes como una de las mujeres más poderosas del mundo.

Aung San Suu Kyi

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