El Último Verso

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CAMINOS DEL ESPEJO

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La escritura es una búsqueda continua. Un ir y venir por las cumbres escarpadas del lenguaje. Subir la pendiente para comprobar que erraste el camino en un doloroso aprendizaje. Es la batalla íntima contra la nada: crear un mundo con las partículas más sencillas: las palabras. El acto creativo, entonces, proviene del esfuerzo, del empeño, de la tenacidad. De esta forma, abrazar la soledad blanca de la página para encontrarnos, para conocernos, para dialogar con el mundo que nos tocó vivir, supone una lucha titánica para mejorar el mundo con palabras.

 No existe el azar en la batalla contra el lenguaje. Como lucidamente insinuó Hemingway, subimos al cuadrilátero para enfrentarnos a los clásicos, desafiarlos, retarlos, golpearlos y vencerlos. Para ellos necesitamos entrenar. Entrenar muy fuerte. Inventar no es jugar, es trabajar. El escritor, visto así, es similar al albañil: funda una realidad ladrillo a ladrillo. Las paredes crecen como niñas silenciosas amamantadas por la sinceridad y la humildad y las columnas de su obra emergen desde la cotidianidad para sostener la obra con el material más cercano, más intenso, más sutil y caótico: la vida. De este modo, entendemos la casa —el poema que habitamos desde la blancura del silencio— como un edificio concebido a partir de una necesidad emocional o intelectual, desde la búsqueda inevitable de la palabra justa. Desde la fe en el último verso.

 Nos sometemos a la mirada escrutadora de nuestra propia alma. Desgarramos la imagen que el espejo ofrece y nos juzgamos y nos recreamos. Leemos y masticamos los intersticios de la vida; disipamos las sombras de la memoria; habitamos la noche taciturna e inmensa del silencio y traducimos el murmullo pertinaz del lenguaje. No copiamos lo que vemos: instauramos una realidad propia. Debe, quizás, el escritor, el artesano, el albañil, el poeta, olvidar los sentidos, lo corpóreo para habitar el mundo del símbolo. No escribir poesía sino ser poesía como dice Su Tung Po acerca del pintor Yu-K’o: “Cuando Yu-k’o pinta bambúes
/Todo es bambú, nadie es gente. / ¿Dije que no ve la gente?/ Tampoco se ve a sí mismo:/ Absorto, bambú se vuelve/”.
Gabriel Rodríguez

 

Vos

Espero olvidarme de vos a tiempo para llegar a tiempo a mí. Poder abrir los ojos sin que te me crucés en cada paisaje o en cada sueño.
Espero que tus ojos ya no sean mi infinito, que las espirales amarillas que los habitan se le difuminen a mi memoria. Espero que ya no me importés, que en tu ausencia pueda renacer.
Espero que a mis días les sean indiferentes tus días y que a mis manos les sea indiferente tu piel.

***

Mi piel no se olvida de tu tacto,
Sos caricia hecha recuerdo.
Te me deslizás durante el día, tal como lo hacían tus manos sobre mi espalda.
Tu tacto fue calor, fue vida.
Tu abrazo me sostuvo el alma
Dotó de firmeza mi fragilidad y aniquiló los abismos
Abismos que también recorrimos
Precipicios en los que caímos cuando tu pecho estuvo sobre el mío.

***

¿Habrá espacio para mí en tus noches, en tu cama o en tus pecas?
Decime si me destinás una parte de tu rabia,
Si a ratos me odiás un poco,
Así como te odio cuando confirmo una vez más que no sos mía.
Hay una nueva definición de tu cuerpo,
Esa que ha construido la persona con quien lo compartís ahora,
La que recorre con asombro caminos por los que paseaban mis labios buscando los labios de tu sexo.
Ella, se topará con tu boca, por supuesto,
Encontrará lunares que no vislumbré, cicatrices que no percibí. Te excitará distinto, te follará distinto.
Yo aguardaré por vos acompañada por el deseo de sentir tu lengua entre mis piernas.

Ximena Rodríguez

 

Tiempo en verso                                                                                                       

Son las tres y llega la llamada,
Es su boca de nuevo
Reclamando el terreno ya ganado
Por ende tomo el bolígrafo y le escribo,
Porque no está aquí para besarme
Porque mis líneas no pueden trazar la curva de sus labios
Y mi tinta no puede suplantar el rojo de su color natural
Así que me apropio de las palabras,
Con utopía

Para pensar
Que mis letras se sumergirán
En el sabor de su boca.

Son las cuatro
Trato de tomar café sin pensarle
Y casi de inmediato
Rebotan sus ojos en mi taza
Y mis dedos suplican escribir
Porque le siento aquí y no le tengo
Porque la noche es suya,
Pero no nuestra
Porque mi insomnio lleva su rostro
Y mi rostro ya se siente solo
Porque mi cama tiene una mitad herida
Y mi cuerpo una soledad maltrecha.

Son las cinco
Y ya no hay llamadas
La taza de café ha quedado desierta
Pero aun así le escribo
Sencillamente, porque usted no está aquí
Para impedírmelo.

Danielle Mancera


 

La sinrazón

Así lo amé,  inseguro,

Jamás mío.

Efímero pero adherido a mi piel,

A nuestro palabreo indescifrable,

 

El origen de mis letras.

¿Inmortal entre mis páginas o entre mis piernas?

Quizás lo sea para mis dedos,

En mis oídos,

Allí en donde se permea el recuerdo.

Ana Lucía Castro

 

 

Continente obscuro

Ciudad mujer

Con nombre de obscuridad.

Animal de silencio risueño.

Fuego que se consume lento.

Soy en ti

París a blanco y negro,

La calle sin bolardos,

La vejez del tiempo.

Regresas a mi sueño la avenida púrpura.

Me conduces a nadar tus calles,

Beber tus cielos

y respirar bajo tus mares y ríos.

Ciudad mujer,

Mujer sin rostro.

Toda tú llena de países.

Continente que extraño

Desde un sueño hasta otro sueño.

Yiseth Arboleda Trujillo

 

El sonido se inflama.

Se engalanan los pentagramas con el brillo del ruido, enardecidos en el ímpetu de su esencia.

Las voces se juntan poderosas fluyen y se extinguen hasta morir.

La suavidad del eco se arrastra hacia mi mente y se zambulle en ella.

Retumba la plenitud forjando mi ser haciendo inflamar el sonido dentro de mi.

El poema duerme.

Nur Fayda Razeg 

 

 

Esa cuerda que tensas entre el blanco y el negro es una nostalgia
La armonía de tus manos bajando por mi vientre con tu ritmo palpitante
Frágil sonido que rompe con el último suspiro mientras tu sexo penetra mi hondura
Oscuridad
Oscuridad
Oscuridad
La pequeña muerte

Johana Lizeth

  

Celos

Una ridícula embriaguez

Me impulsa a buscar la estela borrosa de tu pelo.

Un sueño vigilante,

Una carrera sombría hacia la noche lejana de tus días si mí.

Un espejo de arena refleja tus amores

Y te abrazo en barrotes desesperados

Y mi beso es una celda.

La carroña atrae moscas y duda

Y mis dedos desentierran nubarrones

Y  tus días son canciones enredadas entre árboles podridos.

Esta ventana ya custodió tu pelo enredado en otros cuellos

Y la noche blanca de tus ojos ya conoció otros nombres

Y el sudor que nos abraza ya fue.

Intento borrar la lujuria de tus pezones lamiendo tus noches pasadas

Y abro tus piernas y tus párpados

Y mi ansiedad no cesa

Y te amo de otro modo

Como las hienas y los buitres te amo. 

Gabriel Rodríguez

 

Resistencia

Una nación de besos habita ese cuerpo

Hordas de manos hurgan esa piel

Muchedumbre de deseos como hojas secas

Se rinden a tus brazos

Y lloran tus cabellos

Se evapora el alma

Y el aliento se escurre como abecedario muerto

 

En ese húmedo cuerpo florecen los embriones

Y en mis recuerdos renacen esos labios

Tímidos sobre los míos

Huidizos, arriesgados

Soportando una maraña de nervios

 

Labios, ventanas abiertas

Tumba del silencio

Por ahí se escapa el ansia

La caricia de una piel prometida a la vida

Besos, olvido que pervive

Tacto, recuerdo que se resiste a la muerte

 

Templos

Acoger la palabra agonizante,
Buscar la mirada entre los ojos de la muchedumbre,
Ir tras las migajas en busca de señales.

Aspirar a lo impalpable,
Memoria que recorre el cuerpo,
Silencio que cabalga sobre pausadas nubes de polvo.

Noche, tus sombras parecían cuerpos anegados,
Ausencia de ecos rebotados entre paredes,
Cemento plantado de ladrillos,
Una casa vacía ignorada por el viento.

Penumbra, último ajuar de la madrugada,
Desvelos del que vela al amparo de las sombras,
Arrugas de sabanas pobladas de perfiles.

Te nombro en la espesura,
En la algarabía de los mudos con sus señas.

Te nombro en el silencio de las bocas
Que callan al cruce de las esquinas.

Alfonso Renza Campo


 

Deuda

En la repisa de mamá hay un metro

Que no deja de observarme.

Como sabio tibetano lo escucho recitar un mantra:

¡La estatura de un hombre, es lo que invoca el Seol!

 

¿Cómo hará esta masa blanca que sostiene mí cuerpo,

Esta piel apretujada por la dolorosa materia

Para pelear arrogante con el tiempo

Mientras codicia una porción de eternidad?

 

Porque somos la metáfora que alude a un momento.

El rumor de un instante que se ríe de nosotros.

¿A qué distancia

Estaremos de la muerte?

Observo mis pies, parecen semillas

Que el cielo vendrá a regar con su lluvia.

Se mueven a unos centímetros del lugar

Donde mis pasos serán raíz y olvido. 

John Raigoza

 

Extraviados

Al final encontré sus huertas rotas,

Sus sueños encargados

Su pulmón robusto de mi alma

Al final vino el encuentro

El alba desolada por el tiempo

No concilió con nosotros noche alguna

Y la saliva al final buscó otros cuerpos

Descansar de las palabras sin mimo

Regocijarse del júbilo sin batalla

Al final la mesura se quebró

No, no más nosotros

Perdidos del salón donde se gozan

In-merecemos el caudal de quedarnos

Al final fue algo así

Como tú y yo nos extraviamos.

Pavel Steven Salazar

 

 

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