El Último Verso

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SOÑAR ES OTRA FORMA DE HACER EL AMOR

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Mujer, quiero descender por tu piel en caída libre y volar al revés buscando el abismo de tus piernas.

Sé que el sueño es otra forma de hacer el amor. Sé que te escondes ahí, en ese lago borroso de la memoria.

Y te sueño y parece que me vives (me nombras entre brumas y existo. Soy tu palabra. Habito en los sonidos que exhalas. Más allá de tu lenguaje tierno no hay nada: me construyes, me dibujas, me alimentas. Soy tu palabra susurrada. Me escribes, me desnudas, me corriges, me borras, me lees. Abres mi cuerpo con palabras y lo amas: memorizas cada párrafo de mi piel, cada frase de mi humanidad. Me besas con palabras y el mundo es una página, una frase entre paréntesis).

Recuerdo que abrí tus piernas y la luz se perdió de la habitación. Huyó por el quicio de la puerta y nos abandonó en una noche sudorosa. Nos respiramos con hambre y nos tocamos con los ojos y cantamos a dúo sin más idioma que el amor de nuestra piel. Abrí tus piernas, en un viaje de regreso, naciendo de otro modo.

Me dijiste: amarnos es caer y creer a ciegas en nuestros cuerpos.

Entonces nos partimos en dos y nos comimos para unirnos. Nos destruimos para crearnos. Y en la pequeña muerte vivimos a plenitud. Así, el mordisco se convirtió en una expresión elemental, primigenia: el lenguaje desordenado de la cama, el idioma hambriento del amor.

Continúo lamiendo la noche entre tus piernas aunque ya no caminen a mi lado. Bebiendo a sorbos la humedad de tus deseos aunque la música imprecisa de tu despedida no pare de aturdirme. Sigo saboreando fantasías, abrazando las sombras de la soledad en un beso oscuro y dañino. Hablando sin hablar: bebiendo tu cuerpo ausente, añorando un calor lejano. Escondido bajo tu falda como un niño. Así estoy, mujer. Caminando con la lengua por tus labios ausentes, sin palabras. Y la noche es un cuchillo con dos piernas afiladas abrazándome. La tortura de un bolero sosegado que me arrulla.

Ahora que no estás, la cama es un animal prehistórico atenazado por los recuerdos. Soy un punto solitario en medio de la blancura de la sábana. Un número huérfano y solitario que no puede sumarse. Ya no puedo Internarme en el lago sagrado de tus entrañas y bautizar tu cintura con caricias y lamer la húmeda puerta de tu feminidad. Ya no puedo disfrutar tu blancura inocente y mancharla de lujuria. Amarte, Penetrarte. Ya no puedo. Descender al paraíso más tierno y morir un poco. Y decir Te quiero. Ya no puedo, mujer y sólo me queda una certeza: que la locura está a la vuelta de tu cuello: en el espacio que separa tu lujuria de la almohada. Y que ya no está.

ESCRITOR INVITADO;

Gabriel Rodríguez
@luisgabrielr7

Ilustración: Sara Herranz

 

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