El Último Verso

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BESANDO

 

Sin cerrar los ojos: soñando la vida

 

Boca que arrastra mi boca:
boca que me has arrastrado:
boca que vienes de lejos
a iluminarme de rayos.

Miguel Hernández

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Los libros son como besos. Son caricias de papel que atrapan el tiempo y te elevan con pasión hacia la oscuridad de la memoria; son alfombras seductoras que transportan el cuerpo hacia lagos encantados de recuerdos inventados, de sueños azules y mansos como la bruma fantasmal que adorna los bosques de la imaginación. Los libros son besos: algunos, los primeros, son apresurados, nerviosos e imprecisos, pero marcan con fuego los labios y cambian el rumbo de nuestros ríos y nos mueven las montañas. Siempre son robados y nos proporcionan el placer clandestino de mirar por la ventana la vida de otros y sentir sus miedos o amores y robar sus ilusiones.

Los libros y los besos configuran nuestra identidad y nos llegan como rayos fulminantes que dividen la existencia y provocan el caos creativo de romper con ideas, con imágenes o metáforas la anquilosada rutina de la realidad. En la clandestinidad de la noche, bajo las sábanas manchadas de impaciencia, un libro nos besa los pies, intentando que regresemos a la vida acumulada por palabras que vivimos con los ojos cerrados. La boca, así, plagada de otras bocas, besa.

Soñamos el beso de los libros y narramos el contacto de sus páginas con nuestra piel, la quemadura que nos arrastra hacia el fuego insomne de manera terca; la palabra que nos hace soñar y nos arrebata el sueño; la sed paradójica que no se cura porque sólo se puede saciar con aquello que la provoca. Leemos el libro que nos besa y lo besamos en un nudo borromeo donde respiran las historias de nuestra vida. De esta forma, las bocas cerradas se transforman en besos dormidos: historias que sueñan y anhelan un beso que las despierte.

Abrazamos y acariciamos lo etéreo mientras el libro nos manosea y nos besa en la soledad de la lectura. Escribimos lo besado, dibujamos con nuestra experiencia los caminos intranquilos de una lengua ansiosa en busca de refugio. Y besamos a nuestros semejantes con historias: con besos negros de otros mundos, con besos inocentes y sin color, con besos sangrientos de lucha y de honor. Besamos para conocernos, para encontrar nuestro lugar en el mundo. Y recordamos que en ese otro beso (del cuerpo limitado) cerramos los ojos para ver con todo el cuerpo al ser amado y abrimos el mundo del libro para vivir otras vidas y otras muertes, para perseguir nuestros pasos deseados. Sin cerrar los ojos: soñando la vida.

 

ESCRITOR INVITADO:

Gabriel Rodríguez

Ilustración: Sara Herranz

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