El Último Verso

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EL USO DE LOS PLACERES

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Comer es sinónimo de vivir. Somos lo que comemos. Las elecciones gastronómicas se convierten en una suerte de moral. En los banquetes decembrinos es posible vislumbrar, en medio de la manteca y el azúcar, la esencia de una familia. La forma en la que compartimos el divino placer de la comida nos define, nos retrata. Así, podemos entrever que en muchos hogares prima la cantidad por encima de la calidad: es mejor una lechona, abundante en su simpleza, que un pequeño y delicado filet mignon bañado en salsa de pimienta. Y es que somos así los colombianos: hijos del exceso, enemigos de la variedad, amantes de una voluptuosa monotonía de aguardiente y marrano.

Toda festividad es consagrada por ríos de licor. Una suerte de bautismo. Es impensable el concepto de degustación. El paladar es sólo una palabra pues lo que importa es la llenura y no el placer.

El uso de los placeres es un barómetro efectivo para medirnos como sociedad. No existe un punto medio, no hay equilibrio. Somos mejores personas si poseemos mayor cantidad de títulos universitarios, de propiedades, de países visitados, de amigos en las redes sociales. Olvidamos que no hay placer en el exceso de estímulo: la abundancia es cegadora; un agujero negro que engulle y deja siempre una sensación de vacío e inconformidad y también de culpa.

Nos hacemos daño como sociedad y nuestra dieta es un reflejo de ese malestar consigo mismos que arrastramos y padecemos. La alimentación y la festividad que la rodea son una forma de concebir el mundo. Son una elección de vida. Una postura frente al futuro. Una manera de proyectarnos, de diálogo interior pues la buena mesa no es otra cosa que el reflejo de cómo concebimos nuestro cuerpo. Una forma de amarnos.

Comer es también respetar y honrar la amistad que se alimenta alrededor de la mesa. Se comparte, se conversa y el alma se nutre de manera plena. Bañar las comidas con licor nos permite degustar pues éste limpia las papilas gustativas y da la bienvenida a nuevos sabores. Consumirlo en exceso o no consumirlo nos lleva a la confusión. Porque el placer habita en ese territorio de la indecisión, de la duda, de la inconformidad. El placer no es certeza, es posibilidad. Por tanto, la búsqueda del placer no puede transitar por los caminos de la llenura. El placer reside en la complejidad de probar un poco de cada cosa y disfrutarlo. Mezclar de manera inesperada buscando contrastes. El placer es creatividad, es poesía. Es vivir intentando honrar el cuerpo porque es placentero conocerse y escuchar sus necesidades.

En definitiva, dime lo que comes y te diré quién eres.

Colaborador Invitado: Gabriel Rodríguez

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