El Último Verso

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Diciembre: una euforia obligatoria

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Las calles se convierten en bosques ruidosos de bafles donde pululan las botellas vacías y los borrachos. La navidad llega con sus luces embriagadoras y nuestro país se entrega a la noble tarea de ingerir alcohol en cantidades bíblicas. La intolerancia, entonces, se dispara. Porque creemos que celebrar es un deber y nadie tiene derecho a descansar, a compartir de manera sosegada y tranquila. La convivencia es difícil en diciembre: el paroxismo etílico y la rumba colérica nos vuelven prisioneros de una euforia obligatoria. La alegría, así, no se disfruta, se soporta.

Celebrar la culminación del año se convierte en un elogio de la violencia. Un espectáculo luminoso donde la sombra alcohólica y desenfrenada de nuestras pasiones más primitivas campa a sus anchas. Diciembre es una excusa, un pretexto. Diciembre es una pompa de jabón que se tambalea en la oscuridad con un vuelo errante y un brillo de falsa armonía.

La noche perpetua se extiende por la ciudad de Cali en diciembre y su cabalgata multicolor arrastra a propios y extraños. Se rumbea en cada esquina con la natural inocencia de quien ignora los golpes que propina. La ciudad abrumada por la  corrupción y la intolerancia lustra sus zapatos de colores y prepara la espuma para la feria de la salsa. La amnesia y la resaca se confunden en la ceguera navideña y los caleños olvidan sus problemas. Es una noche blanca e injusta la que se cierne sobre la ciudad. Una plaga de harina y aguardiente que nos vuelve más indiferentes.

Soportar la alegría del otro se convierte en un acto de tolerancia extrema. Las ventanas tiemblan ante la tozudez del espíritu navideño que intenta colarse en los hogares como una marabunta de sonidos y gritos exaltados. El clima se enrarece y el pronóstico del tiempo es parcialmente nublado, con precipitaciones de borrachos y peleas dispersas. La falta de respeto y la intolerancia son los regalos que dejarán estas fechas. El panorama es desalentador: la masacre paulatina de los árboles en favor de las graderías de la “calle de la feria”. La lluvia pertinaz de espuma. Y el caleño que ignora la agonía de la ciudad con la conciencia dormida y enguayabada.

 Colaborador Invitado:  Gabriel Rodríguez

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